Patricio Pron
Foto: Ezequiel Zaidenwerg.
abril 30, 2026
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Patricio Pron: “Leer hoy es un acto de resistencia”

En esta entrevista, Patricio Pron reflexiona sobre la literatura como resistencia, el papel de las preguntas en su obra y los desafíos de pensar el presente desde los libros.
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Revista Diners
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Patricio Pron es actualmente uno de los autores más destacados de la literatura hispanoamericana. Nació en Argentina y reside en España. Su obra abarca géneros como la novela, el cuento, el ensayo y la crítica literaria. A lo largo de su trayectoria, se ha consolidado como un escritor que busca dejar preguntas más que respuestas en sus lectores.

Su portafolio de obras incluye títulos como Mañana tendremos otros nombres, con el que obtuvo el Premio Alfaguara de Novela, En todo hay una grieta y No pienses en un conejo blanco, entre otros. En estas obras, explora la lectura como un acto de resistencia en tiempos contemporáneos. Patricio Pron es uno de los grandes invitados a la Feria Internacional del Libro 2026.

La revista Diners converso con el escritor.

Patricio pron
Patricio Pron, escritor argentino visita la filbo 2026. Foto: Ezequiel Zaidenwerg.

¿De qué trata No pienses en un conejo blanco y qué reflexión propone sobre la lectura en el mundo actual?

El libro que acabo de publicar en Isla de Libros, No pienses en un conejo blanco, habla precisamente de cómo, atravesados por el mandato de hacer todo más rápido y para más personas, estamos perdiendo no solo el placer de hacer las cosas, sino también la capacidad de imaginar mundos posibles.

Esos mundos surgen de los libros, o pueden surgir si les damos el tiempo necesario para hacer en nosotros lo que los buenos libros hacen. Sin embargo, la sobreproducción es notable: hay tantos libros que se vuelve difícil distinguir lo relevante de lo superfluo.

En ese sentido estamos atrapados. Pero, justamente por eso, leer se ha vuelto más importante que hace diez o quince años. Se ha convertido en un acto de resistencia, incluso contracultural, una forma de desobediencia.

Ahí está, para mí, todo lo que importa de la literatura.

Sus libros no solo plantean sus propias preguntas, sino que también nos invitan a cuestionarnos como lectores. ¿Desde cuándo empezó a hacerse preguntas como ‘quiénes somos realmente’ y cómo han cambiado a lo largo de su obra?”

Mis padres eran activistas políticos y crecí en la clandestinidad en Argentina durante la época de la dictadura. De ahí vienen el cuestionamiento, ciertas ideas acerca de la sociedad y la voluntad de resistencia que me acompañan desde mi infancia. Este es un aprendizaje que nos dejo su generación, la de los cincuenta, a quienes crecimos en los ochenta y noventa.

Es una generación a la que hay que cuestionar, pero también agradecerle ese impulso de no aceptar las cosas tal como son. Mis libros intentan hacer eso: ampliar las posibilidades en lugar de repetir lo ya conocido.

Me interesa pensar la literatura como un campo más amplio, donde cada lector pueda encontrar algo que le sirva o incluso le transforme. Todos recordamos un libro que nos cambió la vida, y eso es lo que intento provocar en otros a través de preguntas, porque creo que las preguntas son mucho más eficaces que las respuestas. No tengo respuestas; las mejores, si llegan, se construyen colectivamente en el diálogo con los lectores, que ocurre a través de los libros.

Patricio pron: “leer hoy es un acto de resistencia”
Patricio Pron: “Leer hoy es un acto de resistencia”

Por ejemplo, Mañana tendremos otros nombres explora cómo amamos hoy, en un contexto de cambios y tecnologías que aún no entendemos del todo. En todo hay una grieta me pregunté si era posible escribir una novela solo con notas a pie de página y cómo abordar el dolor por la pérdida del paisaje y nuestro vínculo con el mundo físico.

No se trata solo de la desaparición de la naturaleza, sino de una crisis más amplia, la catástrofe climática, que revela la ilusión de un crecimiento infinito en un mundo finito. El reto era escribir sobre esto sin caer en la desolación. Quería una novela que nos dé esperanza y que invite a repensar nuestra relación con el mundo.

Es también un libro muy personal, en el que abordo cosas que a mi generación se le enseñó a ocultar. Sentí que era el momento de hacerlo.

Hoy necesitamos libros que imaginen otras formas de relación: con el mundo, con los otros, con los animales. Libros que propongan una sociedad menos jerárquica y más horizontal.

Esos libros son necesarios ahora.

¿Cómo cambia su forma de pensar al decidir escribir una novela, un ensayo u otro tipo de texto?

Para mí, todas son formas distintas de hacer lo mismo: conectar con otros. Cada texto que escribo es, de algún modo, una manera de extender la mano hacia alguien a quien aún no conozco. Decirle: “mira, nos interesa lo mismo, estamos pensando en cosas similares; hablemos, construyamos algo juntos”.

Ese encuentro ocurre a través de los libros y de la lectura, que sigue siendo uno de los actos más transformadores que existen. Todo lo que hago forma parte de ese intento, aunque luego adopte formas distintas.

A veces es ensayo; otras, como en No pienses en un conejo blanco, es un texto más híbrido. En otras ocasiones son novelas, como En todo hay una grieta, o libros de cuentos, o críticas literarias, o artículos. Cada tema parece exigir su propia forma: hay asuntos que reclaman el rigor del ensayo y otros que necesitan la libertad de la ficción, la posibilidad de inventar.

En el fondo, sin embargo, siempre está la misma pregunta: la de la verdad. Qué entiendo por verdad en cada texto y hasta qué punto me siento obligado a ceñirme a ella o a apartarme de ella. Esa tensión es, en buena medida, lo que distingue la ficción de la no ficción.

Pero, más allá de eso, el esfuerzo es siempre el mismo, así como el grado de compromiso. No establezco una jerarquía entre una novela y un artículo periodístico: en ambos casos intento dar lo mejor que tengo. Cada texto es, al final, el reflejo del momento en que fue escrito, ya sea un día, varias semanas o incluso años de trabajo.

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Muchas de sus novelas abordan la memoria histórica. ¿Por qué decidió trabajar con este recurso y cómo lo integra con elementos personales y de ficción?

Cuando estoy escribiendo libros, y, como lo mencione anteriormente, estos surgen de preguntas más que de respuestas, investigo mucho, leo mucho, visito archivos, me asomo a los libros de amigas y amigos que están escribiendo sobre cosas que me interesan. Poco a poco se va acumulando algo parecido a una huella en ellos, lo que Roberto Bolaño (escritor y poeta chileno) llamaba una “sombra literaria”. A veces esa sombra no es necesariamente literaria, en el sentido de que incluye archivos, libros históricos y otros materiales que no consideramos habitualmente literatura.

Si mis libros a veces se recuestan en el pasado es porque el presente es muy difícil de comprender: está atravesado por contradicciones y puede parecernos inabarcable. Sin embargo, si somos capaces de tirar del hilo, de los múltiples hilos que lo conforman, y remontarnos a su origen, obtenemos sobre la actualidad una claridad que no teníamos.

Cuando comencé a escribirla, en Nueva York, aún no se habían producido las elecciones que otorgaron el segundo mandato a Donald Trump. Mientras escribía sobre estas cuestiones, ocurrían, allá afuera, esos acontecimientos. Tuve la impresión de que estaba escribiendo algo parecido a una novela histórica en tiempo real.

Sentía que los hechos que me rodeaban tenían una importancia histórica absoluta, pero también que tenía el privilegio de pensarlos en esos términos, casi como si uno pudiera ser un arqueólogo del presente: excavar y encontrar en él la causa de los múltiples males que lo atraviesan.

Eso es, de alguna manera, lo que hago con los libros.

Patricio pron
Para Patricio Pron la literatura es un acto de resistencia. Foto: Ezequiel Zaidenwerg.

¿Cree que la literatura funciona como una forma de cuestionamiento, pero también como un consuelo frente a lo que ocurre en el mundo?

Mis libros son como esas películas en las que el héroe o la heroína caminan hacia el horizonte al atardecer, como en los viejos westerns. Vienen a decir que todo está abierto y que aún es posible cambiar las cosas.

La sociedad es, en el fondo, una suma de voluntades, incluida la nuestra. Y está en nosotros ponerla en acto. Si estamos descontentos con el mundo, y creo que deberíamos estarlo, todavía podemos transformarlo, no desde gestos grandilocuentes, sino en lo cotidiano: en cómo nos relacionamos, cómo habitamos la ciudad, cómo consumimos y cómo vemos a los demás.

Ahí hay un margen de acción enorme, y la literatura nos ayuda a comprenderlo. Es un reservorio de vidas posibles: en cada libro encontramos personajes distintos a nosotros, pero con los que podemos identificarnos.

En ese ejercicio de imaginar otras vidas, también aprendemos a ponernos en el lugar del otro. A reconocer, incluso en el desconocido, a alguien como nosotros. Y, desde ahí, a construir algo en común.

¿Cómo se manifiestan en su vida personal y en su escritura el deseo de huir y la necesidad de consuelo?

Me marché de mi país de origen porque no estaba contento ni con ese país ni con quien yo era en él. Desde entonces he vivido en varios lugares y, de algún modo, no he dejado de huir. Tampoco he dejado de vivir a la intemperie, que es lo que ocurre cuando estás fuera de tu país. Y, sin embargo, ese intemperie es un buen lugar para escribir: te obliga a tener más preguntas que respuestas.

No soy de esos escritores del llamado Boom latinoamericano que parecían tener respuestas para todo. Yo no las tengo, pero sí preguntas que tal vez puedan ser útiles y nos permitan encontrar mejores respuestas entre todos. Cuando te vas, también pierdes certezas o descubres que ya no te sirven, y eso te obliga a aprender otras cosas. No me parece una mala forma de estar en el mundo.

En cuanto al consuelo, creo que todos lo buscamos y lo encontramos de maneras distintas. En mi caso, aparece en cosas muy simples: estar en una montaña, rodeado de árboles, solo o con mi esposa; o en momentos cotidianos, en Madrid, con mis gatos o conversando con amigos. También en la posibilidad de ver el mundo a través de otros, o en un libro que me sorprende y me hace mirar todo con ojos nuevos.

Ahí encuentro yo un consuelo.

De todas las preguntas que se ha formulado a lo largo de la vida y la literatura, ¿cuál es la que más le ha fascinado o incomodado no poder responder?

Lo que más difícil se me hace comprender es por qué, en determinadas circunstancias, el odio se impone a su contrario. Es una pregunta que me intriga profundamente. Las emociones detrás de muchas decisiones políticas hoy me resultan incomprensibles, porque están sostenidas en prejuicios y en el desconocimiento del otro.

En Europa, por ejemplo, hay fuerzas políticas que buscan expulsar a los inmigrantes. Y, sin embargo, muchas de las personas que las votan tienen, en lo individual, relaciones cordiales con ellos. Esa contradicción me cuesta entenderla.

También me preocupa ver a jóvenes en redes sociales manifestando odio hacia las mujeres, un odio injustificable y peligroso para todos. Estas cosas desbordan mi capacidad de comprensión. A veces me consuela pensar que no entenderlas implica no compartirlas, pero es un consuelo limitado. Lo necesario sería comprenderlas para poder transformarlas, aunque no siempre sepamos cómo hacerlo.

Las redes sociales han amplificado estos discursos. No es que antes no existieran, pero ahora se han vuelto dominantes en ciertos espacios. Desde la expansión de lo virtual, enfrentamos un problema: no sabemos bien qué hacer con estas tecnologías. Han traído cosas positivas, pero también han facilitado la propagación del odio y la mentira, amparadas en una idea distorsionada de la libertad de expresión.

Muchas personas se arrogan el derecho no solo a expresarse, sino a dañar a otros. Y eso es algo que deberíamos discutir como sociedad, sobre todo porque lo virtual se ha vuelto, para muchos, más real que lo real. Hay decisiones políticas y personales influidas por voces sin responsabilidad, cuyo único mérito es tener un teléfono. Eso es peligroso.

Frente a eso, la literatura puede ser una forma de resistencia.

En mi nueva novela, un escritor recibe el encargo de escribir la biografía de Benjamin Fondane, pero el proyecto se interrumpe y se vuelve algo más personal. Lo que parecía un libro ajeno se transforma en algo urgente, que nos interpela directamente.

Cuando comencé a escribirlo en Nueva York, ciertos acontecimientos me llevaron hacia un lugar inesperado: el mismo que habitan mis personajes, mis lectores y yo. El libro terminó siendo un sinceramiento, no planificado, sino provocado por la propia historia.

Cuando eso ocurre, tengo la impresión de haber llegado a un lugar al que no habría llegado de otra manera. Y eso, para mí, justifica la escritura y la existencia del libro.

¿Suele planear sus libros desde el inicio o se deja llevar por lo que la escritura va pidiendo?

Voy descubriendo de qué tratan mis libros a medida que los escribo y los leo. En ese sentido, mi experiencia no es distinta a la de los lectores: yo soy el primer lector de mis propios libros. No hay mapa, ni escaleta, ni guion. Es como caminar por una cuerda tendida sobre un abismo, sin red.

Hay un riesgo, desde luego, pero para mí la literatura es precisamente eso: riesgo, osadía, resistencia, vitalidad. Lo otro sería ir a la oficina, y ese no es mi espacio. Escribir así mantiene el texto intelectual y emocionalmente vivo, le da frescura. Otros escritores trabajan de otra manera y les funciona, pero yo no podría. Para mí, escribir es descubrir qué voy a escribir y hacérselo descubrir a otros.

La grieta, en ese sentido, es central. Todos estamos dañados, todos tenemos una grieta, aunque intentemos ocultarla tras una imagen de perfección. Los tiempos que vivimos nos atraviesan, y podemos disimular ese malestar o enfrentarlo: preguntarnos cuál es nuestro dolor y cómo podemos transformarlo.

Quizá muchos de nuestros problemas surgen de no enfrentarnos a lo que nos hiere y, por tanto, de no ver la luz que puede entrar por esa grieta. Nadie trasciende sus circunstancias sin atravesarlas.

Los personajes de este libro hacen justamente eso: son conscientes de su malestar, que también es el de muchos otros, y encuentran en él una posibilidad de transformación. Porque, en el fondo, no se puede salir del fracaso sin haberlo vivido. O, mejor dicho, en la vida no hay fracasos: o aciertas o descubres cómo no hacerlo

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Patricio Pron presenta su libro No pienses en un conejo Blanco. Foto: Ezequiel Zaidenwerg.

¿Qué significa para usted vivir hoy en medio de la desolación ecológica, el autoritarismo y la descomposición de lo simbólico?

“Desolador” es una palabra que podemos usar. La única forma que tengo de enfrentar ese presente es escribiendo y leyendo. Puede sonar banal, pero es lo que tengo, y es lo que intento ofrecer a otros cuando se asoman a mis libros.

No vivo el presente mucho mejor que quienes me rodean, pero esa es mi manera de habitarlo.

La literatura, creo, puede ser ambas cosas: un espacio de duelo y también de resistencia. Tal vez no sirva para cerrar ese duelo, pero sí para atravesarlo.

En mis libros, especialmente en este, hay, si acaso, una promesa: que otro mundo es posible. No en otro lugar, sino aquí, en este mismo tiempo. Que algo mejor aún puede esperarnos.

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