Entrevista: Samanta Schweblin, una escritora provocadora e innovadora

Diners conversó con la escritora argentina, miembro del grupo Bogotá 39-2017, a su paso por Colombia.

Nominada al Booker Prize por Distancia de Rescate, su primera novela, y con una trayectoria de éxitos como cuentista que incluye el fabuloso Pájaros en la boca y otros cuentos, Samanta Schweblin es una de las escritoras contemporáneas más provocadoras e innovadoras.

Su habilidad para transformar la inocencia en misterio, y para jugar con la lógica hacen que sus escritos tengan un elemento desconcertante y sutil que honra el suspenso sin llegar a resoluciones. Es una maestra de los finales inconclusos pero que ofrecen otro tipo de recompensa al lector.

Sentada en el jardín del Hotel Santa Clara, la argentina habla entre el canto de los pájaros y el sonido de las hojas. Cuenta que sigue viviendo en Berlín después de casi cinco años, y aunque entiende alemán y puede decir algunas cosas, no puede tener una conversación “normal”, una palabra que usa con frecuencia como para conjurarla.

Después de la preguntas, deja que pase una pausa larga y los movimientos de sus manos, adornadas con un anillo de la S de una antigua máquina de escribir y otro de rombos, anticipan las palabras.

México, Italia, China, Berlín… usted ha vivido en muchos lugares, ¿cómo funciona su biblioteca? ¿Qué libros lleva a todas partes?

Los viajes a China, México, Italia fueron viajes largos, pero no llegaron a ser vivir en otro lugar. No me llevé mis cosas. Cuando me fui a Alemania, sí, porque yo sabía que iba a estar un año entero ahí mínimo.

Y a la vez era imposible, impensable, la verdad yo no sabía que me iba a quedar, entonces solamente hice una selección de libros para sobrevivir en ese año entre los que estaban por ejemplo: Los cuentos completos de Flannery O’Connor porque los estaba releyendo en ese momento, El tercer policía, de ese no me quería separar, había algunos ejemplares de Kurt Vonnegut que lo estaba leyendo en ese momento por primera vez. De la Geometría del amor de Cheever, de Cuentos de amor de Sara gallardo. Me llevé cuentos.

Me pasó que muchos son antologías era la manera más efectiva de llevarme como un abanico de cada uno de mis autores preferidos de ese momento. Y después estar en Berlín sin mi biblioteca fue una sensación bastante rara.

Vivir en una casa en la que había diez libros por primera vez en mi vida era la orfandad, un símbolo muy fuerte de la orfandad literaria. Pero también fue un buen momento, creo que en mi imaginario yo pensé que de a poco me iba ir mudando mi biblioteca de Buenos Aires, iba poder reunir mis libros y lo que pasó fue otra cosa que creo que fue mejor, es que en realidad durante muchos tiempo recordé esos libros que había leído con mucho amor y con muchas ganas de leerlos y en vez de volver a esos libros, volví a otros que no conocía, que por ahí eran hermanos a esas lecturas, o autores cercanos, autores nuevos que solo podía conocer por estar en Berlín.

Lo curioso es cómo cambió radicalmente mi biblioteca. Es como la vida y como mudarse, qué sano es colonizar territorios nuevos e impensados para uno. Y eso te obliga a volver a tomar un montón de decisiones que vos ya habías dado por sentado.

¿Qué libros recomienda en su taller literario en Berlín?

Son libros que uno puede ver enseguida que son los de circulación obligatoria en el taller, porque claro, viviendo en Berlín, ese taller se usa un poco de biblioteca y todos mis alumnos leen de mi biblioteca.

Hay cuatro cinco libros que están notablemente más gastados que los demás; cuando en realidad son libros que tienen cuatro cinco años pero parece que tuvieran cincuenta.

El más gastado de todos es ‘Aquí empieza nuestra historia’, que son los cuentos completos de Tobias Wolff, que para mi es uno de los grandes cuentistas norteamericanos, uno de los que más admiro.

Otros libros muy gastados son los cuentos de Salinger, los cuentos de Elizabeth Strout, ‘Olive Kitteridge’, y ‘Muy lejos de casa’. Son libros que a mi me impactaron mucho. ‘El nadador en el mar’ secreto de William Kotzwinkle, otro norteamericano. Como veras son casi todos cuentos o nouvelles.

¿Qué es lo que más extraña de Buenos Aires?

Extraño las noches largas e hiper sociables. Eso de que la noche empieza a las 10 pm y todavía uno no haya comido, no haya ido al cine, no haya ido a tomar algo a un bar. Eso lo extraño.

Y también la espontaneidad de los encuentros, sentir a las 7:30 que sería ideal tomarse un vinito con un amigo y estar a las 8 sentado con ese amigo en el bar de la esquina, eso es imposible en Berlín.

Su literatura tiende puentes entre lo mundano y lo inusual, ¿esto lo identifica todo el tiempo, va por la vida viéndolos, o hace las conexiones al momento de escribir, al contar las historias?

No sé, es algo en principio natural. La relación entre lo anormal y lo normal digamos que no es una conexión, es una misma cosa, solo que nosotros ponemos un foco en un lugar o en otro.

Para mi es algo tan orgánico y tan armónico de mis ojos para adentro que cuando lo miro afuera me genera un desconcierto muy fuerte, como si yo no terminara de explicarme, no sé, como algunos de los cuentos, por qué sí se pueden comer determinados animales pero otros no, por qué sí se pueden hacer determinadas cosas vestidos y otras no, y otras es más natural hacerlas desnudos y no vestidos.

Me parece que hay una cantidad de cosas que uno da por sentado con cierta naturalidad que en realidad no tienen porque serlo y quizá es solamente la sorpresa cuando las descubro no más que eso.

Los narradores de sus historias varían, a veces son mujeres mayores, otras niños, otras madres o padres, ¿cómo escoge el narrador? ¿es una decisión consciente?

Para mí escribir es un poco como jugar a vivir distintos escenarios, cada escenario y cada historia pide un personaje particular, y en mi cabeza nunca está la consciencia de decir, “uy esto es un personaje masculino” o “esto es un personaje femenino” como si eso marcara un tipo de ventaja o algún tipo de desventaja.

Preferir escribir con personajes masculinos o con personajes femeninos sería tan arbitrario como preferir escribir personajes mexicanos o personajes con determinada profesión.

Cuando yo tengo una historia, la propia historia está pidiendo determinado perfil del personaje. Lo que sí es raro es cómo a veces se juzga.

Me ha pasado con ‘Distancia de rescate’, que al principio muchos periodistas me preguntaba si yo soy mamá, como si para escribir sobre la maternidad hubiera que ser madre.

A mi me daba mucha gracia y les decía, no creo que a los escritores policiales les preguntan si ellos los fines de semana matan muchas personas.

Es un juego con lo verosímil y con la tensión, con lo que ya saben los lectores cuando leen, pero no deja de ser un juego.

Es curioso cómo la muerte y muchos otros temas alrededor de esos géneros están tan naturalizados a nivel ficción, o sea está tan aceptado poder jugar alrededor de esos temas, pero con la maternidad eso todavía no está tan naturalizado, entonces parecería que para hablar de determinados temas femeninos, solo se pudiera hablar como mujer o como si los hombres no pudieran escribir sobre eso.

Tiene una gran capacidad de creer mundos, una imaginación vibrante, curiosa y a veces macabra, ¿cómo es su relación con la imaginación en la vida cotidiana? ¿cómo era cuando era niña?

Digamos que es tan fácil o tan difícil como otros imaginarios. A mi lo que me pasa es que soy muy distraída, terriblemente distraída, y gran parte de mis ideas nacen de la distracción, porque por un momento yo creo en mi distracción.

Por ejemplo, subir a un colectivo y ver que una mujer tiene una joroba muy grande y por un momento pensar, claro le están naciendo las alitas. Es una milésima de segundo, pero por una milésima de segundo, eso es verdad.

Después pienso, no, eso no pasa y la vida sigue. Estoy muy acostumbrada a eso. En ese segundo en que esa cosa desopilante en la que uno cree es verdad es donde nacen la ideas. También porque cuando uno es muy distraído constantemente se ve envuelto en situaciones que no puede descodificar.

Es como cuando uno esta teniendo una conversación con alguien y durante un buen rato en realidad no lo está escuchando, entonces esa persona pregunta ¿no es cierto? y por un momento volviste a ese mundo y tenés que contestar, o sea, el imaginario tiene que creer ese mundo donde no estuviste, eso también es muy disparador.

Ahora me estoy curando un poco porque no me queda otra. Toda mi vida he sido una gran fóbica social, me da mucho pudor la exposición, no solo la exposición de hacer un entrevista, me da pudor ir a una fiesta, me cuesta mucho todo eso y me doy cuenta que el imaginario también me juega en contra en todo eso, como que los mundos se vuelven mucho más amenazantes y terroríficos de lo que verdad son.

Entonces sufro durante todo el evento hasta que termina, y me doy cuenta de que no pasó nada extraordinario y que todo sigue normal, que nadie me hizo daño. Ya es tarde, porque la fiesta o el evento ya terminó; o sea, me cuesta mucho disfrutar con tranquilidad de los momentos lindos que tiene dedicarse a la escritura a nivel social.

¿Cómo es su proceso para escribir? ¿Cómo son sus rutinas?

Me gustan las mañanas largas, levantarme y trabajar hasta las 2 ó 3 p.m. Eso no significa que todo ese tiempo esté escribiendo. Escribir puede ser frente a la computadora efectivamente escribiendo, pero también es leer, salir a correr, lavar los platos… es más bien una disposición, saber que desde que me levanto hasta esa hora pm mi cabeza está concentrada en los mundos que estoy tratando de habitar, entender, crear.

Todo lo demás queda corrido a un costado y a veces de pronto entra y la sola intromisión por ahí dispara algo nuevo o inesperado pero la idea es estar en un estado de escritura más allá de lo que implica escribir.

¿Qué es lo que más agradece de ser escritora?

Que me puedo dedicar a lo que me gusta y ese es un privilegio de muy pocos.

Es un gran privilegio dedicarse a lo que a uno le gusta. También, ahora que hablábamos de las fobias sociales, cuando yo era pre-adolescente, a mis diez años, tuve una crisis muy grande con el lenguaje.

Yo me siento muy ducha, muy hábil, poniendo lo que pienso sobre el papel, me siento muy torpe con el lenguaje hablado, extremadamente torpe. Me cuesta muchísimo y yo creo que en algún punto, alrededor de esa edad, yo me di cuenta que el lenguaje hablado era incluso más importante que el escrito para muchas cosas, y que si quería triunfar en eso, iba tener que dedicar mi vida entera a tratar de convertir ese patito feo que era yo en alguien que pudiera comunicarse efectivamente con los demás.

Yo creo que elegí la literatura por eso, porque es una especie de cruzada personal, de decir “no puede ser que el lenguaje siempre me esté jugando tan malas pasadas”.

Dedicarme a la literatura fue también la ventaja de poder dedicarle tanto tiempo a algo con lo que yo me llevaba tan mal que me dio la oportunidad de por lo menos sentir que me estaba comunicando con los otros con cierta normalidad gracias a todo mi esfuerzo.

La normalidad en realidad es algo que perseguimos todos, todo el tiempo, es la sensación de pertenecer.

¿Qué está leyendo ahora?

Justamente por el tema de Bogotá 39, estuve leyendo unos compañeros. También acabo de terminar ‘Temporada de Huracanes’ de Fernanda Melchor y me impactó ‘Canción dulce’ de la francesa Leila Slimani.

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