La artista colombiana Beatriz González Aranda, una de las voces más potentes y transformadoras del arte latinoamericano, falleció este viernes 9 de enero de 2026, según pudo confirmar la Revista Diners personas allegadas a la artista. Nacida el 16 de noviembre de 1932 en Bucaramanga, la maestra deja un legado imborrable que fusionó la alta cultura con el pulso trágico y cotidiano de Colombia, convirtiendo muebles, cortinas y titulares de prensa en testimonios de violencia, gusto popular y resistencia.
Desde sus primeros pasos en la Universidad de los Andes y bajo la tutela de maestros como Juan Antonio Roda, Marta Traba y Ramón de Zubiría, González forjó amistades profundas con Luis Caballero y absorbió la influencia de Fernando Botero, mostró su irreverencia.
Incapaz de pintar del natural pese a su talento para el dibujo, descubrió su voz al transferir con trementina un afiche de La rendición de Breda de Velázquez: «Eso fue un éxito y comencé ahí». Su primera exposición individual llegó en 1963 en el MAMBO, gracias a un programa de Marta Traba para jóvenes talentos.
“Inicié dibujando a Turbay borracho, caminando por un puente, la vida en Palacio, me burlaba porque yo quería ser ‘la pintora de la Corte’, miraba la familia presidencial. Yo lo hacía para mostrar las desgracias del poder, desde la estética. Turbay era un personaje bastante ridículo: en su manera de hablar, de vestirse, de decir discursos, de aproximarse a los problemas”, recordó en una entrevista para la Revista Diners.
En 1964, presentó variaciones sobre La encajera de Vermeer en el XVI Salón Nacional y el Salón Intercol de Cali, ganando premio compartido con Nirma Zárate. El hito llegó en 1965 con Los suicidas del Sisga, basada en una foto periodística: rechazada inicialmente como «un Botero malo», obtuvo el segundo premio especial del jurado en el XVII Salón Nacional, catapultándola al centro del debate artístico. Esa obra marcó su revolución: reinterpretó maestros como Velázquez o Vermeer sobre soportes humildes, cuestionando cómo un país subdesarrollado asimilaba el arte occidental.

El legado de Beatriz González
Su obra respira «pintura doméstica», alimentada por la historia comunitaria y trágica de Colombia. Pintó próceres en zócalos de comedia y tragedia, al presidente Turbay entre crimen y condecoración, y las víctimas de masacres como Las Delicias o los NN arrojados a ríos. En los 80 y 90, tras la toma del Palacio de Justicia y el reclutamiento de su hijo, sus óleos caóticos y serigrafías seriales gritaron el duelo: Retratos mudos por Gonzalo Rodríguez Gacha, Dolores por mujeres en guerra, y Auras Anónimas en columbarios del Cementerio Central, defendiendo la memoria contra la renovación urbana.
González no solo creó: FUE curadora, maestra, crítica de arte e historiadora del arte.

“Mi pintura no es irónica, sino con temperatura”, decía, aludiendo a paletas que pasaban de la vibrancia de la Sagrada Familia bumanguesa a tonos sombríos por la violencia. Exploró el «gusto» popular en Pasaje Rivas, transformando cromos, buses y páginas sociales en apropiaciones visuales que ironizaban lo desmedido de su sociedad. Exposiciones como Beatriz González: el segundo original validaron su genio: no copias, sino originales nacidos de reproducciones imperfectas, eco de un país negado a la cultura.
Su archivo personal rastrea artistas del siglo XX y heridas colectivas —asesinatos, desplazamientos, crisis venezolana—, proponiendo memoria repetitiva contra la indiferencia. Retrospectivas en Tate Modern (2015) y homenajes globales sellan su eco: una artista que hizo doméstica la historia, convirtiendo lo trágico en asunto de todos.
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