Revista Diners
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Es fácil amar a Boyacá por sus feijoas, al Valle del Cauca por sus chontaduros, a la costa norte por el corozo o el zapote y a Sopó por sus fresas. Hay regiones, como el Amazonas, que huelen y saben a copoazú o arazá, casas que se definen por sus árboles de curuba o mango, y personas que se vuelven familia cuando comparten dulces de papayuela o el sabor de una lulada. “Cuando uno es niño, coge una fruta y se la come, no lo olvida nunca”, dice Gian Paolo Dáguer. Si la memoria de la comida construye nuestra identidad, las frutas son los detonantes que cargan de emociones los recuerdos.

Dáguer habla desde Bogotá, pero tiene la mente puesta en los caminos rurales de Cundinamarca, en especial de La Mesa y de Chocontá, donde empezó de niño a ir a la finca de sus abuelos para treparse a los árboles y bajar frutos como el mararay, partirlo con una piedra y comérselo ahí mismo, con las manos pegajosas y el sol en la nuca. Sin saberlo, trazó el futuro de su vida a bordo de aquellos árboles, en el mismo destino que, por cierto, recorrió José Celestino Mutis con su Expedición Botánica.
Nacido en los años setenta, vivió en la década de los ochenta los típicos viajes familiares por los alrededores de Cundinamarca, cuando salía de paseo por la región del Tequendama e iba a las fincas de los mayores, en planes económicos, con el añadido de hacer caminatas por los senderos rurales. Ahí, casi siempre, era posible recoger frutas a lo largo del camino.
“Nos subíamos a los árboles frutales con primos y hermanos, en la casa de mis abuelos; era parte de la aventura comer limas, frambuesas, níspero japonés, guayaba agria o postres de mamey”, recuerda.
Movido por su conexión con la naturaleza y el impacto de las ferias agrológicas, exploró la ingeniería ambiental como un camino útil para proteger la diversidad que desaparecía ante sus ojos.
Dáguer era consciente ya de que las quebradas limpias se iban perdiendo, los ríos que alimentaban a Bogotá se secaban y el principal río de la capital era una suma de desechos tóxicos y un vertedero de basuras. “Todo eso me llevó a querer cambiar las cosas”, asegura. Sin embargo, pronto supo que los procesos fisicoquímicos de la ingeniería se quedaban cortos. Estudió administración ambiental en paralelo y comenzó a construir una visión más amplia, que años después definiría como “holística”.
Trabajó en proyectos relacionados con la sostenibilidad, sin dejar de lado la rutina personal de probar frutas. Todas ellas: conocidas y anónimas, de nombres sonoros o plácidos, como sus propias pulpas, y aquellas que se vendían en mercados locales o crecían en la profundidad de la selva.
Era un placer íntimo y, a la vez, un vínculo con esa niñez de campos abiertos que seguía llevando consigo. Hasta que una tarde cualquiera, el destino le jugó una de sus mejores cartas. O, para parodiarlo con una fruta, le dio un papayazo: Camilo Castañeda, un entusiasta que sentía fascinación por la biodiversidad frutal, compartía con Gian Paolo su asombro por algunas especies. Dáguer le mostró su lista de frutas sembradas en su finca en La Mesa. Intercambiaron historias y experiencias, y de la conversación nació una idea: ¿cuántas personas más estarían interesadas en lo mismo?
Sin pensarlo mucho, crearon en 2018 la cuenta Frutas de Colombia. Solo unos pocos curiosos ingresaron al principio, pero pronto las publicaciones de frutas extrañas, con sus nombres y orígenes, despertaron el interés de cientos y luego de miles. La idea reventó las cifras en las redes y se trasladó a un grupo de WhatsApp en el que aficionados de todas partes del país empezaron a enviar fotos de frutos y semillas, así como a compartir conocimientos de germinación y siembra con los demás.

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“Lo que creía que sabía no era nada en realidad”, admite. “La biodiversidad en Colombia es tan sorprendente que yo conocía apenas una pequeñísima parte”. Las redes se expandieron a YouTube y superaron pronto los cien mil seguidores.
Pero el fenómeno no era tan solo digital. La comunidad se comenzó a articular de maneras insospechadas: biólogos, campesinos, chefs, mixólogos, perfumistas, arqueólogos o médicos empezaron a aportar desde sus áreas de especialización. Cada uno, desde su ángulo, sentía que las frutas les había tocado la vida. Era una cuestión de identidad, vínculo y afecto puro.
Dáguer comprendió que la fruta era un punto de encuentro entre personas. “Ofrecía una mirada holística, desde la conservación de los ecosistemas hasta la gastronomía, pasando por la medicina, la nutrición, la cosmética o el arte. Las geometrías de las frutas, sus colores, sus texturas, así como sus propiedades nutricionales o medicinales, conectaban con los saberes”, señala.
Las frutas están por doquier: hasta en frases populares y dichos. Seguimos buscando nuestra media naranja, le pedimos peras al olmo, estamos de mala uva, miramos si el mango está biche y sabemos que el plátano maduro no vuelve a verde. Tildamos de fresas a los más gomelos, hablamos de los grandes cacaos, hay cosas que nos valen un pepino o seguimos diciendo que una manzana al día mantiene al médico lejos. Nos preguntamos por dónde le entra agua al coco, nos sentimos como fruta fresca o cantamos tamarindo seco.
“La fruta tiene alusión cultural: Guamal, Cumaral, Cotopey o Corozal son algunas de las treinta localidades del país que reciben su nombre de una referencia a las frutas”, añade. La frase le sale como pepa de guama.
Tras la avalancha de respaldo a la iniciativa, comenzó a publicar con más seriedad, consciente de que su papel implicaba una responsabilidad. Apoyó cada publicación con validación científica y fuentes bibliográficas. A la vez, decidió rescatar el saber de las comunidades, el saber —y sabor— de conocimientos que no estaban en los libros y que pasaban de boca en boca, o de abuela a nieto.
Entendió también que la nostalgia conectaba a los “frutólogos”. “Hablar de frutas transporta a las personas a sentimientos o recuerdos de niñez”, anota. Muchas de esas frutas están desapareciendo. En el estudio más reciente del Instituto Humboldt se determinó que hay cerca de tres mil especies alimenticias en Colombia, y por lo menos el 10 % están en riesgo de extinción.
Las causas son la deforestación, el acaparamiento de tierras para la ganadería, los monocultivos como la palma de aceite o el aguacate, y la masificación de los productos. “El mercado tiende a homogeneizar los cultivos”, reflexiona. “Se talan grandes hectáreas para meter un monocultivo que acaba con las especies autóctonas. Las frutas silvestres, de lento crecimiento y producción no masiva, no suenan tan rentables para un agricultor, que prefiere sembrar otra cosa si no recibe un estímulo económico”.
Frente a la realidad del mercado, su comunidad creó una red de intercambio de semillas. El grupo hoy recibe solicitudes, gestiona la consecución de las semillas en cualquier punto geográfico y las envía en sobres por mensajería. Así, la gente las siembra en huertos hogareños con la intención de conservar, recuperar y divulgar los frutos en peligro. “Transformamos la nostalgia en siembra y conocimiento”, dice.
Semillas en tierra fértil
Por ejemplo, en Lorica (Córdoba), un hombre encontró un guanábano rojo, sembró la fruta y la transformó en bolis, que ahora vende. En Cáqueza (Cundinamarca), un agricultor que vendía mangostán y zapote blanco en la plaza dejó de hacerlo por su baja rentabilidad, pero cuando Dáguer le compró la cosecha y compartió con él sus datos, el hombre empezó a recibir y a despachar cajas a otros usuarios. “Si el agricultor ve que su fruta tiene valor, la sigue sembrando. Eso garantiza la conservación”, explica.

Sin embargo, el episodio más sorprendente ocurrió con una fruta minúscula, una pepa oscura parecida al arándano, el quinguejo, que crece en Coquí (Chocó), corregimiento de Nuquí, entre bosques húmedos tropicales. La antropóloga Alejandra Salamanca publicó una foto de la fruta, Dáguer la vio y comenzó una búsqueda obsesiva por entender su origen.
Consultó con Carlos Parra-Osorio, botánico experto en la familia de las mirtáceas, la misma de las guayabas. Parra le ayudó a conseguir muestras; Dáguer, a su vez, contactó a un cocinero en Nuquí que usaba el quinguejo para preparar el viche, y le pidió que le buscara la fruta.
Con el fin de conservarla para su estudio, debía seguir ciertos protocolos: prensarla en papel, guardarla en alcohol y enviarla en nevera por avión a Medellín, para que las muestras llegaran a la Universidad Nacional en Bogotá.
En el año 2024, reventó la noticia: era una especie nueva para la ciencia, aun cuando la comunidad la conociera desde siempre. La bautizaron Myrcia coquiensis, en homenaje a Coquí. “Cuando una comunidad identifica que algo es único, lo valora más”, dice. Así fue. Apenas la comunidad se enteró de la importancia de su fruta, empezó a sembrarla más.
Piñuelas y lontares

Paralelamente, Dáguer escribió para Rey Naranjo Editores el libro Frutas asombrosas, con ilustraciones de Luisa Martínez, en el que cada fruta va acompañada de un elemento geográfico, histórico, culinario o medicinal, y en el que, además, mantiene viva la conexión con los saberes populares.
Su trabajo, por supuesto, llegó a esferas insospechadas. Los diarios lo llamaron “gurú de la riqueza natural”, pero él insiste hoy en que lo suyo es un pasatiempo que ejerce en paralelo a su empleo en sostenibilidad. Sin embargo, es una afición jugosa: en su casa, junto a una colección de libros de botánica, luce ejemplares de piñuelas, cocorillas, lontares y pandanos, frutas de formas y sabores atípicos que continúa estudiando.
Ya ha probado más de cuatrocientas frutas. Fuera de Colombia, amó el caqui, y hoy se sorprende de que frutas asiáticas como el durian, la salaca o el longan se siembren en el país.
“Todo lo que pruebo lo siembro”, recalca. Si no puede hacerlo él, por condiciones climáticas, alguien de su grupo recibe las semillas y lo hace. “La fruta te conecta con el pasado y la memoria, pero también con el futuro. Y abre la posibilidad de que alguien más, en algún lado, pueda subirse a un árbol y comerse la fruta recién bajada, como hacía yo cuando niño”, explica.
Las frutas les han enseñado a él y a su grupo algo tan elemental y ancestral que, como humanidad, parecíamos haber olvidado: la generosidad de la naturaleza es el camino del cambio. Lo que se da se comparte, y lo que se comparte se siembra de nuevo para que germine y se entregue —en un eterno ciclo—, con el fin de que el legado no se rompa.Nos lo recuerdan las moras, duraznos, brevas, curubas, tomates, cananguchas, piñuelas, zapotes, mameyes, aguacates, lúcumas, camu-camus, piñas o quinguejos, entre tantas más: las frutas reflejan nuestra existencia: nacemos, maduramos y nos transformamos en semilla.
