Marty Supreme
Foto: Diamond Films
enero 23, 2026
Cultura Cine y TV

 Timothée Chalamet: «Quiero hacer un gran trabajo pero sin perderme a mí mismo»

En la nueva cinta de Josh Safdie, el joven actor interpreta a un hombre dispuesto a apostarlo todo por ser el mejor. Entre tenis de mesa, obsesión y riesgo creativo, entrega su trabajo más físico y honesto, en una reflexión incómoda sobre el deseo de grandeza. Diners conversó con él en Los Ángeles.
POR:
Mario Amaya

Marty Supreme no se parece a ninguna película reciente sobre el éxito. No hay una historia prefabricada ni moralejas tranquilizadoras, ni tampoco la falsa promesa de equilibrio entre vida personal y triunfo profesional. Lo que hay es un cuerpo en tensión permanente, una mente dominada por una sola obsesión y una cámara que se niega a suavizar las aristas. En el centro de todo está Timothée Chalamet, quien entrega una de las interpretaciones más desnudas, crudas y personales de su carrera, que ya le valió el Globo de Oro y el Critics Choice Awards a mejor actor, así como múltiples nominaciones en otros premios internacionales.

Dirigida por Josh Safdie —que escribió el guion junto con Ronald Bronstein—, la cinta está  inspirada en la historia de Marty Reisman, un estadounidense que se convirtió en figura del tenis de mesa en los años cincuenta con unos métodos poco convencionales.

Además, la cinta se inscribe en esa zona donde el cine independiente se vuelve físico y profundamente humano; se mueve con la intensidad nerviosa que define el cine del realizador estadounidense: escenas que parecen a punto de desbordarse, diálogos que suenan como pensamientos mal contenidos, personajes que viven siempre segundos antes del colapso.

En ese ecosistema, Marty Mauser —el protagonista— no es héroe ni villano. Es un hombre impulsado por una certeza simple y devastadora: querer ser el mejor jugador de tenis de mesa del mundo. Y no acepta límites. No hay ironía en ese deseo, ni tampoco disculpas.

“Este personaje es lo más parecido a quien yo era antes de tener una carrera”, dice Chalamet en su encuentro con Diners en Los Ángeles. “No lo digo irónicamente. Es alguien con una determinación feroz para llegar a donde quiere, y eso fue lo que más conectó conmigo”.

Un Chalamet soberbio en Marty Supreme

Marty supreme
Diamond Films

La identificación no es gratuita. Chalamet reconoce que Marty no es un personaje “admirable” en el sentido clásico. “Es egocéntrico, obsesivo, a ratos devastador para quienes lo rodean”, dice el actor neoyorquino, quien cumplió treinta años el pasado 27 de diciembre; pero en esa brutal honestidad encontró algo esencial: esa energía de los comienzos, cuando el único que cree en uno es, por supuesto, uno mismo.

“En esta industria hay tanto rechazo al principio que, literalmente, la única persona que confía en ti eres tú. Y esa determinación, esa negativa a aceptar un no fue lo que más compartí con Marty;  por eso me he sentido tan identificado con este personaje”, explica Chalamet.

Marty Supreme llega en un momento particular de su carrera. Tras irrumpir muy joven en el cine y convertirse rápidamente en una figura global, Chalamet habla de un periodo en el que el éxito llegó acompañado de una sensación de vértigo. “Entre los veintidós y los veintiséis sentí que me habían quitado la alfombra bajo los pies”, confiesa. Por eso, hoy mira este filme, junto a Un completo desconocido (en la que interpreta al cantante Bob Dylan), como un punto de inflexión. “En mis primeras películas no había ruido. Nadie quería nada de ti. Ahora, con todo lo que sucede alrededor, concentrarme de esta manera en un papel es algo de lo que me siento profundamente orgulloso”, comenta el actor.

Si Marty vive para el tenis de mesa, en la cinta se toma con una seriedad casi radical. Lo que podría parecer un deporte menor se convierte en un lenguaje cinematográfico propio. Para Chalamet, las secuencias de ping-pong son el corazón emocional del filme. “Todas las escenas de tenis de mesa fueron lo más personal para mí. Es un deporte que desde fuera parece ridículo, incluso la palabra suena tonta, pero para Marty es el sueño más grande del mundo”, afirma. 

Una película a máxima intensidad

El director Josh Safdie le propuso un desafío claro: Marty Supreme debía sostener una energía constante, sin altibajos emocionales que le permitieran al actor relajarse. “La película está a un nueve todo el tiempo”, dice Chalamet. “No puedes fingir eso. No puedes bajar la guardia. Y, además, no podrías hacerlo porque Josh está encima de ti”.

Ese nivel de exigencia atraviesa todo el filme. Marty no descansa, no reflexiona demasiado, no se permite la duda. “Mi personaje vive en un estado de alerta permanente, como si cualquier segundo de distracción pudiera costarle la cima”, admite el actor. Y es verdad. El espectador no observa su obsesión desde fuera, porque da la sensación de quedar atrapado dentro de ella.

Lejos de suavizar esa intensidad, Chalamet la abrazó como método. Para preparar el papel, decidió aislarse casi por completo del ruido exterior. “Cuando trabajo, apago el teléfono. Literalmente, bloqueo todo”, explica. “Tienes dos meses para ser alguien. ¿Cuándo más voy a poder ser Marty Mauser?”, se pregunta.

La preparación fue extrema y prolongada. Durante al menos dos años, el actor entrenó intermitentemente con especialistas, y en los meses previos al rodaje se sumergió en un sistema de coreografías complejas, memorizadas como si fueran piezas de danza contemporánea. “Era una especie de baile arrítmico”, recuerda. “Memorizábamos secuencias de catorce o quince golpes, y a veces de hasta cuarenta para una sola escena”, explica.

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Safdie empujó el proceso hasta límites que parecían excesivos, según Chalamet. “Yo pensaba que no había forma de que todo esto terminara en la película, pero Josh necesita llevarte hasta ahí, hasta ese punto de agotamiento y precisión”.

Más allá de lo físico, Chalamet entendió que su responsabilidad era defender la seriedad de Marty, es decir, no convertirlo en una caricatura ni suavizar su obsesión con ironía. “Me sentía casi a la defensiva por él porque para Marty esto no es un juego: es su vida”, explica.

Esa defensa se convierte en una reflexión más amplia sobre la actuación y la ambición. “No quiero huir de la idea de querer ser el mejor”, dice. “Deseo que otros actores también se sientan cómodos diciendo que están en busca de la grandeza. Yo lo estoy”, afirma el actor.

En ese sentido, Marty Supreme funciona como una declaración de principios, pues no es una película que pida empatía. Exige al espectador convivir con un personaje que no siempre es agradable, pero que nunca es falso.

Cine contra la apatía

Marty supreme
Diamond Films

Timothée Chalamet es especialmente lúcido al hablar del contexto cultural en el que aparece el filme. Describe una época marcada por la sospecha hacia la ambición, por una culpa difusa asociada al deseo de destacar. “Hay una especie de malestar general. Todo el mundo está nervioso, a la defensiva, como si querer algo con intensidad fuera un problema”, reflexiona.

Su respuesta personal ha sido el enfoque absoluto. “Bloquear el ruido es la clave”, admite. “No mirar, no entrar”. Esa disciplina mental se convirtió en una extensión del personaje. “Es algo necesario para cualquier personaje que interpreto. ¿Cuándo más voy a poder ser Bob Dylan? ¿Cuándo más voy a poder ser Paul Atreides? Nunca. Entonces, ¿por qué no darlo todo?”.

Esa filosofía también define su visión del cine actual. Para Chalamet, Marty Supreme representa el tipo de proyecto que mantiene viva a la industria. “Hollywood no es una institución eterna, no es indestructible, motivo por el cual necesita películas con vitalidad. Esto no sigue una fórmula, es algo que cae del techo sin avisar”, asevera.

A diferencia de otros íconos que ha interpretado, Marty no se protege detrás del misterio. Tampoco Chalamet. “Yo no sé fingir distancia”, admite. “Bob Dylan habría dicho una centésima parte de lo que yo dije. A él no le importaba, pero a mí sí”, afirma el actor, que con este personaje se ganó una nominación al Globo de Oro como mejor actor en la categoría de musical o comedia.

Esa franqueza se vuelve aún más evidente a su edad. El actor habla con honestidad sobre haber dejado atrás la fascinación por el mito del artista torturado. “En mis veinte romantizaba eso. Quería estar destruido”, dice. “Ahora deseo estar bien porque quiero hacer un gran trabajo pero sin perderme a mí mismo”.

Marty Supreme le permitió comprobar que eso es posible…

“Es una película extremadamente demandante, pero no me llevó a un lugar oscuro, sino que me dio confianza”, explica. “Marty no ofrece certezas, porque en la historia quedan preguntas abiertas sobre su capacidad para asumir responsabilidades más allá de su obsesión. ¿Será capaz de quedarse o volverá a huir? Eso es lo que yo le preguntaría”, reconoce Chalamet. “¿Vas a estar a la altura o vas a desaparecer otra vez? De hecho, la película no absuelve ni condena. Observa”.

El actor neoyorquino es claro sobre su lugar en la conversación pública. No pretende ser un referente moral ni un portavoz generacional. “Mi búsqueda es ciento por ciento artística. Sería extraño pasar por años de audiciones y rechazo, tener una carrera en Hollywood y luego decir que quiero ser el ejemplo ético para todos”.

Marty Supreme no confunde el aura con el trabajo real. No celebra la ambición como espectáculo, sino como práctica diaria, agotadora y obsesiva. En una época que premia la indiferencia y la distancia, la película se atreve a decir algo incómodo: querer ser el mejor sigue siendo una pulsión legítima. “Puedes preocuparte por tu sueño”, dice Chalamet. “Puedes perseguirlo sin vergüenza. Puedes intentar llegar hasta el final”.

Como su protagonista, Marty Supreme juega cada punto con una intensidad absoluta. Sin ironía, sin una red de seguridad; apostando todo a una idea que, en el cine como en la vida misma, sigue siendo algo incómoda y hasta peligrosa: la ambición de querer más.

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