El despertar de una vocación
Monika Wagenberg describe a la comunidad judía de Bogotá, en la que creció entre los años setenta y noventa, como “cerrada y limitante”: estudios en el Colegio Colombo Hebreo, visitas al Carmel Club, paranoia y obsesión por la seguridad en un país bajo la amenaza de fuegos cruzados. Pero no todo es drama. También existen los encuentros azarosos que se vuelven citas con el destino: con una profesora de inglés del colegio, Monika se escapaba algunas tardes a ver cine; después vendrían los cursos que dictaba el maestro Hernando Martínez Pardo en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Era cuestión de tiempo para que esta vocación se definiera, y la Colombia de los años noventa no parecía el lugar apropiado para impulsarla.
“Tenía ganas de sentirme un poco más libre”, confesó Monika hace pocas semanas en Cinema Paraíso, lugar en el que nos encontramos. Por eso dejó sus estudios de Economía en la Universidad de los Andes y empezó un doble programa de Economía y Literatura comparada en la Universidad de Pensilvania. Después cursó una maestría de Teoría e Historia del cine en la Universidad de Nueva York.
“Fue un giro importante en mi carrera; estaba tomando una clase de cine brasileño con Robert Stam y ahí conocí al mexicano Carlos Gutiérrez, quien después sería mi socio. Nos enloquecimos con lo que estábamos viendo en la clase, sobre todo con el cine de Glauber Rocha. Carlos me decía que no había visto nada de cine colombiano y yo tampoco había visto nada de cine mexicano. Fue así como nació Cinema Tropical”.
A pesar del extendido mito sobre el poder latino en Estados Unidos, la distribución del cine latinoamericano en ese país no es un camino de rosas. “Muchos piensan que se puede hacer con el cine latinoamericano lo que se he hecho con la música, pero no resulta tan fácil. La gente que va a ver cine latinoamericano es la gente a la que le interesa ver cine de autor en general”, asegura Monika. Y se trata de un nicho que, por lo menos en las salas de cine, se ha reducido de forma considerable. “En los años setenta, algo así como el 10 % de las películas que se distribuían en Estados Unidos eran en lengua extranjera, hoy son menos del 1 %”, sentencia.
Solo en ese contexto de cambios demográficos, tecnológicos y políticos es posible valorar el riesgo de Cinema Tropical. “La compañía, creada en Nueva York en 2001, ha sido generosa en su interés por presentar y distribuir el cine latinoamericano en Estados Unidos. En otras palabras, por vencer el prejuicio madurando el juicio de un espectador que a través del cine pueda comprender las historias y dilemas que se viven en el continente”, dice el crítico y escritor Hugo Chaparro. A partir de esa plataforma de lanzamiento del cine latinoamericano, los destinos de Monika Wagenberg y el festival de cine más antiguo de la región se cruzaron de forma inevitable.

