Revista Diners
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Corría el Día de los Enamorados cuando Johanna Peters hizo la primera publicación de su recién inaugurado blog, jardinestropicales.com. Quizás no era coincidencia que la politóloga bogotana eligiera el 14 de febrero de 2024 para hacer su mayor declaración de amor posible a la jardinería, de la que estaba irremediablemente enamorada.
Antes de recibir flores ese día, Johanna las entregó al mundo. Lo suyo era un amor apasionado, silencioso y cultivado por años —nunca mejor dicho—, que había ido echando raíces profundas antes de anunciar su existencia. Cuando decidió publicar su blog en pleno Día de San Valentín, había crecido lo suficiente como para transformarse en una relación profunda. Ella necesitaba canalizar todo aquello por medio de las palabras. Hoy, divulga su contenido ahí y en la cuenta de Instagram @jardinestropicalesco.
En aquella primera publicación, Johanna había decidido escribir sobre las plantas que podían sobrevivir con poco riego y había hecho un listado de las diez más resistentes a la sequía, entre las que se encontraban la bergenia, la verbena, el romero y la salvia; así mismo, tenía decidida la siguiente publicación, en la que incluiría siete consejos fáciles para cuidar una planta.
Quienes la conocían pensaban que lo suyo era, ante todo, un pasatiempo de fines de semana, pero pronto se darían cuenta de que estaban muy equivocados. Para esta politóloga de profesión, la jardinería era un camino de libertad y de paz interior, y, al mismo tiempo, un camino que se había propuesto recorrer con seriedad para divulgarlo a un público más amplio.
“Empecé mi blog porque encontraba muy pocos contenidos, libros o espacios dedicados a los jardines, las regiones y los climas suramericanos”, explica, desde su estudio en Bogotá. De fondo, mientras habla, domina el espacio el cuadro El caminante sobre el mar de nubes, del pintor alemán Caspar Friedrich, una de las obras cumbres del Romanticismo.
De alguna manera, la imagen del cuadro es también la suya: la contemplación de la naturaleza le devolvió la esencia perdida tras años de trabajo intenso. Hasta ese momento, su vida había sido un continuo e intenso agite. Graduada en Ciencias Políticas, comenzó desde muy joven a trabajar con gobiernos, hasta el punto de que formó parte de la campaña presidencial de Andrés Pastrana y trabajó de lleno durante su mandato.

Tras años de feroz ajetreo, se desencantó del mundo político y decidió entrar de lleno en las comunicaciones estratégicas en la agencia de asuntos públicos Gravitas. Hizo relacionamiento uno a uno con los clientes antes de que aparecieran la virtualidad y las relaciones mediadas por las pantallas.
Trabajó diez años en la agencia, hasta que en 2017 decidió apoyar la propuesta política de Sergio Fajardo porque le gustaron su coherencia y su enfoque contra la corrupción y en favor de la educación. Lo acompañó durante cinco años, hasta 2022, cuando se dio cuenta de que nunca se había tomado un tiempo para ella; estaba agotada de la política y quería replantearse su trayectoria profesional.
“La política es fascinante porque regula las discusiones más importantes de la vida. Solo mediante las decisiones políticas serán posibles los cambios más profundos en favor del planeta. Quizás por eso estudié ciencias políticas y no biología, pero eso no impide que tenga mi gusto personal por la jardinería. Y hoy la elijo”, afirma Johanna.
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Terminó postulándose a un trabajo en una ONG ambiental porque el corazón le pedía a gritos unir sus intereses personales con su experiencia en comunicación. Así llegó a The Nature Conservancy, donde trabaja en comunicaciones con donantes y se siente más alineada con su vocación hacia la tierra.
A las prisas de la política y las comunicaciones estratégicas le sumó la decisión de ser madre a sus treinta y dos años. Sus dos hijos le ocuparon la mente y el tiempo libre. Junto con su marido, decidieron comprar un pequeño terreno en Tabio (Cundinamarca), que en ese entonces era poco más de un potrero despoblado con un par de árboles en una esquina. Ocupada como estaba, no hizo nada en ese espacio verde, salvo cuidar la casa pequeña y darles libertad a los perros para que jugaran.
Pero aquel espacio sin cultivar la llamaba. Se trataba de una conexión antigua, ancestral, algo más profundo de lo que podía imaginar. Su primera referencia concreta a reconectarse con la tierra le vino de su propia madre; ella había cultivado el jardín con tal dedicación, que llegó a convertirlo en un lugar mágico de plantas, aromas, aves, abejas y color, y ese recuerdo se sobrepuso a la tierra sin trabajar que tenía enfrente. Recordó que muchos momentos de su vida familiar habían transcurrido entre plantas. Es más, cada foto oficial de los cumpleaños en casa había sido al lado del jardín de su mamá.
Muy tímidamente, fue venciendo la reticencia. Y el miedo. Se acercó a la tierra, hundió las manos en sus entrañas húmedas, sembró especies sin saber mucho de ellas y fue buscando flores y plantas por gusto personal. Empezó a meterle ganas, curiosidad y dudas, y aunque en ese momento no tenía idea de cómo hacerlo bien, sí estaba segura de lo que buscaba: que a su espacio llegaran aves, mariposas y abejas.

Habían adquirido la finca en 2009, pero apenas en 2014 decidió organizar los sembrados. “Fui haciendo siembras silvestres sin pensar. Era como si quisiera cortarme el pelo sola. Hubo muchos fracasos. Fue cuando me dije que necesitaba a alguien que me ayudara a organizarme”, recuerda.
Le pidió ayuda a la paisajista Blanca de Arias para organizar un jardín alrededor de la casa y la experta, con su experiencia, reconfiguró el espacio para que llegaran insectos y aves a tomar néctar de las flores. A medida que las plantas respondían positivamente, Johanna Peters se reconectó con sus memorias de infancia, que asoció a un lugar seguro. Ya en 2018, se dio cuenta de que lo suyo era una pasión dormida. En ese punto, había despertado con profunda fuerza.
Descargó videos de botánica para aprender de cada especie y como tenía interiorizado el hábito de ser investigadora, se dedicó a leer sobre el tema y a profundizar en la jardinería para aprenderla bien.
Por supuesto, cometió errores.
Encontró poca información local, pero cuando buscó por fuera, halló muchos datos de países con estaciones, en especial de Inglaterra, donde la jardinería es un oficio consagrado. Siguió el programa del jardinero Monty Don y lo volvió su ídolo porque creaba contenido fuera de los lineamientos científicos. Viajó a Inglaterra a conocer los jardines locales y compró semillas, pero cuando las quiso plantar, sin fortuna, entendió que el clima bogotano corresponde a latitudes y características distintas de las del Reino Unido.
La mayoría de sus semillas no germinaron porque no eran para un territorio con la identidad marcada de Latinoamérica. “Ahí me di cuenta de que había hecho algo mal: estaba en Colombia, a 800 kilómetros de la línea del ecuador. Debía pensar desde esa perspectiva”.

Sus hijos ya tenían más de ocho años, lo que le daba más tiempo libre, cuando se le vino la idea de divulgar contenido. En paralelo, comenzó a identificar las plantas endémicas de la región. Se dio cuenta de que la mayoría del paisaje que se piensa como autóctono en realidad corresponde a plantas que provienen de África, Asia o Europa. Fue al Jardín Botánico de Bogotá y al Instituto Humboldt para investigar más sobre las especies nativas. Decidió ahondar en el tema para contar cómo cuidar jardines en los Andes tropicales.
Fue en ese Día de San Valentín cuando publicó su primer artículo. Como siempre había sido rigurosa, quizás como legado de su ascendencia alemana, se programó para escribir dos artículos cada semana durante un año para posicionar el contenido y para que los buscadores la indexaran. Cuando vio que su página despuntaba en estadísticas, se enteró de que la IA estaba remplazando las búsquedas de Google; eso condujo a que las visitas a su página cayeran drásticamente.
Fue cuando, un poco por iniciativa propia y en parte también porque las personas de su entorno le insistieron, comprendió que el blog no era suficiente y comenzó a hacer videos. “Fue un ‘oso’. Al principio hice videos en los que no salía, pero luego di la cara. Ha sido divertido pasar de ser una persona de comunicaciones estratégicas a hacer videos. Nunca fue el plan, no soy botánica, pero aquí estoy”, dice, sonriendo.
Johanna aprende más fácil el nombre común de las plantas que su apelativo científico, pero ha aprendido a utilizarlo porque los nombres cambian incluso de un municipio al otro. Como investiga el tema, se ha dado a la tarea de averiguar el origen de cada planta. Las guascas, por ejemplo, son hoy una especie global, originaria de Mesoamérica, que en la mayoría de los países se considera una maleza, pero que en Colombia se emplea para darle el sabor característico al ajiaco.

Gracias a lo que ha aprendido, entiende qué sembrar. “El origen de una planta determina su comportamiento. Por ejemplo, si entiendo que el agapanto viene de Sudáfrica, sé que su espacio natural será seco y de cara al sol. En Bogotá hay pocas flores, como rosas o margaritas locales, porque desde la colonización hubo un desdén por lo nativo. Lo endémico se veía como algo menor”, explica.
Hoy, Johanna celebra que lleguen colibríes, abejas, mariposas y otros pájaros a sus abutilones. Que su agapanto sea una planta tan agradecida, con su flor azul, alta y espigada. Adora los sietecueros y ya sabe distinguir los locales de los brasileños. Su jardín luce margaritas, lavandas, acantos y lirios de páramo. La malla de su finca está bordada de eugenias, un árbol australiano ideal para cercos; hace compostaje y hunde las manos en el suelo que todo lo conecta.
Recambia las plantas que no pegan bien y defiende las especies nativas, y se enorgullece del pequeño territorio que controla. “Tengo este barco que va contra un iceberg”, dice, haciendo referencia a la pequeña tierra que cuida y al reducto de un bosque con árboles nativos que ha ido agrandando desde que encontró un coatí y decidió ampliar su ecosistema.
“Estamos desconectados de la naturaleza. Cuando uno cuida un terreno con varias plantas, sin importar si es una o cinco hectáreas, la vida cambia. Los índices de violencia bajan al entrar contacto con ellas. Al cuidar algo vivo, vemos el mundo distinto. Es una meditación activa. En el mundo moderno tendemos a ser cínicos y desconfiados. Lo más cercano a la religiosidad es practicar jardinería. Así recuerdo que la perfección existe”, concluye Johanna. También las plantas conectan generaciones: su mamá, de 84 años, le envía fotos de sus cactus y ella le devuelve imágenes de sus retoños.
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