La película del cineasta polaco Pawel Pawlikowski, su regreso al país luego de años de exilio, recoge un secreto a voces, ese de los niños polacos judíos que fueron salvados por sacerdotes católicos de las manos de los nazis durante la Segunda Guerra. Pero, en lugar de quedarse en el lugar de la melancolía, Ida propone mirar el mundo, su mundo, con menos compasión que entendimiento.
Con semejante revelación, el panorama se le remueve, ¿cómo no? El director la confronta, pone a prueba su fe y enmarca sus dudas dentro de una geografía de “áreas grises”. Nada de blanco y negro, porque simplemente la vida no funciona así. Por eso, en medio de un profundo misticismo, Pawlikowski se permite ironizar las situaciones como cuando en una cena en el comedor, en medio de un silencio excesivo de novicias y monjas, a la niña se le escapa una risotada ante lo artificial de la escena. O cuando su tía Wanda, al emprender ese viaje hacia su propia historia, le pregunta: “¿Has tenido sueños con chicos?”. No, le responde Ida. “Pues más vale que los tengas alguna vez porque de lo contrario, ¿para qué todo ese sacrificio que vas a hacer?”.
La identidad religiosa, pregunta implícita en el film, la daría más el sentido de Dios que el origen étnico, el contexto social o la pertenencia a un grupo. En ese debate interior se mueve la protagonista, en una actuación impecable que permite la empatía con su situación.
En todas estas expresiones artísticas las categorías dejan de ser estáticas y adquieren una paleta de grises amplia y rica. Y así conviven sombra y luz en una misma persona, con las dificultades que ello significa. Las propuestas alrededor de la identidad de todos estos artistas son mucho más complejas que lo que podría pensarse en cuestiones de clase, origen, raza, sexualidad y creencias y donde a esta palabra hay que presentarla en plural: Identidades. Hoy, la pregunta se complica porque ya no se trata de analizar si podemos transitar a través de varias personalidades –que sí–, sino qué tan verosímiles nos resultan. Cartagena, una ciudad con tantas caras que le permite vestirse de reinado y festivales, pero también de miseria y prostitución, se prestó como escenario ideal para diseccionar el cuerpo de la identidad. Cada cual con sus tantas caras. A algunos se les veía radiantes con esta multiplicidad de opciones, otros, nunca se sentirán del todo cómodos con ellas. Aquí, sin embargo, cada uno de los artistas presentados, parecía llevarlas muy, pero muy bien.

