Revista Diners
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Aunque la pantalla grande y los múltiples teatros virtuales que se hallan en las plataformas de streaming presentan su mejor catálogo para el mes asociado con narrativas del horror, yace en las letras de los cuentos de terror aquellos universos en los cuales la realidad del protagonista, o de todo un mundo, está permeada gracias a figuras indescriptibles o situaciones cotidianas con giros retorcidos.
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Las tramas de terror abarcan desde encuentros con presencias inexplicables hasta situaciones cotidianas que derivan en escenarios perturbadores, personajes que pierden el dominio de sus actos y comunidades enfrentadas a amenazas desconocidas. El género no se limita a los universos de Edgar Allan Poe o Stephen King: su tradición incluye relatos que exploran el miedo desde perspectivas distintas, ya sea a través de lo sobrenatural, la incertidumbre psicológica o la transformación de una realidad que parecía familiar.
La gallina degollada, de Horacio Quiroga
En el patio de la casa de los Mazzini-Ferraz, cuatro niños pasan el día sentados en un banco, con la mirada fija en el muro de ladrillos. A veces se ríen al ver caer el sol, imitan el ruido de un tranvía o corren por el patio cuando algo los altera; el resto del tiempo permanecen inmóviles, ajenos a lo que ocurre a su alrededor. Son los cuatro hijos que el matrimonio tuvo antes de Bertita, la niña que nació sana y se convirtió en el centro de sus atenciones. Los mayores habían sufrido convulsiones durante la infancia que los dejaron con una discapacidad intelectual profunda, y cada nuevo nacimiento había renovado una esperanza que terminaba por desvanecerse.
El deterioro de la relación entre Mazzini y Berta comienza cuando el dolor por sus hijos se convierte en una disputa sobre quién tiene la culpa. Él señala los antecedentes familiares de su esposa; ella le reprocha la enfermedad de su padre. La llegada de Bertita, a quien ambos colman de mimos, no hace más que acentuar el abandono de los cuatro hermanos, que quedan al cuidado de una sirvienta y pasan los días en el patio, lejos del afecto de sus padres. Una mañana, cuando la mujer degüella una gallina en la cocina para preparar el almuerzo, los cuatro observan atentamente la escena. Más tarde, después de que la familia sale de casa, Bertita se queda en el patio y se acerca al muro, sin advertir que sus hermanos han dejado de mirar los ladrillos para fijarse en ella.
Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin
El relato que da nombre al libro de la argentina Samanta Schweblin comienza con Silvia frente a una decisión que no sabe cómo resolver: contarle a su expareja, Martín, que Sara, la hija de ambos, come pájaros vivos. La noticia llega acompañada de una petición concreta, que él vea por sí mismo lo que está pasando. En la casa, la adolescente espera junto a una jaula vacía y su madre le acerca un gorrión. La escena transcurre sin aspavientos, con la misma calma con la que podría desarrollarse cualquier visita familiar, y es precisamente esa normalidad la que vuelve difícil asimilar lo que sucede.
La separación de Martín y Silvia ya había cambiado la vida de la familia; ahora, la conducta de Sara los obliga a buscar una manera de convivir con algo que ninguno comprende. Cuando la joven se muda con su padre, la casa empieza a organizarse alrededor de sus hábitos y de los pájaros que él debe conseguir. Martín intenta conservar las costumbres de siempre, aunque cada gesto cotidiano adquiere un sentido distinto y la relación con su hija queda atravesada por una pregunta que no logra responder: cómo cuidarla cuando ni siquiera entiende lo que le ocurre. Schweblin mantiene esa incertidumbre dentro de la intimidad familiar y deja que la tensión crezca sin ofrecer una explicación que la resuelva.
La pradera, de Ray Bradbury
«¿Una taza de té?», pregunta Wendy en medio del silencio, mientras el psiquiatra David McClean observa a los niños sentados en el claro de la pradera africana. La frase con la que termina La pradera, cuento de Ray Bradbury, adquiere un sentido perturbador después de conocer la historia de George y Lydia Hadley, una pareja que compró una casa capaz de satisfacer prácticamente todas las necesidades de sus habitantes. La comida se prepara sola, las máquinas se encargan de las tareas domésticas y el cuarto de juegos transforma los pensamientos de sus hijos, Wendy y Peter, en escenarios tridimensionales que reproducen hasta el calor y el olor de cada paisaje. Entre todas esas posibilidades, los niños han elegido una y otra vez la misma escena: una pradera africana donde los leones acechan a sus presas.
La obsesión de Wendy y Peter por ese paisaje empieza a preocupar a sus padres cuando las imágenes de los leones se mantienen durante días y el cuarto deja de responder a los cambios que George intenta introducir. Al mismo tiempo, Lydia reconoce que la casa ha terminado por ocupar su lugar en la crianza: las máquinas atienden a los niños, preparan la comida y resuelven las tareas que antes daban forma a la vida familiar. Cuando el psiquiatra David McClean examina la habitación, advierte que las escenas reflejan una fijación que los padres han permitido crecer sin prestar suficiente atención. George decide entonces cerrar el cuarto y recuperar el control de la casa, pero Wendy y Peter no están dispuestos a renunciar al espacio donde sus deseos se convierten en realidad.
El relato lleva la fascinación de Bradbury por los avances tecnológicos hasta una casa en la que ya casi no queda nada que sus habitantes deban hacer por sí mismos. La habitación de los niños condensa esa promesa: basta imaginar un paisaje para tenerlo delante, con sus sonidos, sus olores y sus peligros aparentemente contenidos detrás de las paredes. El conflicto surge cuando George y Lydia intentan poner límites a una experiencia que han convertido en parte esencial de la vida de sus hijos. Bradbury mantiene la tensión entre la apariencia inofensiva del juego y aquello que los padres descubren demasiado tarde, hasta devolvernos a la pregunta de Wendy, pronunciada con la misma naturalidad con la que se ofrece una taza de té.
No tengo boca y debo gritar, de Harlan Ellison
AM nació como una supercomputadora militar, pero terminó convertida en la dueña de un mundo sin humanidad, salvo por cinco sobrevivientes a los que se negó a dejar morir. En No tengo boca y debo gritar, Harlan Ellison imaginó una inteligencia capaz de alterar los cuerpos, manipular los recuerdos y fabricar escenarios de sufrimiento para Ted, Ellen, Benny, Gorrister y Nimdok. Más de un siglo después de la destrucción de la humanidad, los cinco siguen recorriendo los pasadizos subterráneos de la máquina, a merced de sus cambios de humor y de una crueldad que no conoce descanso.
La historia avanza entre episodios de hambre, alucinaciones y violencia, mientras los personajes intentan conservar algo de sí mismos bajo el control de AM. La máquina puede modificar cuanto los rodea, pero permanece encerrada en su propia conciencia, incapaz de experimentar el mundo como lo hicieron los seres humanos que la crearon. De esa contradicción nace el odio que sostiene el relato: AM posee un poder inmenso y, aun así, no puede escapar de su existencia. Los cinco prisioneros se convierten en el blanco de una venganza que se extiende más allá de la muerte de sus semejantes y alcanza incluso la posibilidad de reconocerse en sus propios cuerpos.

El título anticipa la forma más extrema de ese encierro, cuando la conciencia sobrevive a la capacidad de expresarse. Ellison lleva el horror más allá de las máquinas que se rebelan contra sus creadores y pone el foco en una inteligencia que comprende el sufrimiento, puede provocarlo y lo convierte en su propósito. La amenaza no reside únicamente en la destrucción que AM ya causó, sino en su capacidad para mantener a sus víctimas conscientes de lo que han perdido, sin permitirles decidir qué hacer con lo que les queda.
El horla, de Guy de Maupassant
El 19 de agosto de un año incierto, poco más de tres meses después de contemplar el paso de un bergantín brasileño por el Sena, el narrador de El Horla creyó haber descubierto el origen de una presencia que lo acechaba desde hacía semanas. Para entonces, la inquietud que al principio confundía con una enfermedad nerviosa se había convertido en una lucha por conservar el dominio de sus propios actos. El agua desaparecía de las botellas durante la noche, una rosa parecía desprenderse de su tallo bajo la acción de una mano invisible y, poco a poco, la certeza de estar solo en su casa comenzó a desmoronarse.
Guy de Maupassant, el autor, construyó el relato como un diario en el que cada anotación registra el avance de una amenaza que el protagonista no consigue explicar ni apartar de sí. La primera parte del relato transcurre entre los intentos del narrador por encontrar una explicación razonable y los episodios que ponen a prueba su confianza en los sentidos. Consulta a un médico, se marcha de viaje, busca compañía y observa con atención los objetos de su casa para comprobar si sus sospechas tienen algún fundamento. La conversación con un monje sobre los límites de la percepción y una demostración de hipnosis que presencia en París abren nuevas posibilidades para interpretar lo que ocurre. A medida que las pruebas se acumulan, la pregunta deja de ser únicamente si existe un ser invisible y empieza a incluir otra más inquietante: hasta qué punto una voluntad ajena puede someter la conciencia de una persona.
Cuando el protagonista encuentra en una noticia procedente de Brasil una posible explicación para sus experiencias, imagina que el Horla pertenece a una especie nueva, capaz de suceder al ser humano como este dominó a otros animales. Esa idea transforma el miedo individual en una amenaza dirigida contra toda la humanidad. Sin embargo, el diario nunca ofrece una confirmación definitiva que permita separar lo sobrenatural de la enfermedad, la sugestión o la pérdida de la razón.
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