Foto: Revista Diners
febrero 6, 2014
Estilo de vida Gastronomía

El debate de la flauta

En una nueva entrada de su blog, Hugo Sabogal nos cuenta acerca de los recipientes que se han usado para tomar vino. ¿Cuál es el adecuado?
POR:
Hugo Sabogal

Antes de empezar, quiero dejar en claro que soy de quienes piensan que el vino puede servirse en cualquier tipo de recipiente. Pero admito: le huyo al  icopor (llamado también unicel o telgopor), lo mismo que a los vasos plásticos. Sólo le doy crédito a la copa de polímero transparente (hecha a imagen y semejanza de una de cristal), cuyo uso –al ser irrompible– se recomienda en playas y terrazas con piscinas, donde la ruptura de un artefacto de vidrio representa un tremendo riesgo.

Si revisamos las imágenes del pasado, observamos que el vino se servía en una especie de bowls, con o sin agarradera, al igual que en gruesos copones de oro o plata, o en elaborados y multicolores vasos y copas grabadas, que parecían más esculturas que recipientes prácticos para servirse un trago. Y si vamos más atrás, hay pruebas que confirman que los primeros implementos para el disfrute de la bebida eran simples cuernos.

También es elocuente la imagen de campesinos franceses, españoles o italianos, almorzando o cenando en familia, con un vaso grueso y tosco en la mano. Créanme: el vino sabe igual.  Ahora: si la idea es degustar y evaluar las características organolépticas de un Cabernet Sauvignon o de un Sauvignon Blanc, sí se hace necesaria la presencia de una fina copa de cristal, en forma de tulipán, para apreciar color, transparencia, cuerpo, y aromas simples y complejos.

Pero como no siempre nos encontramos en este tipo de situaciones –a menos que nos guste mantener la estética en la mesa–, un vaso plano nunca le resta importancia al vino. Tan es así, que la cristalería austriaca Riedel lanzó hace algunos años la copa “O”, que es un vaso de cristal sin tallo. Fue tal su impacto que muchos restaurantes y hoteles en el mundo la adoptaron como elemento de diferenciación. Y muchos consumidores los han comprado para atender sus reuniones sociales, pues nadie niega que una copa de este estilo es más estable que una de tallo espigado.

¿Por qué me refiero a todos estos antecedentes? Bueno, porque en estos justos momentos nos hallamos frente a un intenso debate alrededor de la copa de champán.

Desde sus comienzos, el famoso vino burbujeante se sirvió en copones redondos de baja estatura, llamados coupes, muy parecidos a una copa de helado. Cualquier registro fotográfico de finales del siglo XIX los muestra en lugares protagónicos en la mesa y en las manos enguantadas de elegantes caballeros y damas de sociedad.

Pero a mediados del siglo XX, también empezó a cuestionarse esta pieza de cristal porque dejaba escapar aromas y burbujas, haciéndole perder al vino temperatura y estructura, y tornándolo soso y poco vivaz. El reemplazo fue la copa flauta, alta y espigada, diseñada para ver con claridad el color del champán y su impresionante hilo de finas burbujas que ascienden hasta la parte superior, casi hipnotizándonos.

Ahora resulta que varios expertos europeos dicen que la copa flauta le hace un flaco favor al champán, porque no le permite al bebedor agitar el vino para extraer aromas y sabores. Y aseguran que su boca redonda y recta impide retener perfumes esenciales para apreciar la calidad del líquido.

¿De qué lado ponerse? De ninguno. Mientras los recipientes que tengamos a la mano nos entreguen gusto y placer, ahí nos quedaremos.

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