Foto: Revista Diners
marzo 11, 2014
Cultura Arte y Libros

Bienal Internacional de Arte Cartagena de Indias

Muchas obras quedan en la memoria luego de haber visitado la Bienal Internacional de Arte de Cartagena (BIACI). Crónica.
POR:
Dominique Rodríguez

Y hay dos piezas muy llamativas también: las fotos de la Polaroid Series de Mickalene Thomas, retratos de mujeres afroamericanas en sus hogares, en poses extravagantes y cargadas de joyas y pieles, ironizando las fotos de socialités en las revistas de celebridades. El aire vintage y el mosaico en que se constituyen las muchas fotos presentadas produce un efecto casi de pintura muy bello.

A su lado, una serie de improntas de mobiliario prácticamente imperceptible del cubano Diango Hernández, donde difícilmente se ven los rastros de muebles de la colonia. Un efecto de desaparición e historia que resulta provocador y diciente. Lo más lindo de esa escena fue ver a una niña perfectamente perdida en esas imágenes. Las veía con detenimiento, embelesada, intentando entender qué eran, claramente emocionada.

II.

Diría que si después de decantada una experiencia por un par de semanas todavía brotan en la memoria algunas obras es que verdaderamente produjeron un efecto.

Es difícil olvidar el poderoso ejercicio de separación de Bill Viola, un video (Walking on the edge) en medio del paisaje seco donde aparecen a lo lejos dos figuras que van caminando una al lado de la otra, largamente; vienen hacia nosotros, traspasando con firmeza ese espejismo que produce la luz en el desierto. Mientras pasan los minutos en los cuales el artista claramente nos hipnotiza, van haciéndose cada vez más claros esos dos hombres negros, padre e hijo. Lo trágico de la escena es que inevitablemente sus caminos dejarán de cruzarse en un punto. Es muy conmovedor. Cuando regresé a Bogotá con esa imagen persiguiéndome, busqué un poco más de información y me topé con algunas frases del propio artista que me permitieron encontrarle aún más hondura a este trabajo: «My father passed away in 1999 and it was a big shock because my mother had died eight years previous to that, so that was a very difficult period for me. You realize you’re an orphan basically. I turned to my art to find not only confort and meaning, but also to keep moving, keep going forward and keep searching». Sentí que, pese a los tantos años pasados (la obra es de 2012), esa búsqueda de la que habla, continua. Es  la muerte la que ronda, sin miedo, sin asustar a nadie, solo como una presencia inevitable. Y algo más me gustó de este trabajo. Como estaba en pleno montaje la sala, todavía había montajistas cuadrando las luces y una aseadora sentada en el piso; fue genial ver cómo al estar nosotras inmersas en la imagen, idas dentro de ella, la mujer se permitió irse también, mirando con interés el caminar cadencioso de estos dos hombres bellos. ‘Mira cómo la montaña se va desapareciendo’, remarcó, señalando el efecto atmosférico del sol golpeando fuerte el paisaje al punto de hacerlo desaparecer. Fue un buen momento.

Otro, impresionante, fue descubrir el Museo de las Fortificaciones, en las bodegas, en un pequeño laberinto hacia las entrañas de este lugar que sirvió de resguardo contra los ataques marinos. Allí se hacía evidente la imponencia del escenario de Cartagena para presentar obras de arte. Indudablemente las revieste de un sentido adicional que enriquece su lectura. Empezando por la instalación sonora de Stephen Vitiello & Steve Roden, un aparato que recogió de diversos lugares ni más ni menos que el silencio. Estar allí oyendo eso que no es del todo mudo, y que retumba en medio de ese encierro, resulta interesante y da muy buen pie para ver las dos obras más que allí se exponen. Una de ellas, el video Llano de Jesper Just, es una experiencia total. Al ser una historia que acontece en un desierto, es muy fácil trasladarse allí mismo dado al sofoque que se siente estar dentro de esa fortificación. Fue una gran elección de lugar. La otra pieza es Flotsam Cartagena, de Bill Culbert, una especie de tapete luminoso que le recuerda al artista al mar, entre su belleza y la tragedia de la contaminación. Para cerrar este espacio, no se pierda del jardín artificial de flora mediterránea sembrado por Raúl Valverde encima de una de las torre de vigilancia de la fortificación. Un uso insospechado de este espacio, cargado de ironía y belleza. 

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