“Ahora lo entiendo todo”, sentenciaba antes este conflictuado papá intentando explicar la aparente desconexión con su hijo porque no tiene su sangre (pese a que muy al inicio del film nos enteramos de que el niño se inventa un idílico día de elevada de cometas con su papá cuando le está rindiendo cuentas a sus maestros con sus padres al lado). El director cuestiona la rígida tradición de su país de sobreponer las líneas de sangre por encima de cualquier otro vínculo (la adopción, por ejemplo, es rarísima en Japón). La impotencia con la que va desenrollando el argumento es desgarradora, al punto de partir el corazón del espectador de la misma manera que se vuelve trizas el de esas madres que han de entregar a sus hijos para favorecer un proceder cultural. El valor de la sangre pesa, y mucho. Para bien y para mal.
DEL CINE A LA VIDEOINSTALACIÓN
(En un camerino, ambas mujeres se encuentran. Una, joven, de vestido verde de raso; la otra, vieja, modestamente ataviada con un abrigo azul)
–¿Por qué no me dejas en paz? Me seguiré yendo de ti, ¡hasta que te canses de perseguirme! ¿Me entiendes? –Sarah Jane, ya estoy cansada de hacerlo, solo vine a decirte cuánto te amo y a abrazar a mi bebé una vez más.
(Sarah Jane le da la espalda, se enfrenta al espejo y le grita).
–Soy blanca. ¡Blanca!
Esta es la forma de Sarah Jane de huirle a la herencia biológica en Imitation of life, la película de Douglas Sirk de 1959. En la escena de la cinta, esta mulata busca desprenderse de su historia y de Annie, su madre negra, negándola. El melodramático extracto fue reinterpretado en una de las obras de videoarte de la Bienal por la artista de Singapur Ming Wong. Rebautizada como Life of imitation, todo parece enredarse aún más en esta pieza cuando a los dos personajes en cuestión los representan, a la manera de drags, tres hombres (uno malayo, uno indio y otro chino, las razas dominantes de su país) intercalándose el papel de madre e hija. Un juego de identidades que busca mostrar que la pertenencia no se resuelve solamente por el color de la piel o la identificación de género. Ni por el idioma hablado. Aquí, como en el carnaval, todo es una imitación y cabe trasvestirse para tal fin.
Todo es una representación y, como tal, debe leerse. Es el disfraz como traje para asumir nuestras mil caras.
Una escena de una película polaca
(Wanda, una mujer de mediana edad, lo lanza así, sin mediar cariño)
–Eres judía. Tus padres fueron asesinados durante la guerra. No te llamas Anna, sino Ida Lebenstein.
(Silencio. Primer plano a la cara de la muchacha, que no se inmuta. No parpadea. No respira. Ida, vestida de novicia, de largo abrigo gris y cofia del mismo tono, pues se va a ordenar dentro de pocos días, se limita a oír esta historia de la que no podía sospechar).

