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¿Por qué el humor puede salvar vidas? Entrevista con Paula Arcila

Esta es la historia de dolor y risas de Paula Arcila, locutora y comediante colombiana, que después de más de veinte años en Miami se trasladó a Madrid buscando un cambio de vida.

Foto: Archivo particular

Esta es la historia de dolor y risas de Paula Arcila, locutora y comediante colombiana, que después de más de veinte años en Miami se trasladó a Madrid buscando un cambio de vida.

Una novia vestida de blanco y en tenis camina rumbo al altar. Mientras avanza, aparecen el vértigo y las dudas; las ganas de salir corriendo y la inevitable mirada atrás para cuestionar las razones que la han llevado hasta allí. La narración está cargada de humor e ironía; es la voz de una mujer a la que no le preocupa el desnudo emocional ni mucho menos el qué dirán.

Paula Arcila (Medellín, 1975) es esa novia vestida de blanco y la anterior es una escena de Un cambio demente, el monólogo autobiográfico con el que esta locutora radial y comediante se presenta en teatros de Madrid y otras ciudades de España. Arranca carcajadas a punta de reflexiones sobre las relaciones de pareja, el paso del tiempo, el ser migrante y una mujer sin miedo a reinventarse.

Es martes y los termómetros anuncian temperaturas heladas en Madrid. El Pequeño Teatro de la Gran Vía, una calle icónica de la capital española, acoge el espectáculo de Paula. El frío de afuera y la lluvia fina contrastan con la calidez de estos setenta minutos donde ella ríe de sí misma y desbarata todas las etiquetas que encuentra en el camino. Tenemos una charla informal minutos después, paradas en la puerta del teatro, con las manos en los bolsillos y las orejas congeladas. A primera vista Paula resulta dulce; tiene el tono de voz que dan tantos años de radio, algo entre musical y grave. El dueño de un bar muy popular en la noche madrileña la invita a ella y sus amigos a una copa, así que retomamos la conversación unos días después, vía Skype, entre Bogotá y Madrid.

“Hacer reír no es fácil, pero he logrado conexión con el público porque hay mucha verdad en lo que digo, y a pesar de que son mis historias, le han pasado a mucha gente. No son tan extrañas ni tan exclusivas”, dice. Si lo piensa bien, el humor para ella ha sido un mecanismo de defensa: “Me ha salvado siempre”.

Desde niña le gustaba ejercer de “payasa oficial”. Criada en un entorno machista, con un padre ausente, fue víctima de bullying y de abusos sexuales de personas cercanas. Un ambiente perfecto para el trauma, para acabar desquiciada. Pero ella respondía con risas. Era su manera de protegerse. “Los amiguitos se burlaban mucho por mi aspecto físico. Yo no era agraciada. Me decían que era gordita, fea, que tenía el pelo de aquella manera, que no tenía papá… Entonces, me ponía a hacer chistes sobre eso y los descolocaba porque veían que no había manera de que me sintiera mal. Pero sí me sentía mal. Por eso digo que el humor me ha salvado y, con el tiempo, me ha hecho descubrir otras formas de salvación”.

Lo confirmó cuando llegó a Miami, a los 19 años. Después de varios trabajos de esos que sirven para sobrevivir, no para mucho más, quiso dar el salto a la radio, pero enfrentó el hecho de que había muchas y muy buenas locutoras. Había que ofrecer algo distinto. Único. Entonces echó mano, otra vez, del humor. “Yo decía que imitaba voces. Lo hacía mal, pero como no había nadie que imitara a Shakira o a Paulina Rubio empecé a ganar fama de graciosa y se me abrieron puertas”, relata.

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Su amiga Karina Rosendo, fundadora y directora creativa de la plataforma de moda Stitch Lab, recuerda que coincidieron en el programa Escándalo TV. Karina entraba y Paula se despedía porque había aceptado la propuesta de trabajar en el programa El Desayuno, de Univisión Radio, uno de los más importantes de la comunidad hispana de Estados Unidos. A pesar de que se retiró, Paula siguió vinculada al programa como escritora de libretos de humor de algunos personajes. “Y no había mejor imitadora de Shakira que ella. Era magnífica”, dice Karina.

Durante catorce años Paula trabajó en El Desayuno, donde descubrió su inclinación hacia el teatro. Ocurrió por causalidad. Un día, los productores del famoso Monólogo de la vagina, un show que se ha presentado por todo el mundo, la invitaron a participar. Fue un éxito. Después la llamaron para otra obra, Taxi. Cuando iba a cumplir 40 años le dio pereza organizar la consabida fiesta y, aconsejada por alguien, decidió convertir la celebración en un monólogo al que invitaría a sus amigos y a los oyentes de su espacio radial. Se llamaba Miss Cuarenta y ahí, a punta de humor, también contaba lo que significaba para ella llegar a esa edad mítica. “Debo ser una de las pocas mujeres que ha gastado más dinero en terapeuta que en zapatos”, se burlaba. Para su sorpresa, el show gustó y se convirtió en un boom.

Infancia rota

El universo narrativo de Paula Arcila se alimenta, sin filtros, de sus vivencias. Lo hace en el teatro, pero también en la literatura. En 2017 publicó Una reina sin medidas, otra obra autobiográfica, otro relato descarnado de sí misma, otra forma de saldar cuentas con su pasado. Desde su vida en Medellín (“hubo mucho abuso por parte de gente adulta que, supuestamente, debía cuidarme y lo que hizo fue lastimarme. Abuso de todo tipo, psicológico, verbal y sexual”), pasando por sus miedos, por su machismo inoculado, los años duros en Miami y las relaciones de pareja tóxicas que la han marcado.

“Escribí el libro como parte de una terapia psicológica para descargar. Me salió natural porque en su momento no lo hice para que se publicara, era una manera de drenar el dolor”, cuenta. El dolor de una infancia rota por el abandono paterno y por los abusos, pero también la angustia de saberse presa de relaciones donde se sentía miserable y donde una vez más volvió a ser víctima.

Paula cuenta que vivió ocho años encerrada en un matrimonio que no dejaba por puro miedo a quedarse sola. Incluso, sabiendo que no era feliz. Y cuando por fin se desprendió de ese tormento se volvió a equivocar. “Llegó a mi vida un hombre musculoso con camisa apretada y olor a macho”, escribe. Un hombre que, según relata, no solo la agredió psicológica sino físicamente. ¿Cómo llegué a quererme tan poco? ¿Cómo le dediqué tanto tiempo a otra persona, cuando yo tenía que ser la más importante de todas?, se pregunta. “Me dolió ser consciente de estar en una relación dañina y no ser capaz de salir de ahí. Sabía que nada iba bien, que era horrible, como estar en las drogas”.

Su valiente testimonio dio paso a un podcast. Después a un canal de YouTube (Una reina sin medidas) y a una página de Facebook. Paula recibe a diario cientos de mensajes de mujeres que pasaron por la misma situación o que siguen inmersas en algo similar. Mujeres a las que les cuesta romper las viejas estructuras de la violencia. Mujeres que encuentran desahogo y alivio cuando escuchan su historia narrada en la voz de Paula. “Pero yo no soy doctora –advierte–. Cuando hay situaciones claras de maltratos y cuando hay niños les digo que se vayan, que busquen ayuda; es difícil pretender que yo vaya a solucionar algo”.

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Durante años restañó las heridas, llevó luz a su alma a oscuras. De ahí surgió una nueva Paula, que empezó a sentirse estancada en Miami. El mismo trabajo durante catorce años. Madrugones y poca emoción. Aumentos de salario que nunca llegaron. Y un nuevo amor resplandeciente que puso el contador en ceros. “La llegada de Trump al poder precipitó mi decisión de cambiar de país”, cuenta. Y, en seguida, aclara: “No me fui de Estados Unidos porque me casé (su marido es español), sino porque me cansé”.

En Madrid ya cumple tres años. Es tan evidente el vuelco en su vida, que Un cambio demente se nutre de lo que supuso su llegada a España, de casarse con un español, de los curiosos desencuentros que surgen en las parejas de distintos países y hasta de lo llamativo que resulta que en muchos baños todavía se utilice bidé. Nada que ver con su pasado.

Volvemos a hablar de humor esta mañana bogotana, su tarde madrileña. Paula cree que es absurdo eso que algunos llaman humor femenino. No hay tal cosa. Ella, que no hace stand up y que no apunta al chiste puro y duro sino a la reflexión que puede llevar a la risa, dice que comediantes hombres y mujeres hablan de lo mismo. Es decir, de sexo, de política, de religión y de relaciones. Hay puntos de vista, claro. Y a los hombres les resulta más cómodo referirse a cualquier cosa. A las mujeres, en cambio, acaban tildándolas de groseras y vulgares frente a ciertos temas.

Su conclusión es que no parece normal que el público esté más pendiente de lo que diga un humorista que de lo que diga un político. “Eso me parece grave, que haya que tener más cuidado desde el humor que desde los mismos líderes que no se miden a la hora de decir barbaridades.

«Sin embargo, no me considero tan agresiva. Digo las cosas que pienso, tampoco me freno, pero creo que hay un punto donde no me paso de la raya”.

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Febrero
04 / 2020


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