Revista Diners
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La costera, blanca y paradisíaca ciudad de Sitges, ubicada al sur de Barcelona, es por estos días la sede del festival cinematográfico que se ha convertido en el paradigma del cine de géneros que escapan del naturalismo, empezando por fantasía, pasando por la ciencia ficción y llegando hasta el horror.
En la edición 59 del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges se estrenó este 9 de octubre una producción colombiana que se inscribe en estos géneros, algo no tan común en la escena de nuestro país.
Se trata de La ley de las acciones, dirigido por Carlos Hernández Peñuela y protagonizado por Andrés Parra, quien encarna al protagonista, Pedro Blanco, un leñador ermitaño que vive solo en una montaña.
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El bosque que rodea a Blanco paulatinamente ha ido desapareciendo y el leñador se encarga de talar diariamente los árboles que permanecen en pie. Un día, se da cuenta de que un árbol se niega a desaparecer.
Él lo tala.
Y el árbol renace.
Y así nace, también, la fantasía.
“Yo conocí a Carlos en el Festival de Cine de Guadalajara, cuando él llevó el corto de Marina, la esposa del pescador, y ahí nos hicimos muy amigos. Y alcanzamos a escribir como tres cortos juntos para algún día rodarlos, aunque nunca los rodamos… Después de muchos años, fue que Carlos volvió a aparecer con el corto y, pues, imagínense, la delicia, la felicidad”, cuenta Parra.
Este Pedro Blanco se suma al catálogo de personajes que Parra ha creado en películas como La pasión de Gabriel, series como Escobar, el patrón del mal y obras de teatro como Pillowman. El reconocido actor se ha dedicado recientemente a su stand-up comedy Venga que sí es pa’ eso, que el próximo año tendrá una temporada en Bogotá.

¿Qué fue lo que lo cautivó del proyecto en un comienzo?
La verdad es que Carlos me había contado la historia hace mucho, como hace 10 años o más. Yo soy muy amigo de él y algún día él me compartió una revista francesa que tenía, en la que estaba un poco la historia real de este personaje. Era un argentino que vivía en la Patagonia y, literal, solo en un bosque. Y a mí me pareció la historia delirante, ¡un man viviendo solo en un bosque, solo! Yo leí el artículo y dijimos: “Esto hay que filmarlo. Sería muy chévere hacer un corto de esto algún día, algún día”.
Y literal, pasaron 10 años.
¿Cómo fue ese proceso para construir el personaje de Pedro Blanco?
Como yo conocía la historia del tipo hace tanto tiempo y habíamos echado tanta cabeza, yo creo que eso se dio de una manera muy natural. Y también el rodaje coincidió con un momento de mi vida en el que yo estaba experimentando también una profunda soledad, la estaba experimentando conscientemente, había tomado la decisión también de estar solo. Entonces, yo creo que estábamos un poco en lo mismo. Pero el proceso… es que los procesos yo ya no sé realmente cómo se dan.
Y fue un rodaje que de alguna manera imitó también las condiciones de vida de este señor; entonces yo creo que era más una cuestión de estar ahí, sentir el sitio, la casa, el frío y las condiciones. Fue un proceso más de estar atento a lo que estaba sucediendo e ir reaccionando. A mí estos personajes que no interactúan con nadie me gustan mucho.

La relación con la naturaleza es muy importante, lo que es muy valioso teniendo en cuenta la hiperconexión en la que vivimos…
Sí, pues este es un tipo que vive allá metido. Eso lo hace mucha gente ya hoy en día también. Y ver a ver hasta qué punto eso también desemboca en otra cosa, ¿no? Pero sí, nuestro rodaje fue así, pues estuvimos cinco días internados en una montaña.
¿Y cómo fue construir un personaje en este formato del cortometraje, que impone otras condiciones diferentes a las de una serie, una obra de teatro o una película?
Yo creo que ya todo es muy parecido; la forma de trabajar creo que es exactamente la misma. Aquí, digamos que es menos tiempo, tal vez. Pero yo creo que hoy en día las series y las películas se están haciendo de forma muy parecida, es como el mismo cuidado. Este corto nos cuidó mucho a todo el equipo, se podía dormir bien, se podía comer bien. Normalmente, en los cortos uno no la pasa tan bien, pero aquí, no. Es como una película chiquita ya, literal.
¿Cómo fue esa relación con Carlos, él como director y usted como actor?
Lo que pasa es que, como es un proyecto que era tan querido por los dos y que lo conocíamos tanto, pues eso se dio de forma muy natural, digamos que no hubo ningún inconveniente. El rodaje fue rudo porque tuvimos la mala fortuna de que llovió mucho. Si en principio iban a ser tres días, terminaron siendo cinco. En un momento, yo creo que el corto se nos estaba yendo de las manos. Pero, aparte de eso, yo creo que el trabajo fue muy tranquilo en general con todos.
¿Y qué otros proyectos vienen después de este cortometraje?
Yo aspiro, en teoría, a volver a actuar el año entrante; hay un par de proyectos que están ahí, pero todavía no hemos firmado nada, entonces no hay que confiarse. Y seguir con mi stand up y con los talleres también, yo en eso estoy muy contento.
¿Qué ha significado esa experiencia, que propone otra relación con el público, mucho más directa?
Ha sido muy bonito, yo me quisiera seguir dedicando en algún momento del año a seguir haciendo el stand up y también el tema de los talleres. Ya actuar no es lo más importante, hay cosas más importantes ahora, entonces como lograr un equilibrio entre las dos.
Yo sacrifiqué la actuación casi dos años, ya es tiempo de volver, pero yo creo que voy a estar así, actuando y parando y dedicándome a lo más personal.


