Revista Diners
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En el año en que el cine brasileño volvió a ocupar el centro del mapa cultural global, El agente secreto irrumpió con la elegancia de los clásicos y la furia contenida de las películas necesarias. Dirigida por Kleber Mendonça Filho y protagonizada por Wagner Moura, esta obra cinematográfica se convirtió rápidamente en un fenómeno internacional: Globo de Oro para su protagonista y cuatro nominaciones a los Óscar. Pero más allá de la temporada de premios, lo que está en juego es otra cosa.
La cinta no solo reconstruye el Brasil de 1977, durante la dictadura militar del general Ernesto Geisel, sino que lo invoca para discutir el presente, lo pone frente a un espejo incómodo. Y en ese reflejo, aparece una pregunta esencial: ¿quién controla la memoria?
Para entender la potencia simbólica del filme, conviene recordar el contexto histórico que lo atraviesa. En 1977, Brasil llevaba más de una década con un régimen militar instaurado en 1964. La censura, la persecución política y la vigilancia eran parte del paisaje cotidiano. Las universidades —espacios tradicionalmente críticos— estaban infiltradas; los teléfonos podían estar intervenidos; los periodistas aprendieron a escribir entre líneas. Ese clima de sospecha, donde lo íntimo y lo político se confundían, es el aire que respira la película. No se trata de una reconstrucción nostálgica, sino de una evocación sensorial de un país que vivía bajo la sombra de la autocensura y el miedo.
La historia sigue a Armando, profesor universitario atrapado en una red de sospecha y vigilancia. Vive con una identidad desplazada, bajo el rumor persistente de la violencia; sin embargo, la película evita el didactismo. No hay discursos explícitos ni villanos caricaturescos. Lo político se filtra en los detalles: un apartamento que parece realmente habitado, discos apilados, papeles acumulados, un gato que atraviesa el encuadre y una advertencia aparentemente trivial en 1977: “Puedes usar el teléfono, pero no hagas llamadas de larga distancia”, que contiene toda una atmósfera del miedo. Esa frase, en apariencia doméstica, revela la normalización de la sospecha: incluso el acto más cotidiano se podía convertir en evidencia.

Mendonça Filho, también programador y archivista obsesivo, construye sus películas como quien recompone un archivo fragmentado. Su filmografía ha dialogado constantemente con la memoria urbana y las cicatrices sociales del nordeste brasileño. Moura lo explica con admiración: “Se pueden oler los espacios en su cine, sentir la textura del tiempo. Esa materialidad es fundamental porque El agente secreto no es solo una narración sobre la represión; es una experiencia sensorial sobre cómo se vivía durante ella”, afirma el actor. La textura de las paredes, la humedad del aire, la música que suena de fondo, todo compone un archivo emocional.
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La pierna peluda
Uno de los momentos más sorprendentes de la cinta es la aparición de la llamada “pierna peluda”, una leyenda urbana que irrumpe en medio del thriller histórico. Podría parecer un desvío fantástico, pero funciona como clave política. Mendonça Filho dice que creció escuchando la historia en Recife y que siempre quiso filmarla. “Rodé las placas con actores reales y luego añadí la criatura en stop motion, rindiendo homenaje a Henry Selick, Tim Burton y Ray Harryhausen”, explica el cineasta brasileño. El recurso no es caprichoso: conecta la tradición oral con el lenguaje cinematográfico, el mito con la técnica artesanal.
Según Moura, durante la dictadura, periodistas encontraron en esa figura un código para narrar abusos policiales sin nombrarlos directamente. “Es como usar la ficción como estrategia de supervivencia”, explica el actor de 49 años, nacido en Salvador (Bahía), uno de los lugares más pintorescos de Brasil.
Y en su conversación, recurre a la memoria popular: “Tengo amigos en Recife que me contaban que en los años ochenta la gente cerraba las puertas a las seis de la tarde porque tenían miedo de que la pierna peluda los atacara”. La frase, pronunciada entre la sonrisa y la inquietud, revela algo más profundo: “El miedo puede tomar forma de mito cuando no se puede nombrar abiertamente, y eso es lo que pasó en el país. El mito, entonces, no es evasión, sino traducción cifrada de la violencia”, declara.
Sin embargo, el corazón emocional de la película no está en el mito sino en un encuentro íntimo: la escena del cine San Luis entre Armando y Elza, su interés romántico. Moura la identifica como el punto de inflexión. “Para mí, particularmente, fue la escena en el cinema San Luis. Kleber es un director y un escritor único, y me encanta cómo escribe y lo que logró en escenas como esa”. Y añade una observación crucial: “Solo empiezas a entender realmente de qué trata la película después de una hora y media”. Ese desplazamiento temporal obliga al espectador a habitar la incertidumbre del protagonista, a compartir su desorientación.
La secuencia se rodó de corrido durante 25 minutos. “Se sentía como un plano secuencia, se sentía como teatro. Tuve esa sensación maravillosa, la mejor para un actor, cuando terminas una escena y dices: ‘¿Qué acaba de pasar aquí? ¿Cuánto tiempo fue?’. Para mí, pudieron haber sido cinco minutos, pero cuando me dijeron que fueron 25, quedé asombrado”, recuerda el actor. Esa suspensión temporal dialoga con el propio tema del filme: la percepción del tiempo bajo la amenaza, la elasticidad de la memoria. En regímenes autoritarios, el tiempo se puede estirar hasta volverse insoportable o comprimirse en una decisión irreversible.
La suerte de Armando, en contraste, es una de las decisiones más radicales de la película precisamente porque no se muestra. No hay coreografía sangrienta ni disparos ralentizados. Hay una fotografía en un periódico y un titular que lo define como “profesor corrupto asesinado”. Mendonça Filho confesó que intentó escribir una escena convencional, pero no pasó de la segunda línea. No le interesaba. Moura explica por qué: “La fotografía en el periódico lo mata otra vez, porque mata su memoria”. Y sentencia en una frase que “ese es el tema básico de esta película, el más importante: la memoria”.
La idea de que una imagen puede asesinar simbólicamente es central. La prensa bajo censura, los archivos manipulados, los expedientes incompletos: todos son mecanismos de poder. Moura lo formula con claridad: “El poder no solo elimina cuerpos, también distorsiona relatos. En esa distorsión, se juega la identidad colectiva. ¿Quién eres cuando el Estado reescribe tu biografía? ¿Qué queda de ti cuando el archivo oficial decide tu versión final?”. La película sugiere que la lucha por la memoria no es un asunto del pasado; es un campo de batalla permanente.

“Siento que estamos aquí, que no estamos solos”
El filme dialoga inevitablemente con el presente. Brasil vivió tensiones profundas tras la derrota electoral de Jair Bolsonaro y el asalto a las instituciones en Brasilia en enero de 2023. Para Mendonça Filho, el momento es positivo pero frágil. Moura ofrece otra lectura: “Creo que la democracia brasileña es más fuerte de lo que pensábamos”. Subraya que el procesamiento judicial de militares y figuras poderosas fue una señal de fortaleza institucional.
“Lo que hicimos fue extraordinario”, asegura, y sin caer en triunfalismos, matiza: “Eso no quiere decir que la extrema derecha no sea fuerte. La lucha sigue ahí y es fuerte”. El actor sugiere que la memoria histórica de la dictadura influyó en la reacción social ante la amenaza contemporánea.
La escena del carnaval sintetiza esa complejidad brasileña. Después de descubrir que su vida corre peligro, Armando se encuentra con la fiesta popular. En un thriller clásico, caminaría en dirección contraria. Aquí no: se entrega a la multitud. “Me fascina esa escena. Me encanta el hecho de que él se entregue a la multitud”, sostiene. “No sé si alguien que no sea brasileño pueda entender realmente lo que es el carnaval. Es ese tipo de fiesta en la que te olvidas de todo lo que está pasando en tu vida”.
Y añade: “Algunas veces nos encontramos en un estado emocional muy malo y de repente pasa algo así, sin ninguna transición. Pasas de un estado emocional a otro”. Moura dice en tono de broma que en ciudades como Salvador el año comienza después de febrero. Esa observación, ligera en apariencia, revela una filosofía cultural: la celebración como un reinicio simbólico.
Ese gesto de fundirse con la multitud no es evasión; es resistencia cultural. En Brasil, el arte y la fiesta son espacios de afirmación identitaria, territorios donde el cuerpo colectivo reclama su derecho a existir. Moura habla del apoyo popular con emoción: “Me encanta que no estemos aquí solo Kleber y yo. Estamos apoyados por los brasileños”. En un clima en el que sectores conservadores cuestionan el financiamiento público a la cultura, ese respaldo adquiere dimensión política. “Ningún país se desarrolla sin un sentido de cultura, sin verse reflejado en sus películas, en su teatro, en sus libros”, manifiesta. Y lo resume con alivio: “Siento que estamos aquí, que no estamos solos”.
La experiencia de rodaje fue, para el actor, casi una experiencia religiosa. “Fue increíble. Me sentí como Dorothy en El mago de Oz”, dice, evocando la sensación de atravesar un territorio fantástico y peligroso a la vez. Como la protagonista, que cruza por mundos extraños, Moura fue encontrando personajes excéntricos y memorables, con actores de sitios del nordeste como Pernambuco, Paraíba, Bahía, que aportaban acentos y energías distintas. “Lo que me mueve es mirar al otro actor y saltar al abismo con él”, explica. Esa disposición al riesgo se siente en la pantalla y conecta con una tradición teatral brasileña, en la que el cuerpo del actor es vehículo de memoria colectiva.
Resuena también en la presencia de famosos intérpretes, como el recientemente fallecido Udo Kier, cuyo personaje carga cicatrices físicas que son un documento histórico viviente. “Su sola aparición recuerda que la violencia deja marcas que no se pueden borrar con titulares”, dice Moura sobre Kier. En la película se sugiere que el autoritarismo detesta el contexto y la complejidad. Necesita identidades simples para ejercer control.
Antes de su estreno comercial, se ofrecieron funciones especiales en Brasil de El agente secreto, que se agotaron rápidamente. La película sobrepasó el millón de entradas vendidas, número que ha aumentado con la temporada de premiaciones y tras ganar dos Globos de Oro. Pero la cifra es solo un síntoma. Lo que se percibe en las salas es algo más difícil de cuantificar: una conversación nacional sobre el pasado y el presente.
Moura lo formula así: “Al final, cuando las luces se encienden, queda la impresión de haber asistido a algo más que un thriller político. Es una película sobre cómo un país se narra a sí mismo, sobre cómo una fotografía puede matar dos veces, sobre cómo la memoria es un territorio en disputa”.
En tiempos en los que los titulares reescriben biografías y las redes sociales aceleran el olvido, recordar es un acto radical. La película sugiere que la memoria no es un archivo pasivo, sino una práctica activa, un ejercicio de vigilancia ética. Como bien lo apunta el director Mendonça Filho, “el cine, cuando decide incomodar, se puede convertir en la forma más peligrosa y necesaria de resistencia”. Así las cosas, Wagner Moura, con la serenidad de quien entiende el peso histórico de su papel, parece haber encontrado la manera ideal de exponer una trinchera de la verdad.


