Cuarenta años después de la toma del Palacio de Justicia, el director colombiano Tomás Corredor se atreve a volver sobre aquel episodio en Noviembre, una película que encierra tanto a víctimas como a victimarios durante las 27 horas del asedio. Desde un espacio mínimo, un simple baño de servicio, la cinta reconstruye la tensión, el miedo y la humanidad que sobreviven en medio del fuego cruzado.
Ópera prima de su realizador, Noviembre tuvo su estreno en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) y ya está disponible en las salas de cine colombianas. Protagonizada por Natalia Reyes, Santiago Alarcón y Juan Prada, la película procura evitar las versiones heroicas o partidistas de estos sucesos para concentrarse en algo esencial: cómo resiste el ser humano cuando todo a su alrededor es caos.
En conversación con Diners, Corredor reflexiona sobre el poder del cine para sanar los silencios y reabrir conversaciones que el país todavía evita. Esto fue lo que nos contó.
La toma del Palacio de Justicia es uno de esos momentos que marcaron la historia del país ¿Qué lo llevó a volver sobre un hecho tan doloroso?

Foto cortesía Burning.
Tomás: Para mí, lo que necesitamos es hablar de estos eventos. No desde la historia oficial, sino desde la humanidad. Han pasado cuarenta años y todavía lo que se conoce mediáticamente es casi la versión del poder. Pero detrás de todo eso hubo personas, cuerpos, miedos. Yo no quise hacer una película explicativa ni pedagógica, sino una que pusiera a la gente a conversar.
La memoria es un territorio que se disputa el poder, y los poderes solo imponen sus versiones. Noviembre busca abrir un espacio donde la sociedad civil pueda tener el poder de narrarse a sí misma. No para señalar culpables, sino para entendernos.
La película se desarrolla casi en su totalidad en un baño. ¿Qué encontró en ese espacio para construir una historia sobre el país?
Tomás: El baño se volvió una metáfora de nación. Allí estaban encerradas personas de todas las clases sociales, de distintas regiones y jerarquías. Ese encierro forzado permitía hablar de Colombia entera en miniatura. Además, en ese espacio desaparece la intimidad: nadie puede dejar de mirar al otro. Eso genera una tensión muy fuerte, casi filosófica.
Hablamos de algo así como una obra de Sartre: un panóptico en el que todos se observan. Las texturas, el deterioro del lugar habla también del deterioro emocional de quienes están adentro. Para mí era importante que el espacio actuara. La luz, el sonido, el encierro, todo debía tener una presencia viva. No quería que el espectador se sintiera cómodo: debía compartir el mismo encierro que los personajes.
Es una película con una fuerte perspectiva sobre lo humano, ¿Qué preguntas se hacía mientras la escribía?

Foto cortesía Noviembre.
Tomás: Me preguntaba cómo aflora la condición humana cuando la muerte es inminente. En esas 27 horas todo podía pasar, y lo que sale a flote en una situación así no son las ideas, sino los instintos: la solidaridad, la fe, la desesperación.
También me preguntaba cómo se representa la guerra sin exaltarla. Muchas veces las víctimas no son tan “rentables” como los victimarios, porque en el cine de guerra parece más atractivo quien dispara que quien sufre. Yo quería evitar esa glorificación de la violencia. Con el equipo sentimos que debíamos contar la historia de otra manera, con respeto hacia la sociedad civil que la padeció.
Usted tenía nueve años cuando ocurrió la toma. ¿Cómo lo afectó ese recuerdo al hacer la película?
Tomás: Lo viví por televisión, completamente solo. Veía un edificio ardiendo, gente corriendo, cuerpos levantados. No entendía nada, pero me marcó profundamente. Con los años me di cuenta de que Colombia puede entenderse a partir de ese episodio. El Palacio de Justicia fue una bisagra. Después vinieron las desapariciones, el exterminio de la UP, los asesinatos de candidatos presidenciales. Todo eso estaba contenido ahí.
Por si fuera poco, creo que el país nunca habló de ese trauma. Nos acostumbramos a hablar del dolor, pero no de la vergüenza. Y yo creo que también hay que sentir vergüenza: por lo que hicimos, por lo que permitimos. Ver la película es una forma de mirarse al espejo. Esa es la única manera de sanar un trauma colectivo.
¿Cómo se enfrentó emocionalmente a una investigación tan dura para recrear la cinta?

Foto cortesía Burning.
Tomás: Fue muy complejo. Yo no buscaba una verdad judicial, sino una verdad emocional. Pero leer esos testimonios, revisar archivos, fue devastador. Había días en que tenía que parar. Sin embargo, a medida que avanzaba, me reenamoraba del proyecto. Noviembre tomó más de diez años desde su concepción. Cuando una historia sobrevive tanto tiempo sin perder sentido, es porque toca algo esencial. Yo no soy el mismo que empezó a escribirla, y el país tampoco es el mismo. Pero eso la mantiene viva: cada etapa la resignifica.
En varias ocasiones usted se ha referido a la esperanza cuando habla sobre este tema. ¿Qué lugar ocupa la esperanza en una película tan dura?
Tomás: Hay esperanza en el solo hecho de querer entender. Para mí, el gesto de entrar al baño con esas personas, de escucharlas, ya es una forma de esperanza. El cine no puede cambiar la historia, pero sí puede abrir conversaciones. Y si una película logra que alguien hable de lo que antes no podía, ya hizo algo importante. Noviembre no busca cerrar heridas, sino permitir que las miremos sin miedo.
Ahora que se estrena la película, ¿Cómo le gustaría que la gente se acerque a ella?

Tomás: Ojalá la vean en cine, en una sala, en silencio, rodeados de desconocidos. Esa experiencia colectiva es parte del sentido de la película. Más allá de buscar verdades, lo importante es encontrarlas juntos. Si Noviembre consigue que conversemos, que alguien recuerde, que alguien escuche, entonces ya cumplió su propósito.

