Foto: Cortesía: Till Sunday Pirate
octubre 2, 2026
Música y Teatro

Renato Oliveira, de Till Sunday Pirate: «voy por todos lados intentado adquirir el conocimiento a través de la música»

El proyecto del artista portugués crea un sincretismo musical bajo la unión del didgeridoo, la guitarra portuguesa y la propuesta electrónica de música en vivo.
POR:
Mateo Bonilla Moreno
Revista Diners
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Bajo la propuesta de un músico portugués que lleva al escenario el didgeridoo, la guitarra portuguesa y las percusiones tradicionales para construir, en tiempo real, un diálogo con la música electrónica yace de Till Sunday Pirate; detrás del nombre se encuentra Renato Oliveira, un artista que entiende el concierto como una experiencia física en la que cada instrumento cumple una función distinta y en la que el ritmo, la respiración y la escucha determinan cómo avanza la música.

La mencionada, y particular, sincretismo musical también plantea otra manera de entender la relación entre tradición y el espacio sobre el escenario. El didgeridoo aporta profundidad y vibración; la guitarra portuguesa conserva una memoria ligada a su cultura, pero encuentra nuevas posibilidades dentro de estructuras de deep, minimal y tech house; y las percusiones introducen movimiento mientras la electrónica organiza las distintas capas. Oliveira no busca que esos elementos pierdan su identidad al encontrarse, sino que puedan convivir dentro de una misma experiencia musical.

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Con su reciente presentación, y llegada a Colombia, el pasado 26 de septiembre en el Festival Ritmos del Mundo y su próximo regreso a escenarios colombianos el 3 de octubre en Casa Portuguesa Bogotá, el artista multifacético compartió con Diners su exploración con los instrumentos, el manejo para presentarse como el hombre orquesta en el modernismo y la capacidad de plasmar las vibraciones más allá del sonido durante sus espectáculos.

Lleva a la guitarra portuguesa a espacios no tradicionales como la música electrónica en su proyecto creativo, ¿en qué momento transformar un instrumento tradicional se convierte en una forma de mantener viva esa tradición y cuándo existe el riesgo de perder el contexto que le dio el sentido a ese propio elemento de la música?

La verdad, es eso lo que hace a un instrumento algo tradicional: el contexto. Sin embargo, descontextualizar es la misión para lograr hacer fusión. Acostumbro a decir que no construyo música para géneros musicales, sino para crear puentes que unen distintas escenas musicales.

Renato oliveira, de till sunday pirate: "voy por todos lados intentado adquirir el conocimiento a través de la música"
El proyecto del artista busca conectar la tradición portuguesa con la música electrónica contemporánea. Crédito: Till Sunday Pirate.

Entonces, para aquellos que se estén concentrando en mi foco, van a percibir que pueden tanto girar a la izquierda y ver un género, para luego dar un vistazo a la derecho y ver otro completamente diferente. El sonido del instrumento nunca se va a aplastar de esa nostalgia que es la tradición.

La música de baile gana una fórmula y un contexto rico que viene justamente de esa nostalgia que ese sonido se monta a la tradición antigua. Así que, por más que quiera desarrollar la modernidad de un instrumento tradicional, ese instrumento tradicional siempre va a mantener la raíz y el contexto de su origen; pero para quien no conoce la tradición del instrumento, para mí funciona como un servicio educativo porque en una misma medida que pongo a la gente joven a escuchar los sonidos tradicionales.

Así también los educo dentro del baile sobre de dónde viene este instrumento, presentando fuera del contexto, acabo siempre por contextualizar el instrumento porque así también me enriquece a mí. Hace de mí, del estudiante que siempre fui, un conocedor de la raíz de ellos. Me compete traer esa información mientras estoy en la modernidad de la pista de baile.

Me hace muy feliz que los instrumentos tengan tanto poder de viajar en el tiempo, de poder traer a generaciones antiguas escuchando nuestra modernidad al mismo tiempo, pues la música electrónica no tiene límites. Tú puedes hacer lo que quieras con ella: redefinir instrumentos antiguos, cortar, ampliar, modular y hasta crear nuevos ambientes. Hay que traer también ese virtuosismo de la sonoridad ancestral para que la modernidad se quede aún con las sinapsis naturales.

Ha sido descrito como la banda de un solo hombre del didgeridoo y tocó el instrumento por un viaje en el Sahara. ¿Qué estaba buscando en esa experiencia que no habría encontrado simplemente llevando el instrumento australiano a un escenario más convencional?

Ese es justamente mi propósito. Tengo un pasado de economista. Estudié siempre en la universidad pensando que iba a ser gestor de empresas, que iba a trabajar en la formación de nueve a cinco y así pasar el tiempo en una empresa. Desde pequeño hago muchos viajes debido a mis papás, también solito o con mis amigos; siempre me voy por Europa y desde pequeño tengo ese instinto desarrollado dentro de mí.

Un día cambio de profesión y me digo: «No voy a ser gestor económico, voy a ser músico. Me voy a dedicar a la música a través de este instrumento que es el teclado». Me creé una misión en la vida: viajar por el mundo a través de mi música.

Con ese supuesto, intento conquistar nuevos territorios, ganar aculturación, tener nuevos misterios de pensamiento, crear neuroplasticidades. Busco no solo mirar a mi mente a través de nuevas culturas, sino también de nuevos instrumentos usando todos mis miembros: manos, pies, incluso mi cabeza.

Para el didgeridoo, hay una forma especial en como soplo, todo eso se desarrolla desde adentro, pero lo que más quiero es es poder conocer el mundo, justamente por eso hago música fusión. Voy por todos lados intentado adquirir el conocimiento a través de la música, aquel lenguaje universal.

Ir al Sahara fue solo una parte de mi historia. Cuando voy a ese lugar, disfruto de la ancestralidad de los nómadas y de su musicalidad, como con el gembri. Me da mucho placer aceptar el reto de hacer excursiones con camellos y de conocer por el desierto adentro, así registro ese tipo de experiencias que son nada convencionales y que enriquecen la forma como interpreto mis instrumentos.

Jazz, blues, tango, guitarra portuguesa, batería, percusiones de Portugal, percusiones de Uruguay, percusiones de Guinea… Hay fuertes raíces en toda esa música. Llevar mi música al desierto es como vaciar la mente, es vaciar todo el contexto de la electricidad que nosotros estamos acostumbrados a vivir y llevarlo para un lugar aislado, así compongo.

Además cuenta con práctica en el arte de tocar varios instrumentos…

Cuando fui a India hice Varanasi Bazaar, que es otro temazo que viene justamente con clases de cítara. Aprender a tocar ese instrumento fue tan complejo por sus 20 cuerdas, aunque es una maravilla por toda esa tradición que personalmente no toco; solo practico como un occidental normal.

Soy súper empático con los instrumentos y quiero desarrollar justamente esa esencia para fundirlo con mi instrumento principal que es el didgeridoo de Australia.

La corporalidad es parte insignia de Renato Oliveira, junto al didgeridoo. ¿Qué ocurre en esa relación con el instrumento de viento cuando el público, más allá del sonido, responde físicamente a las vibraciones en medio del espectáculo?

Es muy loco porque el instrumento es poco común, poco convencional, y es muy difícil de abordar porque no es propiamente como el piano que estáría en la escena atrás de mí. Es más complejo con el didgeridoo; abordar el piano es mucho más fácil, porque tú puedes tocar con los dedos y te sale la nota, do, re, mi, fa, sol, la, si, do.

El didgeridoo es un instrumento que resulta más difícil para empezar a tocar, pero es más fácil después para desarrollar. Me parecía tan exótico cuando lo conocí en 1997. En ese tiempo ya tocaba un poquito de batería. Cuando yo tocaba, despertaba una curiosidad infantil en cada uno. En esa curiosidad está la juventud, la crianza interior que no conoce el sonido.

También dicha magia está en los arreglos, la composiciones epescíficas que el didgeridoo hace realmente con sus vibraciones distintivas frente al rock and roll, el pop u otros estilos comúnes.

El didgeridoo es un instrumento de danza en su tradición natural. Ellos hacen ceremonias de colobrí, que es el Dream Time, a donde ellos entran en estado de transmímica y reproducen la naturaleza a través de pasos de los animales y así sus danzas tradicionales en torno de ese instrumento.

Para nosotros los occidentales, el baile está lleno de patadas, tiempos y pum-pum. Busco juntar lo mejor de los dos mundos, tradicional e indígena, con el didgeridoo. Así que paso a fundir esos lenguajes acústicos y traerlos como si fueran vibraciones electrónicas, fue una motivación muy grande porque la gente realmente reacciona ese tipo de unidad distinta.

Entré al mercado haciendo una fórmula musical que pocos hacían en el mundo, pero veía que tres o cuatro bandas estaban desarrollando ese estilo musical. Ahora tenemos como unas 20, unas 40 bandas en este momento. Yo estoy con mi banda desde 2004, hemos estado todos estos años desarrollando música para la gente.

¿Cómo es traer el didgeridoo y toda su escencia musical a un escenario colombiano?

Le voy a mi instrumento con mucho orgullo y tengo mucha ganas, y traigo mucha ilusión, de crear nuevos públicos aquí en Colombia para así traer el didgeridoo no solo a Bogotá, sino otras ciudades que estén interesadas.

Tengo conocimiento que hay algunos practicantes de didgeridoo en Colombia y he recibido algunos mensajes fenomenales de practicantes que van a mis conciertos. Eso me deja muy feliz porque se trata de empezar un nuevo movimiento, no solo también con ese instrumento, sino con toda esta sonoridad de baile en que trae una fusión de World Music con la escena electrónica.

Renato oliveira
Renato Oliveira busca que cada concierto cambie según la ciudad, el espacio y el público que encuentra durante su recorrido. Crédito: @ligiaclaroo

Desde Portugal siempre ven a América Latina como países exóticos, muy distintos de nuestras formas de vivir, las tradiciones. Aquí tienes un clima increíble, las montañas, la naturaleza; todo es muy diferente. Poder traer la música que oigo y enseñar a las personas que son familiares con la música, con el calor del ambiente del baile que saben muy bien lo que le gusta de la tradición, es un gran reto que me da mucha ilusión.

Es allí cuando está la sensación de realización que quiero prolongar. Quiero volver y traer aún más organizados los shows y contar con las oportunidades de tocar nuevamente en Bogotá y otras ciudades, como Medellín.

Sus conciertos están maquetados más allá de una simple sucesión de beats, contando con toda esta armonía entre tensiones, silencios, sorpresas y el factor emocional. ¿Cómo construye esa escena siendo un showman tan particular?

Tiene que ver con mi método de trabajo. Poseo largas experiencias en las cuales me puse a testear varias dimensiones como de algo muy formal, institucional y que tiene todo que encuadrar bien; un espacio donde todo tiene que salir con los vídeos que están pasando detrás de mí. Todo va de puro flow.

Pero en la verdad, siempre hay una fórmula en que nosotros estudiamos. La forma que más se adecua a todo es el silencio. Es una fuerza muy grande para sentir cuando viene el sonido. El sonido solo tiene gran impacto si nosotros traducimos las fórmulas de silencio y las ponemos intercaladas.

Entonces, eso se traduce en tensiones, build-ups, que después van a ir para el llamado drop, que es un relajamiento a donde la persona se hace un release de ese tensión que creamos con los instrumentos.

Trabajo con músicas que son construidas y todas programadas. Sé de memoria que las toco, las escribo, está todo formado, pero también tengo momentos en que construyo con el público en cada show, ese es el verdadero elemento vivo: la reacción de las personas y cómo puedo interactuar con ellas.

Voy capa por capa construyendo con más sonidos y voy demostrando mi independencia tocando los diferentes elementos que tengo a mi alrededor. Eso es lo que se halla detrás de la magia, porque tú ves mi boca haciendo una cosa, uno de mis brazos haciendo algo, el otro realiza un movimiento diferente y luego están mis pies llevando a cabo sus propias cosas.

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