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Así es la vida de un hombre viudo

El hombre viudo frena en seco y organiza toda su existencia. Hay quienes pueden despedirse, pero indudablemente es un sentimiento del que es imposible escapar.

Foto: Francisco Moreno en Unsplash

El hombre viudo frena en seco y organiza toda su existencia. Hay quienes pueden despedirse, pero indudablemente es un sentimiento del que es imposible escapar.

El hombre viudo vive un tormento sin demostrarlo al mundo por eso en Diners reunimos la experiencia de dos hijos que vivieron este vía crucis junto a sus padres.

1–Hasta hace muy poco entendí tu vacío

Ese hueco con el que quedaste por su ausencia. He de confesarte que por muchos años te culpé, odié que te escudaras en que no estaba para hundirte en el alcohol. No me gustaba que fuera tu excusa. Pero ahora que ya no estás tú tampoco, y que por fin asumo el duelo con un poco más de experiencia, y también he vivido dolores profundos, te entiendo.

Por fin te entiendo. Sé que es tarde, pero quiero decirte que te entiendo. Perdiste a lo que más amabas en la vida. Fue como quedarte sin aire, sin un por qué. No supiste cómo andar más. Ni para qué andar más. Te veía completamente perdido y no lo concebía. No me cabía verte así. Tú, tan grande, tan fuerte, te fuiste apagando. El día de su muerte, decidiste que te ibas a morir también.

–Papá, ¿cómo juzgarte? Imposible.

Es la mirada de alguien que ve la viudez –fea palabra– desde la perspectiva de hijo, y ahora abstrayéndose en las palabras y relatos de otros.

2– Es bastante doloroso

Me dice este hombre de mirada triste, cuando le pregunto qué representa para él la viudez–. Aunque es más que eso, en realidad es una catástrofe. Es una especie de bomba atómica que cae sobre Hiroshima o algo por ese estilo. Fue por un cáncer arrasador. Habíamos construido un proyecto de vida juntos, lo habíamos pensado hacia el futuro, todo había sido muy planeado, era una decisión madurada y, de repente, todo quedó trunco. Cortado.

Se le nubla la mirada al hombre viudo. El recuerdo de lo que no fue. La inmersión del pasado en el presente y futuro, constante. Lo primero, la enfermedad. Cuidarla, verla deteriorarse día a día. Sacar una fuerza que creía inexistente y estar allí. Sentirla luchar y luego, verla dejar de hacerlo. Es largo ese proceso. Envejece. Y, pese a la inminencia de la muerte, no es fácil despedirse. No de alguien a quien uno decidió amar. Quizá, porque siempre queda la esperanza de que algo milagroso la salvará. Pero no pasa.

– Al comienzo, recién sucede la muerte, a uno le cuesta trabajo asumirlo. Estás envuelto en una serie de acontecimientos que rodean el hecho mismo, todavía no se logra entender la dimensión de lo que ha pasado. Además, hay otro elemento que juega en todo esto y es que yo me hubiera quedado con mi hija pequeña sin pedirle ayuda a nadie. Eso no da espera. Uno puede estar derrumbado, con toda esa tristeza, pero la verdad es que en alguna medida yo me convertí, incluso desde antes de su muerte, en una especie de papá y mamá al mismo tiempo.

Y claro, la ausencia va entendiéndose poco a poco.

– A los dos meses uno todavía tiene la sensación, como en una especie de fantasía, de que en realidad esto no pasó. Como que se ha ido de viaje y que va a regresar (otros, sueñan con ella). Pero al paso de los meses uno se va dando cuenta de que eso no es así. Que es irreversible.

Lloró. Lloró mucho. A diario y por meses.

– El llanto es el momento de sumergirse en el dolor, no con la perspectiva de algo masoquista, sino que en alguna medida puede ayudarnos a sanar. Aunque es el paso del tiempo el que cicatriza.

3- Y volver a empezar. Con una marca para el resto de la vida

– Hay personas a quienes les cuesta mucho trabajo hacer una limpieza y pensar en pasar la página. Porque no es cuestión de olvidarla. Esa limpieza la hice, pero me demoré, me tomó como un año. Recoger sus cosas, ordenarlas, pensar qué iba a regalar y qué le iba a guardar a la niña. Durante todo ese tiempo yo no era capaz de asumir eso. Y luego, me enconché, pero poco a poco volví a ser el mismo, aunque con la cicatriz y los nuevos sentimientos sobre la fragilidad de la vida. Ahora que lo pienso, volví a ser el mismo, aunque ya no era el mismo, no sé si me entiendas…
Claro.

Algo en común tienen los hombres que pierden a su mujer. Se les pega a la vida una sensación imposible de disminuir: que la muerte los ronda. Que el final está allí, a la vuelta de la esquina.
– Yo creo que la viudez sí me sirvió mucho en la vida y, sobre todo, el replanteamiento natural que tú te haces, de ti, de tu historia, cuando te enfrentas a una muerte que golpea tanto –explica otro viudo que perdió a su esposa en sus treintas–.
Me volví negativo y pesimista con la vida. Y aunque no le temo a la muerte, no me quiero morir.

«Me sirvió mucho»… No es una idea fácil de entender. Y sin embargo es realista. Porque define cómo un acontecimiento es capaz de transformar el rumbo de las cosas. Quien habla aquí es un hombre que, pese a que se había separado de su mujer, al enterarse de que se había enfermado con un cáncer, regresó a casa para acompañarla a morir y para garantizarle que su hijo tendría un padre.

Para mí la muerte de ella no fue dura, porque sufrió tanto que el mismo dolor de la enfermedad hizo que cuando muriera hubiera un sentimiento de descanso. Lo más duro fue asumir la preocupación y el dolor de que alguien tan pequeño perdiera a la mamá. 
Así, lo dejó todo, la soltería de la que estaba disfrutando de nuevo, y se dedicó al niño, que en ese momento tenía 11 años, y a ella. No se lamenta pues logró convertirse en el padre que no había sido antes.
–Y dejé de ser «el esposo de» para convertirme en quien soy hoy. 
Con un nombre propio. Por años se entregó a ese papel hasta que sintió que podía volver a tener una vida de pareja. Hoy tiene un hijo pequeño.

4- Otro hombre viudo. Piensa en voz alta

–Un paralelo entre el viudo y el separado es que en el hombre viudo el amor queda intacto, interrumpido, mientras que en el separado, el fin es una decisión. El corazón sana más rápido en la medida que se entienda lo que fue la relación.

–No hay un tiempo determinado para el duelo.

–Hay que vivir el duelo sin un paliativo, pues el dolor siempre sale. Yo les dije a mis hijos: ni drogas, ni alcohol, ni una mala amistad, lo que tenemos que vivir lo vivimos, pero de eso nada será válido.

–Algo muy importante y que me ayudó mucho fueron ciertos tips, como que en el momento de la sacada de la ropa pensé que no la estaba sacando a ella, sino ayudándole a cerrar el tema. Fue útil esa espiritualidad, esa idea un poco sobrenatural.

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–También fui consciente de no querer ir a grupos para oír otras penas y pensar que la mía no es tan grave. Mi pena es mi pena.

No hay reglas para el duelo. No debería haberlas, en todo caso. Ni morales, ni sociales. Ni una fecha para darle vuelta a la página. Años o meses son medidas ambiguas, incalificables. Suele pensarse que para el hombre viudo es más fácil recomenzar su vida que para la viuda de quien, dicen, puede sobrellevar mejor su soledad (“Mi mamá sobrevive sin mi papá”, es una frase que se oye una y otra vez, aunque no tanto al revés). Pero ¿cómo juzgarlo? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo definir que «se está listo para volver a querer»? ¿Quién define qué tanto duele la pérdida? ¿Cómo juzgar el recuerdo? ¿Estamos en un cambio, en una inversión de los valores?

5- Definitivamente no hay fórmulas

Como es claro lo intangible de los sucesos de la vida de los seres humanos. Esto es el devenir, el «ir siendo» en la medida de las circunstancias y los acontecimientos. Lo que en la vida nos transforma sin que haya una mediación de nosotros mismos, como la viudez, ese hecho ajeno al que la padece hasta el momento del suceso. Y su vida cambia. Como cambia el encontrar una pareja y enamorarse, como cambia la aparición de un hijo, como cambia un terremoto. Somos sujetos producto de nuestros acontecimientos, y de ahí aparece una nueva definición de la identidad, la que implica la vida misma, como las cicatrices en las huellas digitales.

Un hombre viudo ya no es el mismo de antes. Nunca va a ser el mismo.

–Madrugo siempre y no me desgasto en cosas que las personas en general hacen. Por ejemplo, no miro televisión distinta a la formativa, no descanso más de la cuenta, ni pierdo un día completo jugando al golf y, menos aún, dedico tiempo a molestar a los demás.

–De las cosas que más ayudan en la vida es el sufrimiento, más cuando uno está bien. Eso sí me marcó definitivamente, y sobre todo me dio tiempo para pensar. Me quedó algo muy claro: si uno tiene algo que decir es mejor tratar de decirlo pronto.

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Septiembre
22 / 2020

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