Revista Diners
Getting your Trinity Audio player ready... |
Por la ventana del avión se ve una ciudad interminable de concreto. Una manta de edificios blancos y grises que parece que no tuviera fin. São Paulo no es de amores a primera vista. Carece del privilegio natural de Río de Janeiro, pero tiene toda la onda del mundo. Sus encantos se van revelando con los días y con múltiples visitas. Para quien la visita por primera vez, es probable que se sienta perdido y que no sepa mucho cómo abordar la ciudad. La gente se sorprende cuando les explico que esta megápolis latina es para mí de las más cool del continente.

Muchos la consideran una ciudad de negocios, pero la realidad es que es una urbe perfecta para hacer turismo porque lo tiene todo, desde grandes museos con exposiciones interesantísimas, galerías de arte, parques, arquitectura, moda, diseño, vida nocturna, hasta una gastronomía rica y variada. Es la ciudad más grande de Brasil, por lo que es difícil de abarcar, y a la hora de recorrerla hay que armarse de paciencia debido a su intenso tráfico; sin embargo, hay múltiples factores que compensan su lado menos atractivo.

María Pellicer, mexicana que trabaja en turismo, además de haber vivido en São Paulo una temporada para aprender portugués, ha elegido pasar sus vacaciones en Brasil en los últimos años. “Se me ocurren muchas razones para amar São Paulo: desde su locura arquitectónica hasta la infinita riqueza cultural de sus museos y galerías (eso sin hablar de la vida en sus calles, en sus restaurantes y en sus bares). Pero lo que más me gusta es que representa la diversidad de su gente mejor que ninguna otra ciudad de Brasil. Entre el tráfico endemoniado y la vegetación descontrolada, São Paulo concentra lo que mejor hace Brasil: misturar”, confiesa

Yo concuerdo con Pellicer en todo. Para empezar, creo que tiene algunos de los hoteles más especiales de ciudad en Latinoamérica. El Emiliano, por ejemplo, no es un hotel nuevo, pero está más vigente que nunca. Solo entrar a su lobby, en el que se muestra el diseño brasileño en colores tierra en el que brilla la madera, es sentir ese lujo que no grita y que da la sensación de tranquilidad y privacidad. El servicio es cálido y detallado, y las habitaciones son supercómodas y acogedoras, con una vista privilegiada de la ciudad; son de esas de las que cuesta salir.

Por otra parte, está el nuevo chico de la cuadra, el Rosewood São Paulo, ubicado en el gran proyecto urbanístico que le cambió la cara a la zona, Cidade Matarazzo, un complejo construido en el antiguo hospital de la ciudad, que consiste en zona de compras, restaurantes, instituciones culturales, oficinas y el hotel.
( Le puede interesar: Así quedó el ranking del 100 al 51 de The World’s 50 Best Hotels 2026 )
El Rosewood tiene algo muy único y es que invitaron a varios artistas brasileños a intervenir el hotel en su conjunto: los tapetes de la entrada, los ascensores, las baldosas de las piscinas, los restaurantes… Todo tiene una impronta artística que hace que sea una especie de galería, además de la obra de grandes arquitectos de reconocimiento mundial, como Jean Nouvel y Philip Starck, quienes estuvieron involucrados en el proyecto.

De noche en la ciudad
En mi más reciente visita, lo último que hice fue darme cuenta de que a esta ciudad le sobra noche. Me propuse salir todos los días en busca de lugares que tuvieran música en vivo, no como un telón de fondo ni como adorno, sino música real, para los oídos y el cuerpo. En mi casa nunca se escuchó música brasileña, ha sido un gusto adquirido. Y cada vez que oigo forró, música popular, samba y hasta bossa nova, me lleva a un lugar especial que no sé explicar, pero siempre me pone de buen humor.

Tuve la suerte de coincidir un domingo en la noche en Dois-Dois para ver a Arlindinho (hijo del célebre Arlindo Cruz), una noche maravillosa en la que interpretó una de mis canciones predilectas, Meu lugar, y en la que invitaron a subir al escenario a la cantante brasileña Vanessa da Mata, quien estaba dentro del público.
Este sitio es una especie de galpón, boteco y club de samba ubicado en el centro de São Paulo, cuyo escenario está en el medio y el público alrededor. Hay samba, pagode, DJ, caipiriñas y muchas ganas de bailar y cantar. Nació en 2023 como un movimiento cultural independiente y, desde entonces, se ha vuelto un punto de encuentro para la cultura popular y negra de la ciudad.

En busca de samba, fui un martes a Ó do Borogodó, un lugar íntimo, de luces tenues, donde una roda de samba sucede sin escenario, en medio del público, casi como si hubiera invitado a unos músicos a la sala de mi casa. Está en una calle del barrio Pinheiros y lleva más de dos décadas siendo un punto de encuentro para los aficionados a la samba y al choro.

Un miércoles terminé en Julinho Clube Oficial. Descomplicado, poco pulido a propósito, como si no prometiera mucho, pero una vez que uno se acerca a la mesa donde están los músicos, se enciende todo. Ese día era de black music y soul; no recuerdo el nombre de los cantantes, pero eran nivel Beyoncé dándolo todo con canciones de Hall & Oates, Kool & The Gang, Lionel Richie, The Commodores, entre otros. El dueño, Julio, es músico y se ha dedicado a crear comunidad entre sus pares y hacer de este club su sitio de encuentro.

El viernes fuimos a Bona Casa de Música, un escenario que promueve la música brasileña independiente con una buena curaduría. Ese día se presentaba Quimbará, un grupo que le hacía un homenaje a Buena Vista Social Club, pero que también tocó canciones originales y puso a bailar a todo el recinto.
El fin de semana nos fuimos a Matiz, en pleno centro de São Paulo. Un bar en el último piso de un edificio donde confluyen varias cosas difíciles de hacer al mismo tiempo: una gran coctelería —a pesar de que el lugar es grande—, una curaduría musical centrada en el jazz, house, disco, hip-hop y música brasileña, y una acústica pensada precisamente para los oídos más exigentes. Esa noche, DJ Nyack, un referente del hip-hop actual de Brasil, puso a bailar a todos con su increíble sensibilidad musical desde la cabina, enmarcada por una hermosa ventana que deja ver una gran panorámica de la ciudad.

Hay un bar en la ciudad que nunca falla y se ha vuelto un clásico: Baretto, en el Hotel Fasano. Es sinónimo de elegancia, martinis, jazz y música brasileña en vivo. Aquí hay luz baja, sillones de cuero, mesas pequeñas y un gran piano, ideal para comenzar o terminar la noche.

Gastronomía variada
Si pasamos al lado de la comida, empecemos por el hecho de que São Paulo es el único lugar de Latinoamérica con dos restaurantes de tres estrellas Michelin. Por un lado, está Tuju, de Ivan Ralston, un restaurante con un diseño arquitectónico impresionante que ocupa una edificación de tres niveles y cuya comida resuena con el espacio. Alta cocina brasileña, precisa, sorprendente y enfocada en el sabor; un imprescindible de la ciudad.

Por el otro lado, está Evvai, de Luiz Filipe Souza y Bianca Mirabili, donde hay audacia, juego y sofisticación en una cocina que muestra, de manera creativa, la influencia italiana dentro de la comida brasileña.

En las cocinas del mundo, la japonesa ocupa un lugar importantísimo. Brasil cuenta con una comunidad de cerca de dos millones de japoneses y descendientes de japoneses, siendo el país con más japoneses fuera de Japón. En el barrio Liberdade se concentra mucha de esta población, razón por la cual es posible encontrar múltiples negocios, como supermercados, donde se consiguen productos traídos desde Japón.

Hay muchísimos lugares de sushi, pero entre los que se destacan está Kanoe, una barra para tan solo ocho comensales en la que ofrecen un omakase en un único servicio, a las 7:00 p.m. Tadashi Shiraishi, su fundador y chef, se ha encargado de crear una experiencia, término muy desgastado pero que aquí cobra sentido, ya que nada se ha dejado al azar, desde los cubiertos, la cristalería, la cerámica, el servicio, hasta cada bocado que va a degustar el cliente.

Para comidas más casuales, hay bistrós brasileños como Jacó, en el barrio Vila Madalena, del joven chef Iago Jacomussi, que despacha platos estéticamente muy llamativos, cargados de ingredientes brasileños, pero que evidencian su paso por cocinas internacionales. Cepa es otro de estos restaurantes informales y dinámicos, con una cocina sencilla pero siempre con un guiño sofisticado y una oferta de vinos amplia, que destaca lo más interesante de Brasil.

En su diversa oferta gastronómica, es posible encontrar un restaurante mexicano contemporáneo, como Metzi, de Eduardo Ortiz y Luana Sabino, quienes han sabido adaptar en forma ideal el ingrediente brasileño dentro de la culinaria mexicana. Su más reciente menú degustación lo llamaron “Entre territorios”, precisamente por esas correspondencias entre los dos países mediante el uso del producto y la cultura, como en su tamal de dendé con botarga y espuma de queso, que corresponden a los ecosistemas de Veracruz (México) y a la Mata Atlántica (Brasil).

Siguiendo en el estilo global, otro sitio que vale la pena visitar es Kotori, de Thiago Bañares, quien se inspira en Japón para hacer una propuesta libre, permeada por ingredientes brasileños y una mirada personal. Hay que dejar espacio para los cocteles de autor y los postres. La influencia asiática ya no funciona como referencia externa, sino como parte natural de la identidad gastronómica de la ciudad. En Mapu Baos, por ejemplo, uno disfruta de la inspiración de Taiwán en un ambiente casual, entre baos, platos y cocteles que no tienen nada que envidiar a los grandes bares.

Pura arquitectura
Los amantes de la arquitectura tienen en São Paulo un gran escenario. El legado arquitectónico tiene en el modernismo su principal aporte. Desde visitar el Museo de Arte de São Paulo (MASP), diseñado por Lina Bo Bardi, o su Casa de Vidrio, pasando por el emblemático Copan en el centro de la ciudad, construido por Oscar Niemeyer, quien también participó en el diseño del complejo del parque Ibirapuera. También hay que ir a contemplar la obra de Paulo Mendes da Rocha en el Museo Brasileño de Escultura (MUBE).

La Pinacoteca, en la que siempre hay grandes exposiciones, no solo vale la pena por su curaduría sino porque arquitectónicamente Mendes da Rocha intervino el edificio original, de finales del siglo XIX, y conservó el ladrillo, cubrió los patios y añadió pasarelas metálicas que atraviesan el vacío en una forma muy respetuosa, pero imprimiendo su visión.

Pia León, la chef peruana de Kjolle, en Lima, es una de las grandes amantes de São Paulo. “Es una ciudad que tiene una energía intensa, vibrante y siempre en movimiento. Me encantan su gente, su diversidad, esa mezcla de culturas, historias y formas de vivir que hacen que cada barrio tenga una personalidad distinta. Desde que visité São Paulo por primera vez, me sentí superacogida, como si ya fuera parte de la ciudad. En cada viaje siempre se descubre algo nuevo, desde la gastronomía hasta el arte y la música. No intenta ser perfecta y siento que tiene una personalidad propia. ¡Por más viajes a esta ciudad!”, confiesa.
Además de todos estos atractivos, el diseño brasileño tiene una gran variedad y riqueza. Desde las tiendas locales en centros comerciales como Osklen, FARM Rio, Animal, hasta las boutiques de diseñadores de ropa como Neriage o Alexandre Herchcovitch. Basta con observar a las personas en la calle: tienen estilo y hay mucha variedad, por lo que la gente no parece uniformada.

Por otra parte, basta caminar por la calle Alameda Gabriel Monteiro da Silva para darse cuenta de que el gusto por lo estético es una constante. Esta es la principal arteria del diseño y la decoración de São Paulo; entre showrooms, galerías y tiendas de mobiliario conviven grandes firmas internacionales con algunos de los nombres más importantes del diseño brasileño. Más que una calle comercial, funciona como una vitrina de la cultura del interiorismo paulista; me parece impresionante tanto en cantidad como en calidad.
São Paulo no necesita enamorar a primera vista. Le basta con conseguir que uno quiera volver.
Tenga en cuenta que…
- São Paulo tiene un área aproximada de 1.522 km² y 11.904.961 habitantes, aunque si se cuenta la región metropolitana serían más de 21 millones de habitantes, lo que la convierte en la mayor metrópoli de Latinoamérica.
- La ciudad cuenta con dos aeropuertos principales. El aeropuerto internacional de Guarulhos, que se encuentra a unos 25 kilómetros del centro, y el aeropuerto de Congonhas, situado a unos diez kilómetros, aproximadamente. La ciudad también tiene una de las principales terminales de buses del país, Tietê.
- No se requiere visa para viajar a Brasil por turismo. Los colombianos pueden ingresar con pasaporte vigente o cédula de ciudadanía válida y en buen estado, de acuerdo con las reglas del Mercado Común del Sur (Mercosur).
- São Paulo tiene un sobrenombre poético: Terra da Garoa (la tierra de la llovizna). Se recomienda ir entre abril y septiembre, que es cuando hay menos lluvias.
- La moneda brasileña es el real. En promedio, un real equivale a 616 pesos colombianos.
- El metro es uno de los mejores transportes para conocer la ciudad y evitar parte de los trancones.
- Lleve adaptador. La ciudad utiliza 127V y el enchufe puede requerir adaptador.
Una escapada natural
Siempre es bueno combinar el turismo urbano con una escapada a la naturaleza. Entre los sitios únicos e inéditos que tiene Brasil, vale muchísimo la pena ir a Lençóis Maranhenses, en el estado de Maranhão. El paisaje es difícil de creer, incluso para esos viajeros que lo han visto todo. Parece creado por inteligencia artificial, porque son kilómetros y kilómetros de dunas blancas, entre las que, durante la temporada de lluvias, se forman lagunas de agua dulce de tonos azules y verdes. Este parque nacional, declarado patrimonio mundial por la Unesco en 2024, es uno de esos sitios que justifican por sí solos un viaje y más después del ritmo intenso de São Paulo.

En Santo Amaro, a cinco minutos del parque, OIÁ Casa Lençóis goza de una ubicación ideal para explorar la región durante una época del año especialmente hermosa, cuando las dunas despliegan su magia y la zona está más tranquila, con menos turistas.

La propiedad ocupa una antigua fazenda rodeada por vegetación nativa y tiene apenas ocho suites. Marina Linhares estuvo a cargo del interiorismo, en el que piezas de Lina Bo Bardi, Carlos Motta y Jean Gillon conviven con artesanía y obra brasileña contemporánea con la que yo quisiera decorar todos mis espacios. Además, se organizan recorridos nocturnos por las dunas, kayak por los igarapés, cabalgatas al atardecer y cenas sobre la arena. Ahora la chef Morena Leite, fundadora de Capim Santo, está al frente de la propuesta gastronómica. Aquí el lujo natural dialoga con el del hotel, sin imponerse. Como diría una amiga mía, sale más caro no ir.
( Continúe leyendo: 6 destinos costeros alrededor del mundo que debe conocer si es amante de las buenas vistas )


