Revista Diners
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Las indicaciones para llegar a Alma del Bosque en La Ceja, en el oriente antioqueño, son claras, pero quizás por mirar la exuberancia del camino me desvié y llegué unos minutos más tarde de la hora pactada. Me indicaron que fuera directamente al santuario, donde me encontré en esta suerte de invernadero de 2.200 metros cuadrados y 16 metros de altura. Ese hábitat verdísimo que guarda miles de orquídeas de los tamaños, colores, formas y texturas más inverosímiles.
La fortuna estuvo de mi lado. Daniel Piedrahíta, alma y vida de Alma del Bosque, terminaba una reunión con la avanzada de seguridad del ex primer ministro británico Boris Johnson, quien iría al día siguiente. La visita no se pudo llevar a cabo por motivos de agenda, pero su intención permite entender el reconocimiento que ha alcanzado este templo natural, hogar de 25.000 orquídeas de 5.000 especies diferentes y que mantiene mil plantas florecidas.

Aquí se reúne el trabajo de veinte años de este tecnólogo agropecuario, pajarero, criador de ganado Holstein, de caballos de salto, perfeccionista y guardián de una colección de orquídeas excepcional.
La historia con la flor nacional de Colombia empezó mientras Piedrahíta observaba pájaros en el Putumayo. “En una salida, sentí un olor muy fuerte. Me fui buscando la fuente de ese olor y encontré que era una orquídea. Ese fue el primer timbrazo. En la observación de aves desarrollas el oído y la vista; en las orquídeas, el olfato y la vista”.
Quedó cautivado al descubrir una orquídea preciosa, del género Stanhopea. “Después me invitaron a una exposición de la Sociedad Colombiana de Orquideología en Medellín. Allí vi unas doscientas flores, todas hermosas. Había un señor vendiendo plantas afuera y creo que se las compré todas. Ahí me enfermé. Yo soy comprador compulsivo, impulsivo, agalludo. Siempre quiero tener lo mejor”. No hubo vuelta atrás, para fortuna de la biodiversidad del planeta y de quienes visitamos su santuario.

Crecer y monetizar sin vender
Piedrahíta se dedicó a recorrer La Ceja, Antioquia, Colombia y el mundo buscando los ejemplares más raros para acrecentar su colección, entonces en su casa, situada muy cerca de Alma del Bosque. Quería sumar y sumar especies, sin vender. “Hasta que un día, mi esposa Margarita me preguntó: ‘¿Vamos a seguir comprando matas y matas? Entonces, ¿de qué vamos a vivir?’. Me puse a pensar qué negocio montar sin vender lo que tanto quería. Así nació Alma del Bosque en 2014. Incursionamos con tours. El primer año llegaron cuatro turistas. El mes pasado hubo 400”.
Así que Alma del Bosque vive del turismo. El día de nuestro recorrido llegaban cinco visitas, veinticinco personas. Además, había un grupo de estudiantes de Biología de la Universidad CES, en este caso sin cobro. Su profesor, Diego Martínez, responsable del Laboratorio de Micropropagación Vegetal, los lleva cada semestre. “Un espacio como este nos resulta diferente. Los biólogos están más asociados a las plantas del bosque, del monte. Y entender las flores es entender la biodiversidad de otro modo”, me dijo.

Una fuente de ingresos permanente le da a Piedrahíta la libertad de continuar con su búsqueda de lo exótico, de lo no visto, de lo mejor, y de compartir su conocimiento. En 2019, publicó el libro Entre flores: orquídeas, ilustrado en acuarela por Emmanuel Laverde y Paula Romero, y que contiene las cien mejores plantas de su colección. Editado en inglés y en español, es un manual de cultivo con las especificaciones de cada una, reconocido por Andigraf con el primer puesto en la categoría libros de lujo. Hoy están en proceso de reeditarlo.
Piedrahíta incursionó en redes sociales. En YouTube tiene más de 148.000 suscriptores y casi 800 videos, mientras en Instagram son 461.000. Hay tanta pasión y desprendimiento en lo que comparte, que no se hace extraño toparse con un creador de contenido dirigido a una comunidad con un interés específico. Empezó con clases presenciales y virtuales, hoy con 250 estudiantes.

Finalmente, dio el brazo a torcer frente a sus hijas, ya también inmersas en el proyecto familiar, que lo convencieron de vender algunas flores, disponibles en el santuario, el que además se ha convertido en espacio para eventos, una nueva línea de negocios.
“Esta sí es la más linda”
Escucho la grabación del recorrido que hice y me molesta las veces que dije “qué belleza” o recurrí a la expresión “guau”; eso cuando no agregaba “esta sí es la más linda”. Pero vuelvo en mi mente, recorro las 47 fotos que hice, recuerdo las descripciones de los procesos biológicos y las anécdotas de cada planta y ya no me resulta exagerado. Como se requiere un ambiente húmedo, fuentes de agua caen en cascada en el centro del santuario; aparte de hermosas, resultan relajantes.
Avanzamos desde la parte baja. El lugar está rodeado de árboles nativos altísimos que sirven de contención para el viento y dan frescura. Ascendemos por las rampas y gradas, y trato de seguirle el hilo al relato de Piedrahíta; hay mucho —todo— por ver, oler, palpar. Llegamos a las dráculas o caritas de mico, llamadas así porque duermen de día. “Para que estén con la flor abierta, en la noche, necesitan una humedad relativa del 100 %.
Y en el día baja la humedad”, me cuenta Piedrahíta sobre la drácula quimera, una de las orquídeas más grandes que existen (60 cm). “El centro es como un champiñón y huele a ese hongo. La mosca del champiñón es la que la poliniza”, añade.

Y es que en el mundo hay 35.000 especies de orquídeas, cada una polinizada por un insecto diferente; la biodiversidad en su esplendor. Vemos otra flor y me pregunta a qué se me parece: “A una araña”, le contesto. “Exacto, es polinizada por una araña. Te conté dos, pero me faltan 34.998 historias como esa”, me dice Piedrahíta.
El recorrido por el santuario es una clase, pero no una aburrida, sino una práctica con un apasionado que quiere contagiar su amor por la naturaleza, por las orquídeas. Si hay buena luz, hay buena floración. “¿Cuál es mi secreto? ¿Por qué puedo prometer que siempre tengo mil plantas florecidas? Por la luz y los espacios”, explica.
Está comprometido con aumentar la pasión por las orquídeas. “Pocas personas las estudian y, como no se estudian, se mueren, no saben cuidarlas. Las orquídeas quedan en las esquinas de los balcones. Es como si yo te regalo un tigre y tú lo alimentas con alpiste. Como no sabes, le das comida, pero no la que él necesita. Alma del Bosque nace con la finalidad de enseñar, con la alegría de que hoy tenemos una comunidad joven creciente, algo muy importante, porque las sociedades hoy en día son de personas mayores”, agrega.
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Piedrahíta llevó la colección para la finca hace ya unos años y el santuario opera desde 2025. “Es una escala de pensamiento. Nunca pensé llegar a esto”. Pero la inspiración fue mayúscula tras visitar jardines botánicos en Bogotá, Singapur, París y Dubái. “Cuando montas un espacio así, tienes que pensar en el lugar de vida de las plantas, su hábitat.

Hay que considerar la luz, la temperatura, la humedad, el aire, el viento, así como la interacción entre ellos. Las orquídeas que tengo aquí las cultivo en mi casa. Mis viveros están rodeados de plásticos para aumentar la temperatura. Los lunes subo las que van a florecer y bajo las que ya florecieron”, cuenta Piedrahíta.
Las demás plantas, las verdes, viven en el santuario de tiempo completo porque son de tierra fría y de tierra media. Orquídeas hay en todos los países y de todos los climas: frío, templado y caliente. “Hay orquídeas hasta en Islandia. Estuve allí y hay una especie”. Sorteada la temperatura, hay que pensar en la humedad.
“La mayoría de las orquídeas están en los trópicos, con humedades relativas ambientales del 70 al 90 %. Pero aquí hay 1.200 metros de adoquín, que ayudan a subir la temperatura. Por eso hicimos fuentes y por eso las camas están sobre musgo, para aumentar la humedad”.
Con respecto a la luz, a las orquídeas les gusta tener 60 % de sombra. En el santuario hay dos tejas opacas por una transparente, o sea, 66 % de sombra, más de la indicada, pero la luz lateral compensa. “Y hay una parte más oscura y una más brillante. Vamos moviendo las plantas según la necesidad”, añade. Finalmente, está el viento. Todo el espacio está tapado con una malla para que no afecte las orquídeas.
Y con respecto al aire, me explica que la madera de los árboles sale del aire. “Las plantas toman CO2 y botan oxígeno. El carbono queda en el árbol, se transforma en celulosa y de esta sale la madera. Eso indica que mientras más aire haya, más crecen las plantas”, señala.

Un espacio pensado al detalle, que cuenta además con otras plantas de belleza singular. “Toda la foresta es verde, excepto las orquídeas. La idea es que sea verde, pero que nunca florezca bonito, para que no les quite el protagonismo a las orquídeas”. Continuamos caminando y me invita a oler, tocar, mirar por las lupas que tienen dispuestas para las orquídeas más pequeñas. Eso hacen con los visitantes: permitirles disfrutar el entorno y preguntar sin miedo.
Circulamos entre diversas especies de orquídeas, entre las que sobresale la Dendrobium cuthbertsonii, una pequeña orquídea miniatura nativa de Nueva Guinea, famosa por tener flores muy grandes en comparación con sus hojas y por ofrecer una gran variedad de colores vibrantes. Alma del Bosque y su creador han ganado varios premios, incluidos once plantas FCC, First Class Certificate, calificadas por encima de 90 puntos por la Sociedad Americana de Orquideología.
Este año obtuvo 100 sobre 100 en la exposición “Florecer” de Medellín, puntaje perfecto otorgado por la misma entidad por primera vez en Latinoamérica. Era una Anguloa brevilabris con 240 flores y 20 botones, en riesgo de extinción en Colombia.
Piedrahíta, aparte de coleccionista, me resulta una suerte de filósofo de la naturaleza, uno que te hace caer en cuenta de asuntos como la capacidad de adaptación de las plantas. “No se pueden mover, llevan 400 millones de años de evolución. Todas las que vemos hoy en la tierra son plantas ganadoras que han sido capaces de adaptarse a los cambios climáticos. Uno está al sol una hora y se enloquece, mientras que una planta está así casi toda la vida. Eso es grande, muy bello. Lo único que se mueve en ellas son los meristemos o puntos de crecimiento y las raíces. La planta no se mueve”, sostiene.

¿Cómo hacen para vivir así? Generan muchas estrategias: raíces gruesas que almacenan agua y nutrientes, seudobulbos grandes que tienen órganos con reserva de agua y nutrientes para aguantar sequías. “Cuando ves hojas coriáceas, casi un cartón, quiere decir que la planta está adaptada para soportar viento. Por la forma de la planta sabes su hábitat. Por sus estructuras sabes qué necesita. Y cuando florecen, ¿qué están haciendo? Quieren reproducirse. Y si no llega el insecto polinizador se muere la flor, como a una mujer que le pasa el periodo.
Huelo una última orquídea. Me recuerda algo, pero no sé qué. “Anís”, me hace caer en cuenta mi anfitrión. Quedan en mi mente la drácula negra que estaba dormida al pasar junto a ella y las miniaturas que vi a través de la lupa. Aquella cuyo nombre olvidé entre tantas variedades y que toqué con miedo, impulsada por Piedrahíta, para evidenciar su grosor. Las que florecen sobre sus hojas, debajo de estas y en la punta. La blanca de puntos negros que mi anfitrión me invitó a imaginar como una tela para un vestido. Las coloridas y alargadas, así como las asiáticas que parecen gusanos.
Me queda el deseo de regresar, de aprender más, al igual que la intención de alimentar bien a la orquídea que tengo en casa, de darle los nutrientes adecuados en lugar de malnutrirla como si fuera un tigre comiendo alpiste. Me queda el compromiso de mantenerla con vida, aun cuando sus flores caigan y pase meses sin ellas. No quiero otra orquídea olvidada en mi balcón. Daniel Piedrahíta y su Alma del Bosque me dejaron motivos de sobra para darle su tiempo. Para verla florecer de nuevo.
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