Revista Diners
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Recorrer el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO) es una fiesta para los sentidos. Desde el ladrillo a la vista —sello del arquitecto Rogelio Salmona y que en días soleados contrasta con el capitalino cielo azul—, hasta sus espacios interiores, pensados para invitar a la reflexión sobre temas contemporáneos bajo la mirada crítica de los artistas.
Este edificio del barrio Las Nieves conforma un bastión cultural e histórico junto a su vecina, la Biblioteca Nacional. Su colección supera las 4.700 obras de diversos géneros, materiales, formatos, técnicas y estilos, y está conformada por creaciones de renombrados artistas colombianos e internacionales. Este año sobresale la exposición “Villegas, 100 años. Retrospectiva Armando Villegas”, y en 2027 vienen dos muestras potentes: una para honrar el legado del arquitecto Rogelio Salmona en el centenario de su nacimiento y otra del artista Abel Rodríguez, artista y sabedor de plantas, sobre las relaciones de la selva amazónica, los árboles y los demás seres.
Por estos días, el MAMBO está estrenando directora. Se trata de María Belén Sáez de Ibarra —abogada, crítica de arte y curadora—, quien asume el liderazgo de la entidad con la visión de fortalecer su identidad, poner a los artistas en el centro y ampliar su conversación con Colombia y el mundo.
“Llegar al MAMBO en sus 63 años significa recibir un legado extraordinario y preguntarnos qué museo necesita hoy Bogotá. Un museo es una entidad capaz de producir sentido público: un lugar donde el arte nos permite comprender de otra manera el tiempo que vivimos. Hay una historia que cuidar, pero esa historia debe permanecer viva y abrir posibilidades hacia el futuro”, expresa la nueva directora, que viene de liderar la divulgación cultural y el Museo de Arte de la Universidad Nacional (UN).
Al preguntarle por la UN como cuna del MAMBO, responde: “Esa historia me emociona profundamente. José Félix Patiño abrió las puertas de la UN al Museo de Arte Moderno, que dirigía Marta Traba. Ella estuvo al frente también de la Dirección de Divulgación Cultural, que muchos años después estuvo a mi cargo, y desde allí realizó proyectos radicales para su tiempo, como las exposiciones ambientales. Posteriormente, Gloria Zea asumió la dirección del museo y, junto con Rogelio Salmona y muchas personas que creyeron en ese proyecto, hizo posible conseguir la sede actual”.

Sáez de Ibarra asegura que al provenir de la UN siente una continuidad que califica de “hermosa”. “En la universidad aprendí que una institución se puede transformar desde adentro y producir proyectos de enorme resonancia cuando hay una idea clara y una relación profunda con los artistas. Llegar al MAMBO tiene para mí algo de regreso y, al mismo tiempo, de comienzo”.
Internacionalización, nuevos públicos y formatos
La directora le apuesta a consolidar relaciones internacionales de doble vía, duraderas y construidas desde el pensamiento, los proyectos y la confianza. “Nos interesa traer a Bogotá artistas y pensamientos fundamentales del mundo, y contribuir también a que artistas y pensamientos surgidos desde Colombia circulen internacionalmente. El país tiene muchísimo que decir hoy: desde su biodiversidad, sus conocimientos ancestrales, su historia artística y la vitalidad de sus artistas. La internacionalización comienza por tener algo propio que decir y ser capaces también de escuchar”.
Así mismo, Sáez de Ibarra está convencida de que un museo adquiere sentido cuando establece una relación real con su público y ayuda a generar pertenencia. Y cita una lección aprendida: “No hay que simplificar el arte para los jóvenes. Hay que confiar en su inteligencia y hacer posible el encuentro”. Para promover la formación de distintos públicos, el MAMBO ofrece programas educativos sobre arte y gestión cultural, así como actividades variadas para personas de todas las edades.
A esto se suma la exploración de nuevos formatos: “El arte hace mucho tiempo desbordó las disciplinas y los museos también deben hacerlo. Hemos construido instituciones dominadas por la mirada, pero el sonido introduce otra relación con el cuerpo, el espacio, el tiempo y los otros. Allí hay un campo enorme por explorar”, explica.

Memoria y diálogo
“Cada vez que un museo conserva, exhibe o investiga una obra, está construyendo una narración del mundo. Esa responsabilidad es enorme. El arte se puede acercar a acontecimientos difíciles de una manera que la información por sí sola no consigue: puede producir una experiencia sensible, detenernos y permitirnos reconocer al otro”, afirma. El museo, según la gestora, también debe interrogar su propia historia: preguntarse a quiénes incluyeron, quiénes quedaron afuera y qué conocimientos consideramos legítimos.
“Conservar la historia significa también ser capaces de volver a preguntarla”. Y frente al papel del arte en las conversaciones contemporáneas, Sáez de Ibarra explica que siempre está relacionado con su tiempo, incluso cuando esa relación no es literal. “Vivimos atravesados por conflictos, crisis ambiental, desplazamientos y transformaciones tecnológicas aceleradas. Los artistas están pensando en todo esto”.
“Sin embargo, el museo no tiene que reproducir la velocidad de la actualidad. Puede ofrecer algo cada vez más escaso: tiempo, sensibilidad y pensamiento”, concluye.
(Continúe leyendo: Los 100 años de Armando Villegas, el artista colombo-peruano que retrató su propio realismo fantástico)


