Revista Diners
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Ya ha pasado más de un mes desde que llegué de Bangkok y todavía extraño la ciudad. Es raro. Es una nostalgia profunda, porque esta ciudad de alguna manera se queda en el corazón: el sonido musical de la gente diciendo “Kop Khun ka” (gracias, en tailandés), el sabor del mango sticky rice (el mejor postre de la vida, mezcla de arroz y mango), los budas gigantes en cada calle. Es una ciudad que te estimula los sentidos con cada paso que das. Te conectas fácil, te sientes acogido y, de repente, quieres quedarte más días, así no entiendas ni una palabra de lo que te dicen. ¡No fui la única con esa sensación!
Llegar desde Bogotá hasta la capital de Tailandia toma muchísimas horas (a mí me tomó dos escalas, una de una hora y media y otra de cuatro horas, y 25 horas en vuelos). Pero cada espera en el aeropuerto, las filas eternas y el tiempo en los aviones cobran sentido al llegar al destino. Todo es orden, locura, olores, luces, paz, silencio, música, sonrisas. Todo en cuestión de minutos y con la misma intensidad. Así que intenté poner un orden a ese caos que seduce a la hora de escribir, pero en realidad cada día es una experiencia de múltiples sensaciones.

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Prepárese para comer todo el día
Bangkok ha sido catalogada como la ciudad con la mejor comida callejera del mundo. Algunos de sus puestos han obtenido estrellas Michelin y la verdad es que la comida está presente a toda hora y en todo lugar. Sentir el olor de un curry, de un coco fresco, de unos fideos hirviendo o de un pescado seco en la calle es algo habitual. Y sí, su comida es exquisita. Así que aproveche y disfrute. Además, es muy barata. Para una experiencia inmersiva —e intensa— puede ir una noche al barrio chino, uno de los más grandes del mundo, y caminar por sus calles, en las que puede encontrar absolutamente de todo (desde pad thai, mariscos, sopas, frutas, postres y otras cositas). Es una locura.
Si quiere hacer una ruta más fine dining, hay excelentes opciones. Puede comenzar por Gaggan, el mejor restaurante del país y tercero en Asia en la lista de los World’s 50 Best Restaurants, del irreverente chef indio Gaggan Anand. La experiencia es muy diferente de la tradicional. Son veinticinco pasos divididos en cuatro actos, inspirados en India, su país natal; Japón, un país que lo tiene fascinado; Tailandia, la casa que eligió, y “Cocinar en comunidad”, porque genera una comunión espiritual. “Gran Final”, son los dos postres con los que la experiencia finaliza. Al ritmo de canciones icónicas como We Will Rock You o Hey Jude y luces de neón, Gaggan interactúa con las catorce personas que caben en una mesa en forma de L. Su cocina de autor desafía, provoca y no deja indiferente a nadie, pues uno termina comiendo cosas como un minicerebro o lamiendo del plato una flor.

También está Potong, de cocina progresiva tailandesa china, en pleno barrio chino, restaurante liderado por la mejor chef del mundo, Pichaya Soontornyanakij. Y Nusara y Ledu, ambos de los hermanos Thitid y Chaisiri Tassanakajohn, chef y sommelier, respectivamente, quienes hacen una reinterpretación de la cocina tailandesa. Nusara, creado en honor de su abuela, tiene una vista imponente del templo Wat Pho. Ledu, que significa ‘temporada’, hace énfasis en preparaciones locales con productos estacionales de la rica despensa tailandesa; además, los hermanos abrieron Le Du Kaan hace poco más de un año, un restaurante más informal que tiene una particularidad: está ubicado en el piso 56 de un rascacielos y la vista de la ciudad es impresionante (vaya al atardecer y pida un coctel, no se arrepentirá).

Si, de repente, está antojado de probar otro tipo de cocina, hay dos recomendaciones más: en el mismo edificio del de Gaggan queda Maria and Mr. Singh, una interesantísima fusión entre las cocinas mexicana e india, y en el centro de la ciudad, Sühring, que ostenta tres estrellas Michelin, de dos hermanos gemelos alemanes, Mathias y Thomas, que lo sorprenderán con lo mejor de lo mejor de la cocina alemana. Los detalles de este sitio son tan minuciosos que hasta elaboran el empaque de una galleta alemana muy famosa de chocolate, pero ellos la rellenan con foie gras.
Conocer los templos
La mayoría de los más de 18 millones de habitantes del área metropolitana de Bangkok se consideran budistas y en su vida cotidiana lo ponen en práctica a través de múltiples rituales. Uno de los que más me llamaron la atención es la casa de los espíritus (San Phra Phum), pequeños santuarios dedicados a sus antepasados y a los espíritus que protegen su casa o negocio. A diario les dejan ofrendas de flores y comidas. Hay decenas por la ciudad.
Y ese espíritu budista está presente en todo. Se estima que la capital tailandesa reúne más de 400 templos y hay varios imperdibles para visitar. Mi favorito fue el Wat Pho, el templo que tiene al buda reclinado más grande del país, que mide 46 metros de largo y 15 metros de alto y que representa a este maestro espiritual en su transición al Nirvana. Por favor, contemplen las plantas de sus pies y los 108 símbolos sagrados incrustados en nácar que tienen.

Muy cerca de allí está el Gran Palacio Real, un complejo de edificios, antigua residencia de los reyes de Siam y donde se puede apreciar, entre otras cosas, el Wat Prah Kaew, el templo en el que reposa el buda de esmeralda, tallado en jade y que mide apenas 66 centímetros y se considera el más importante de Tailandia. En el Gran Palacio Real puede estar durante horas observando las estupas, los mosaicos, los azulejos y la arquitectura que resulta tan llamativa a los ojos de un occidental.
Otro de los templos que vale la pena visitar, un poco más alejado de los demás, es el Wat Paknam Phasi Charoen, que justo a su lado tiene el buda más grande de la ciudad: 69 metros de altura y 40 de ancho. Muy cerca de la imponente figura está el templo en forma de estupa blanca. Allí, en el quinto piso, se encuentra un salón que parece de otro planeta: una estupa color esmeralda en el centro, columnas doradas alrededor y un techo con un mural cósmico.
Aproveche para caminar por este barrio, el Phasi Charoen, lleno de callejones estrechos, restaurantes familiares y templos; si cruza el canal del río Chao Praya, encontrará un lugar que se llama Hidden Bangkok Bistro, desde donde obtendrá una panorámica inigualable del buda, y de paso, se podrá tomar un buen café.
La recomendación principal para todos los templos es ir con un guía para entender un poco más de sus ritos y tradiciones, llegar muy temprano, para evitar el calor del mediodía y las multitudes, y llevar ropa que cubra brazos y piernas para poder entrar.
Múltiples paseos
En Bangkok hay muchísimos planes para hacer y no me alcanzan las páginas para contarlo todo. Aunque el tráfico es un caos (con la ventaja de que absolutamente nadie pita), hay tres planes que recomendaría, además de la comida y los templos. El primero, por supuesto, es ir a hacerse un buen masaje tailandés. Hay por todo lado y de todos los precios, así que asegúrese bien a dónde va. Yo fui a Oasis Spa, en el barrio de Sukhumvit, un lugar precioso con un bello jardín interior; el masaje duró una hora y media. Y créame, resulta ideal para apaciguar los efectos del jet lag.

El segundo plan es ir a los mercados como el de Or Tor Kor, que son un universo de colores y sabores de productos que probablemente jamás haya visto en su vida, como el maprang, una fruta que sabe a mango y durazno a la vez, y se convirtió en mi favorita. Ir al mercado flotante de Damnoen Saduak también es interesante para ver cómo comercializan desde un helado de coco hasta una cerveza en sus canoas, si bien debo confesar que me pareció exageradamente turístico. Hay momentos que ni caben las canoas en el canal, a algunas de las cuales les han puesto motor.
Y el tercer plan consiste en explorar el lado más capitalista de la ciudad. Aunque no soy una persona de centros comerciales, ir a uno como el Icon Siam resulta divertido porque tiene una estructura impresionante, marcas para todos los gustos, mercados flotantes, exposiciones de arte, cines, bares, panorámicas para ver juegos pirotécnicos y el río, y todo lo que se pueda imaginar (aparte de tener aire acondicionado, que se agradece profundamente).
Si le queda tiempo puede visitar Ayutthaya, antigua capital del reino de Siam que está situada a las afueras de la ciudad. Visitar su parque histórico, patrimonio de la humanidad, vale toda la pena del mundo; además, se puede regresar en un barco a Bangkok justo al atardecer, y desembarcar en el puerto para contemplar el Wat Arun, templo de la Aurora que se ilumina de una manera espectacular con los rayos del sol.
Sorprenderse en Camboya
Nuestro siguiente destino fue la ciudad de Siem Reap, en el noroeste de Camboya. A tan solo una hora y veinte en avión desde Bangkok, es la puerta de entrada a uno de los lugares más lindos del mundo: los templos de Angkor.
Siem Reap es una ciudad turística, llena de extranjeros, calles con muchos bares y hoteles de muy buena calidad, por un precio muy razonable, pero lo que más me sorprendió fue la cantidad de spas que hay en cada esquina. ¡Es el paraíso! Son excelentes y muy económicos (cuando digo económico es que un masaje jemer de 90 minutos cuesta 12 dólares, un poco más de 43.000 pesos).
Sin embargo, la razón de fondo para haber llegado hasta este sitio es visitar Angkor, considerado el complejo religioso más grande del mundo y una joya arqueológica construida en el siglo XII por el rey Suryavarman II del Imperio jemer. El complejo, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1992, abarca 400 kilómetros cuadrados y tiene varios templos.
Aunque había visto miles de fotos, y desde hace muchísimos años soñaba con venir, nunca imaginé su dimensión, lo bien organizado que está y lo mística que puede llegar a ser la experiencia de caminar durante horas por este lugar.
Llegamos muy temprano al templo de Angkor con Pheak Tra, un guía que habla perfectamente español, y Kathy y Jordi, una pareja de españoles. Y de repente, en menos de un minuto, ya estábamos los cinco caminando entre árboles, viendo la espectacularidad de las construcciones de piedra, admirando los grabados que cuentan diversas historias y leyendas, apreciando las caras talladas de Buda, recorriendo las agujas de las torres, que aparecen en la bandera de Camboya y representan al monte Merú.
El guía nos explicó que, en un principio, a Angkor lo diseñaron como un templo hindú, dedicado al dios Vishnu, pero gradualmente se convirtió en budista; luego, en 1860, lo descubrió el francés Henri Mouhot. Subimos y bajamos escaleras muy empinadas —algunas tenían 70 grados de inclinación y se dice que es el símbolo del esfuerzo necesario para ascender a la montaña de los dioses—; entramos por pasadizos, vimos desde las alturas los cultivos de arroz, un lago imponente y a los monjes budistas con su túnica naranja caminando con una tranquilidad envidiable. Tra nos explicaba que su última comida era al mediodía y que solían venir al lugar a orar. Uno de ellos, que tenía los brazos tatuados, nos bendijo con agua y nos puso en la muñeca una pulsera naranja, símbolo de protección, a cambio de una pequeña donación; sonrió y pronunció un par de palabras en camboyano, mientras yo solo lloraba por tener la fortuna de estar ahí en ese momento.

Caminamos hasta el templo de Bayón, situado en Angkor Thom, famoso por los más de 200 rostros sonrientes y misteriosos tallados en piedra en sus 54 torres. Al paso de las horas, el calor y la humedad eran más fuertes. Tomábamos agua sin parar, mientras buscábamos la sombra, y luego fuimos a almorzar a un restaurante tradicional. (Aquí una pequeña recomendación: dondequiera que vaya, no deje de probar el amok, un curry de pescado al vapor en leche de coco).
Luego de descansar, regresamos para ir al templo de Ta Prohm, famoso porque las raíces de los árboles se han ido devorando la estructura del sitio y los arqueólogos decidieron dejarlo así. La luz atravesando los muros, el musgo, las ruinas del templo, las piedras colocadas en desorden y el silencio hacen único este lugar, que cobró una fama inusitada luego de que Angelina Jolie grabara allí varias escenas de la película Tomb Raider. Sin duda, es una gran idea venir aquí en la tarde, porque es más pequeño que Angkor y se puede caminar con tranquilidad. Ya casi al final de la tarde regresamos a la ciudad, listos para mandarnos hacer un masaje más e ir a cenar en alguno de los puestos callejeros de la ciudad.
La próxima vez me quedaría más tiempo solo para recorrer otros espacios de
Angkor. Ver el amanecer, recorrerlo en tuktuk, tomar más fotos, porque nunca es suficiente. Caminar, entender, hablar más con los monjes, ver más detalles. Angkor Wat es mágico, es único. Es luz.
Hanói, Halong y Hoi An, lugares para descubrir en Vietnam
Al día siguiente, en la noche, llegamos a Hanói. El clima estaba mucho más fresco que en Siemp Reap. Hanói es la capital de Vietnam, es la segunda ciudad más poblada del país con casi ocho millones de habitantes y su historia está profundamente marcada por China y Francia, algo que se ve reflejado en su identidad y arquitectura, lo que la hace muy diferente de sus países vecinos.
A la mañana siguiente, lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de motos que hay (alrededor de siete millones). Siempre pensé que era una exageración cuando escuchaba decir que no se detienen aunque el semáforo esté en rojo. ¡Pero es real! Perlita, nuestra guía, nos dijo con una tranquilidad absoluta que solo levantáramos la mano hacia arriba cuando quisiéramos pasar la calle. “Las motos no te atropellarán, te esquivan y listo”, manifestó. Yo la miré y le abrí los ojos. La realidad es que sufrí cada vez que intenté pasar una calle. Sin embargo, a pesar del caos, no vi ningún accidente.
Lo primero que hicimos fue dar una vuelta por el casco antiguo de la ciudad en un xich lo, un triciclo (y debo decir que el señor también manejaba como un loco y se les atravesaba a todos los carros sin ningún problema). Hay cafés, templos, floristerías, calles laberínticas, muchas banderas vietnamitas, faroles y edificios altos, pero muy estrechos; todo un caos. No obstante, hay algo especial entre tanta multitud que no sabría descifrar.

Fuimos hasta el lago Hoam Kien a ver el templo de Ngoc Son, construido en el siglo XVIII en honor del general Tran Hung Dao, un héroe del siglo XII que defendió al país de los mongoles. Es un lugar tranquilo, que cobra otra vida en la noche, cuando regresamos y vimos grupos de mujeres bailando, parejas tomadas de la mano con sus hijos y jóvenes pasando el rato. Después paseamos por los alrededores del mausoleo de Ho Chi Minh, donde reposan los restos de este líder vietnamita. Muy cerca de allí, entramos a una diminuta pagoda budista llamada Dien Huu, construida hace mil años sobre un solo pilar como base y que reposa en un colorido estanque.
Posteriormente, llegamos a uno de los sitios más hermosos que conocimos en la ciudad: el templo de la Literatura, considerado la primera universidad del país y construido en el siglo XI en honor de Confucio. Hoy en día, es un lugar donde los jóvenes suelen ir a pedir suerte en sus estudios y se acercan a tocar la cabeza de las tortugas de piedra, símbolo de sabiduría. También hay maestros calígrafos, vestidos con túnicas de seda, que escriben los nombres de los turistas en la preciosa caligrafía vietnamita. Estar allí es como transportarse a otra época.
Más allá de los sitios turísticos, se siente la fuerza arrasadora de una ciudad que creció casi el 8 % el año pasado; además, se ven muchos contrastes entre los que tienen y los que no, al igual que muchos carros eléctricos Vinfast, propiedad del hombre más rico del país, Pham Nhat Vuong, quien también desarrolló una idea que vi replicada en varios sectores: megaurbanizaciones para los que tienen mayor poder adquisitivo y que incluyen todo a su alrededor: colegios, hospitales, centros comerciales.
La maravillosa comida
Algo que queríamos probar era el café con huevo, una receta que surgió en los años cuarenta en el café Giang. Se elabora al batir las yemas de los huevos y la leche condensada hasta crear una crema espesa y dulce que se coloca encima de un café fuerte. De hecho, sabe más como un postre, y si soy honesta, a mí no me gustó tanto. Sin embargo, en la noche, una amiga periodista vietnamita nos invitó a Luk Lak, el restaurante de la chef madame Bihn, galardonado con el premio Bib Gourmand de la Guía Michelin en 2024 y 2025.

Mi amiga, emocionada por el reencuentro, quería que probáramos el mayor número de preparaciones de la cocina vietnamita. Yo me asusté al ver tantos platos sobre la mesa, pero lo cierto es que nos comimos todo porque la cocina es muy ligera, aromática, con abundantes verduras y salsa de pescado. Así que, por favor, disfrute de una pho, sopa de fideos con hierbas y carne; gỏi cuốn, rollitos de verduras, fideos, hierbas y camarones envueltos en papel de arroz; un bahn mi, una baguette rellena de carne, encurtidos y verduras; un bun cha, una panceta de cerdo, fideos de arroz y hierbas frescas, entre otras múltiples maravillas. No se arrepentirá. Es muuuyyy rica.
La bahía de Halong, un lugar para la contemplación
A poco más de dos horas de Hanói, por carretera, llegamos a la bahía de Halong, ubicada en el golfo de Tonkín; declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1994, la bahía es una de las siete maravillas naturales del mundo. Cuenta la leyenda que fue un dragón el que escupió piedras de jade y formó estos islotes al tratar de defender a los vietnamitas de invasores chinos. La historia real dice que los 1.600 islotes que hay son montañas kársticas, producto de millones de años de movimientos tectónicos.

El plan es ir en un crucero, pasar la noche y regresar en la mañana al puerto. Presiento que hay muchos menos turistas de lo habitual, por el tema de la guerra de Irán y los numerosos vuelos cancelados. El paisaje es sobrecogedor, y aunque en el crucero hay un cronograma con múltiples actividades, prefiero contemplar el paisaje, en silencio, con la brisa en el rostro. Es impresionante, extraño, vital.
Decidimos ir a la isla de Ti Top, donde hay una playa y un mirador de 400 escalones desde el que se obtiene una panorámica única del lugar. Aquí sí hay muchos turistas provenientes de otros cruceros, pero el agua está muy fría para sumergirse. Luego regresamos al barco para ver el atardecer. Y ya en la noche, nuestra esencia latina hizo que nos juntáramos con una brasileña que va a Japón a estudiar, un mexicano que es drag queen en Holanda y unos españoles, ya pensionados, para hablar de la vida y de este enigmático lugar.
Hoi An, la ciudad de los faroles
A la mañana siguiente, después de una apacible clase de taichí en el barco y un copioso desayuno, regresamos a Hanói para tomar un vuelo hacia Hoi An, en el centro del país.
Este antiguo puerto tiene un encanto especial, que quizás se deba a esa influencia multicultural china, japonesa y francesa que guardan sus calles. El río Thu Bon, que atraviesa la ciudad, cuenta con pequeños puentes que conectan sus dos orillas y muchos faroles. De noche, la ciudad luce toda iluminada y parece, literalmente, sacada de una escena de un cuento infantil. Una de las tradiciones es navegar en una de las barcas, encender un farol y pedir un deseo; obviamente, lo hicimos. Además, hay muchos restaurantes para ir a cenar, a muy buen precio.

De día, se pueden visitar varias atracciones por el casco antiguo, patrimonio de la Unesco, como las casas típicas construidas en madera; el puente japonés, con más de 400 años de existencia, que por dentro tiene una pagoda, o la casa de los mercaderes, donde la gente suele orarles a varios dioses. Hoi An también es un paraíso para comprar recuerdos típicos del país o hacerse trajes a la medida, que se los llevarán sin falta a la puerta de su hotel al día siguiente.
Es hora de regresar y, la verdad, no queremos volver todavía. Deseamos conocer más. Es la primera vez que visitamos Asia, y creo que por eso estamos tan maravillados. Es otro mundo, es otra forma de ver las cosas.


