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octubre 28, 2026
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La cuestión del Premio Almadía: ¿debemos dejar que nos juzguen las máquinas?

Cuando una máquina dictamina si otra máquina escribió una novela, la voz del autor corre el riesgo de quedar anulada. A partir de los casos de Orélien en Francia y de la obra premiada por Almadía en México, el debate sobre el uso de la inteligencia artificial salta del ámbito literario al periodístico y ético: ¿hasta qué punto es infalible la tecnología para juzgar el talento humano?
POR:
Yhonatan Loaiza Grisales
Revista Diners
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El escándalo de moda en la escena literaria, como en cualquier otra escena, es el uso de la inteligencia artificial. Tal vez el caso más sonado es el de Thélyson Orélien, escritor haitiano que reside en Canadá, cuya novela C’était ça ou mourir (Era eso o morir) se había convertido en uno de los éxitos del año en Francia. El impacto del libro fue tal que hizo parte del grupo inicial de 16 finalistas del prestigioso Goncourt, un premio literario que tiene más de 120 años de historia.

La Academia Goncourt, fundada por el escritor Edmond de Goncourt, ya había anunciado el pasado 25 de septiembre la exclusión de la novela de Orélien de ese primer listado tras el resultado convergente de “varios análisis realizados por investigadores y periodistas de confianza” que ponían de manifiesto que la novela fue, en gran medida, producto de una inteligencia artificial.

“Esta decisión está motivada por el deseo de preservar la integridad del Premio Goncourt, así como la de la Academia, cuya función principal consiste en promover y premiar la literatura escrita por mujeres y hombres”, explicó la organización en un comunicado.

La semana pasada, la editorial canadiense Le Boréal, que publicó originalmente este libro en marzo pasado -en Francia, la casa editorial de C’était ça ou mourir fue Éditions Grasset- anunció que ponía fin a su relación profesional con Orélien tras la recolección de nuevos datos que indicaban que se utilizó inteligencia artificial en el proceso de escritura.  

(Continúe leyendo: ‘Los nuestros’: una reconstrucción dolorosa y necesaria de los ‘falsos positivos’)

“Aún desconocemos en qué medida se utilizó la IA en la creación de C’était ça ou mourir y es probable que nunca tengamos una respuesta definitiva al respecto. Para nosotros, la cuestión fundamental es la confianza entre autores y editores”, añadió la editorial canadiense en un comunicado.

Más allá de la decisión, ni la Academia Goncourt ni Le Boréal se atrevieron a dar un porcentaje exacto de cuánto de la novela de Orélien se había generado con IA. Por eso llama tanto la atención el artículo que publicó El País de España el pasado 23 de octubre, que llevaba este rotundo y concluyente titular:

La novela premiada ‘Donde el agua trabaja’ está escrita por IA al 99%, según el detector Pangram

Este libro del peruano David Silva Rojas había ganado recientemente la primera edición del Premio de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat, otorgado por la editorial mexicana Almadía y dotado de 20.000 euros.

Tras conocerse la noticia, Almadía decidió suspender las actividades de promoción de la novela en España. Donde el agua trabaja, que ya se había presentado justamente en nuestro país, en Medellín y en Bogotá, fue elegida por un jurado conformado por tres destacadas autoras de nuestro continente: la argentina Selva Almada, la mexicana Cristina Rivera Garza y la ecuatoriana Mónica Ojeda.

Sin embargo, la fuente principal de ese artículo del diario español es una inteligencia artificial. Es decir, para El País, una máquina determinó que una novela fue escrita por otra máquina, lo que abre el debate de dónde queda el ser humano, el autor de sangre y tinta, en esta cadena de acontecimientos.

La misma Almadía enfatizó en su comunicado que la situación abre preguntas que la editorial se plantea con seriedad. De hecho, las bases del concurso prohibían la utilización de inteligencia artificial en la escritura de las obras y el propio Silva Rojas aseguró que no había utilizado estas herramientas, por lo que la editorial asegura que no tiene elementos para desconfiar de su palabra.

“Los detectores pueden aportar información, pero sus resultados requieren interpretación y contraste, en especial cuando está en juego la trayectoria de una persona y la confianza de sus lectores”, añadió Almadía en su comunicado.  

Ya el autor peruano respondió con otro comunicado en sus redes sociales, enfatizando que él fue quien concibió, escribió y revisó la novela ganadora y que no utilizó herramientas de inteligencia artificial generativa para crearla, editarla ni revisarla.

Donde el agua trabaja, según Silva Rojas, surgió de una investigación sobre las condiciones de vida y trabajo de personas que llegan a Ica, su ciudad natal, para trabajar en el sector agrícola. El autor asegura que, mientras transcribía esas entrevistas, comenzó a escribir pequeños fragmentos de primera persona, que eventualmente fueron dando forma a su novela.

En el comunicado, el peruano añade que conserva versiones anteriores de su manuscrito, sus cuadernos de notas y materiales relacionados con la investigación y que ha estado reuniendo y organizando esa información para entregarla a Almadía y colaborar con la revisión que había anunciado la editorial.

“Entiendo que la inteligencia artificial plantea preguntas importantes para la literatura y para las editoriales. Sin embargo, considero que los resultados de una herramienta de detección, por elevados que sean sus porcentajes, no deberían tomarse como una prueba definitiva de cómo fue escrita una obra sin examinar otros elementos”, añade Silva Rojas en el texto.

Esa cifra que publicó El País, tan absoluta como si se tratara de una prueba de alcoholemia, parece no dejar lugar a dudas ni a contrastes. Y, además de limitar el debate literario, abre una ventana hacia una discusión periodística, pues la controversia se planteó casi desde un solo punto de vista, un punto de vista tecnológico, además, más allá de que el diario español consultó a la editorial antes de publicar el artículo.

Es llamativo que los objetos de semejante juicio tan rotundo de un diario español sean una editorial independiente nacida en México y un novel autor peruano. La consecuencia lógica sería que se hicieran análisis similares con los superventas del mercado español, como ese polémico seudónimo de Carmen Mola con el que suelen firmar tres autores hombres o la consagrada Isabel Allende, que con la segunda parte de su muy popular La casa de los espíritus acaba de ganar el Premio Planeta, destinado, en teoría, a obras inéditas.  

¿O los análisis con IA para la literatura en castellano sólo se aplican a obras premiadas por editoriales independientes latinoamericanas que no tienen presupuestos millonarios?

El debate sobre la utilización de la inteligencia artificial en los procesos literarios sí merece posiciones firmes, como la que de hecho planteó Almadía en las bases de su concurso: está prohibido el uso de estas herramientas. Una filosofía que comparten la Academia Goncourt y la editorial Le Boréal.

Nace entonces la gran duda de cómo se puede determinar si una novela fue escrita con inteligencia artificial. El País, en un artículo posterior, defendió la efectividad de Pangram, asegurando que este motor marca un texto humano como IA “en rarísimas ocasiones para textos de cierta longitud”.

Será ahora trabajo de Almadía y de Silva Rojas presentar la contraparte, es decir, el lado humano de la historia, al que ojalá se le dé el mismo despliegue que se le ha dado a ese porcentaje abrumador de aquella máquina.

En todo caso, el impacto de la inteligencia artificial en el mundo literario no para de crecer, al punto de que en Francia, la misma Francia en la que nació la Academia Goncourt que rechaza la injerencia de esta tecnología, acaba de crearse el Premio Pascal, que reconocerá textos coescritos con la ayuda de IA.

Es innegable que hay libros que seguramente utilizan estas tecnologías, por lo que también tendría que pensarse en cómo se deben clasificar estos productos desde el punto de vista del mercadeo, en el supuesto caso de que el mercadeo fuera honesto. Con este panorama, estamos en peligro de llegar a un escenario similar al que planteaba Philip K. Dick en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que se desarrollaba en un futuro en el que los animales prácticamente se habían extinguido y fueron reemplazados por réplicas eléctricas. Aunque reemplazar tal vez no es el verbo preciso, quizás sea más exacto: imitar.

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