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septiembre 3, 2014
Cine y TV Cultura

¿Qué hacemos con Michel Houellebecq?

"El secuestro de Houellebecq", un falso documental sobre la desaparición del escritor francés Michel Houellebecq, es uno de los recomendados del festival de cine IndieBo.
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“La idea de la unicidad de la persona sólo es un pomposo absurdo. Schopenauer escribió en alguna parte que uno se acuerda de su propia vida un poco más que de una novela que haya leído. Sí, eso es: solamente un poco más.” (Plataforma, 2001)

Me siento a escribir este texto como si fuera un periodista deportivo y mi editor me apurara para el cierre. Hace menos de veinte minutos que salí del cine Renoir, de la primera sesión, del primer día de estreno en salas. Quiero escribir mis impresiones en caliente, antes de que se diluyan en la sobreexcitación veraniega de Barcelona, o antes de que las olvide. Pocas veces sale uno tan sonriente de un cine como yo esta tarde. Me río porque soy consciente de que El secuestro de Houellebecq es una tomadura de pelo, pero me gusta que me tomen el pelo de una manera inteligente, mordaz, cáustica.

“Llegará un momento en que la suma de los placeres físicos que uno puede esperar de la vida sea inferior a la suma de los dolores. Este examen racional de placeres y dolores, que cada cual se ve empujado a hacer tarde o temprano, conduce inexorablemente, a partir de cierta edad, al suicidio.” (Las partículas elementales, 1998)

Me acuerdo que cuando leí en la prensa que Houellebecq había “desaparecido” pensé que quizás había decidido matarse tal como había leído que hacía consigo mismo en su última novela. Luego leí El mapa y el territorio, me enteré de la existencia de estos lugares en Suiza donde pagas para que te maten sin que prácticamente te enteres y entendí el sentido del humor macabro que se gasta Houellebecq. Nunca sabremos lo que “realmente” hizo esos días en los que estuvo oficialmente desaparecido. Quizás fue efectivamente secuestrado por tres hermanos y llevado a una casa a una hora de París donde convivió con ellos como si estuviera de campamento de verano. Quizás simplemente quiso desconectar del mundanal ruido durante unos días. Quizás ya pensaba en que sería un buen tema para una película.

«En el fondo es una cuestión de grado – continuó -. En cierto modo, todo es kitsch. En conjunto, la música es kitsch, y el arte, y hasta la literatura. Casi por definición, cualquier emoción es kitsch; pero también cualquier reflexión e incluso, en cierto sentido, cualquier acción. Lo único que no es kitsch en absoluto es la nada.» (La posibilidad de una isla, 2005)

Si de literatura expandida se trata, tenemos un buen ejemplo en Michel Houellebecq. El escritor francés vivo más leído escribe libros y son otros los que se apropian o expanden sus textos, su vida, su personalidad. Cuando lo intentó hacer él mismo no salió tan airoso del envite. Tanto su disco Présence humaine como la película que dirigió adaptando su novela La posibilidad de una isla pasaron sin pena ni gloria por nuestras vidas. Sin embargo, Iggy Pop hizo un gran disco a partir de esa misma novela. Calitxo Bieito logró una puesta en escena contundente a partir de Plataforma y ahora es Guillaume Nicloux quien hace saltar la banca con este falso documental que satiriza la idea que podamos tener de un escritor bizarro como Houellebecq.

“Yo no serví jamás a nada ni a nadie;
Lástima. Vives mal cuando es para ti mismo.
El menor movimiento constituye un problema,
Te sientes desgraciado, y sin embargo, importante.” (Poesía, 2012)

El secuestro de Houellebecq se promociona como un falso documental y seguramente es el género donde debemos acotarlo. Esto no es óbice para que la película sea un certero retrato del ego de un artista. Es la historia del síndrome de Estocolmo a la inversa. No es el secuestrado el que empatiza con los secuestradores sino estos los que no dejan de tratar a su víctima con un respeto reverencial. Más que una banda de malhechores, esta familia franco-polaca parece un grupo de actores contratados por un editor o agente de Houellebecq para que entretenga a su autor. Ya sea conseguirle cigarrillos, prostitutas o un pastel para celebrar su cumpleaños, toda la familia está muy pendiente de que el bueno de Michel, aún que lleve las esposas puestas, la pase bien en este retiro forzoso al que le someten.

“Mi deseo de desagradar encubre un inmenso deseo de gustar. Pero quiero gustar por mí mismo, sin seducir, sin ocultar lo que puedo tener de vergonzoso. Puede que me haya entregado a la provocación; lo lamento, porque no es ese mi carácter profundo.” (Enemigos públicos, 2008)

Houellebecq hace de sí mismo en la película. No se esfuerza en caernos simpático. Podría comprarse mejor ropa, podría peinarse mejor, podría incluso fumar de otra manera, pero Houellebecq es así, o así es como quiere que lo veamos. Lo interesante es que los demás actores, al interactuar con él, entran también en esta suerte de actuación desgarbada, donde los músculos del cuerpo parecen moverse en paralelo a los pensamientos. Es como si Houellebecq los hipnotizara y los convirtiera en sus sosías. Hay un momento divertidísimo en el que uno de los secuestradores enseña a Houllebecq movimientos de lucha libre. Terminan el escritor y el musculoso actor enredados en el suelo. Casi sin querer queriendo Houellebecq está a punto de romperle el tobillo al gordo Luc. Y es que como confesó en sus cartas a Bernard-Henri Lévy, Houellebecq es incapaz de obedecer. Cuando siente que le han dado una orden, algo en él se bloquea y, aunque parezca que va a cumplir el mandato, finalmente desobedece. La película de Nicloux acierta al mostrar a Houellebecq como ese personaje al que no hay por donde agarrarlo. Cuando crees que ya lo conoces te sale con una reflexión inesperada. Ni secuestrado muestra la riqueza indefinida de su personalidad. Lo escribió el propio Michel: “si alguien cree conocerme, se debe simplemente a que carece de información.”

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