Un recorrido de color con Miguel Böhmer

Diners conversó con este artista caleño que expone hasta el próximo 25 de julio su más reciente trabajo en el espacio cultural La Casita, en Bogotá.

Visitar Colorem Echinometra, la más reciente obra de Miguel Böhmer, es sumergirse en el cuerpo de un erizo marino para tocarle el alma. Descubrir que su origen es el color y no otra cosa. Que su carne es tonos y matices. Rosa, naranja, fucsia, lila. Morados y azules que se hacen sombras y amarillos que revientan para dar luz.

Todos se traslucen y se vuelven ritmo. Los tonos fluyen y se hacen masa. Colorem Echinometra es una inquietud que el artista lleva resolviendo hace dos años.

Böhmer es caleño. Vivió y estudió artes en Bogotá y Nueva York. Su carrera ha transcurrido entre el arte y la moda. Desde hace quince años vive en París, pero pasa la mayor parte de su tiempo en Normandía, encerrado en un taller que él mismo construyó.

Desde allí explora los trucos del color. “En el arte es muy importante saber engañar al ojo”, dice cual mago, a sabiendas de que su lápiz, su varita mágica, es precisa, detallada y sofisticada. Desde su taller en la región costera, y para sus más recientes obras, estudia las figuras marinas. Con su varita les dibuja la piel. Les otorga superficie, erotismo y, por eso mismo, carne y fondo.

La exposición inicia con la sala vacía de entrada de La Casita, un espacio institucional creado por la colección de Simón y Maritza Chehebar, destinado a desarrollar proyectos de artistas colombianos. En la pared contigua se extiende un mosaico compuesto por círculos resinados, cada uno con la imagen de un erizo. “En esta repetición se ve el trabajo. Es como una insistencia. Es un énfasis, sobre todo, en lo que es el proceso y el ritmo de creación”.

Böhmer señala una de las 2.430 fotografías circulares pegadas a la pared. Imágenes base para los cuatro ejercicios de dibujo en gran formato. “Y eso es lo que quería. Que el espectador llegara e hiciera un análisis sobre el trabajo mismo para luego empezar la inmersión”.

LA INMERSIÓN

Para este dibujante es muy importante el espacio. “Cuando vine por primera vez a La Casita, de las cosas elementales para tener en cuenta era el lugar. ¿Cómo hacer esa articulación?, ¿cómo va a ser el recorrido de la exposición? La muestra son cuatro ejercicios de dibujo sobre los erizos y el mundo alrededor de ellos. ¿Cómo puedo construir y contarle al espectador sobre ese universo?”.

Böhmer atraviesa el mosaico inicial hacia un pasillo de color. El ojo vibra con paredes cuyos tonos son difíciles de nombrar. Azulmorado. Rojofucsia. Naranja Rojo. Con el recorrido inmersivo dice que pretende “revelar el tiempo que lleva hacer la obra”.

Después del mosaico inicial se pasda un pasillo de color. El ojo vibra con paredes cuyos tonos son difíciles de nombrar. Azulmorado, Naranja Rojo. Foto: Óscar Monsalve.


Quizás un tiempo simbólico. Y es que a medio camino del pasillo, las paredes se convierten en espejos reflejándose mutuamente y generando el juego del infinito. Una reiteración de color que nos permite establecer lo infinitesimal, o la idea de algo inmenso, en medio de un lugar estrecho. “Son las capas de colores enfrentándose”, explica, como quien quiere dimensionar su propio proceso.

LOS CUATRO DIBUJOS

Cuando uno emerge del corredor, de las capas y pliegues de color, aparece un objeto flotante dentro del lienzo circular. Del fondo del ala derecha de La Casita cuelga el primero de los cuatro dibujos de gran formato: el erizo rosa.

“¿Ves? Hay tanta información en los cuadros que uno necesita detenerse un rato, quedar en blanco y meterse en otro color”. Böhmer se acerca, se aleja y luego se desplaza hacia el erizo naranja, en el ala central. “Tú puedes desplazarte para estar con ellos, viéndolos y admirándolos. Cada uno es un ejercicio. El lápiz es el mismo, pero se expresa de maneras distintas”.

Luego camina hacia el tercero y lo compara con el anterior: “Esto es mucho más meticuloso porque acá no es dibujo, es el color que se convierte en forma. Este brillo y este valor me permiten comenzar a nivelar los azules. Esto se va repitiendo”. Incrusta el dedo en un surco del dibujo. “Vas organizando tu cuadro y eso va haciendo que tu ojo comience a saltar. En la medida que el ojo salta, está contento. Eso es teoría de color del impresionismo”.

Annelides 2010 Lápiz de color sobre papel. Foto: Óscar Monsalve


Luego se desplaza al erizo morado. Lo ve de cerca. “De repente hay este único campo de luz. Pero si uno lo mira más de cerca, uno comienza a entender que estos son en realidad tres puntos de luz. Uno, dos y mira. Aquí está la luz”. Señala las puntas del erizo.

Böhmer expresa el universo al que accede desde su oficio. Un círculo erizado y vacío en su centro. Una forma universal que se hace infinita en la textura y el detalle. Infinita como el eterno reflejo del espejo. “Nada tiene sentido y todo tiene sentido. El ojo tiene que encontrarse, dispararse, y descansar”.

Los erizos están dispuestos hacia los cuatro puntos cardinales. Cada uno sostenido en una lona cruda y tensada en un marco circular. El artista los dibujó en contra del movimiento de las manecillas del reloj y a menudo trabajaba dos o tres días seguidos, hasta las diez de la noche, sin estar seguro de lo que hacía.

“Al otro día lo veía y decía ¡ah, perfecto, esto es lo que necesitaba hacer! Uno está en piloto automático y solo puede creerle a lo que está viendo. Así de simple”.

LA ESCULTURA

A mediados de 2017, el artista comenzó el proceso escultórico de la Turritella terebra. Un caracol de bronce de 1,78 metros de altura y una de las pocas obras que realizó en Colombia. El caparazón de este molusco marino tiene un degradé de color que aumenta a medida que crecen sus bulbos.

El caracol, con su natural forma cónica, permanece suspendido como una plomada al fondo del ala central de la galería. “A mí me gusta cómo su forma evoca un péndulo y mide lo mismo que yo”, dice mientras pasa su mano por las líneas que la texturizan.

Todo es una respuesta tridimensional que el artista afronta. “Este tipo de caracol tiene ese mismo gusto por el degradé que tienen los cuadros de los erizos. La pátina que le da color y la línea son otras. Pero van de la mano con el resto de la exposición”.

Turritella terebra (izquierda), 2017, escultura en bronce. Y Oursin Étoile (derecha), 2017, Lápices de color sobre lino. Foto: Óscar Monsalve.


ÁLVARO BARRIOS

Colorem Echinometra, de Miguel Böhmer y Sin título, 1972, de Álvaro Barrios tienen la misma sutileza con la línea. La tinta negra y absoluta que Barrios usa para el cielo en contraste con distintos lápices y calidades de dibujo convergen en un universo onírico. “Ese universo, de alguna manera, es lo que estoy mostrando hoy. El universo alrededor de mi obra. Es desde ahí que yo converso con Álvaro Barrios”.

El lineamiento curatorial de La Casita, espacio dirigido y curado por Camilo Chico Triana, consiste en que el artista invitado dialogue con otro artista propuesto por el curador. Por eso, en cierto lugar del recorrido de esta muestra aparece Sin título, 1972.


Visión panorámica de Cólorem Echinometra. Foto: Óscar Monsalve.


“Yo me acerco al proceso de los artistas de una manera más visual”, afirma Chico. “Es un diálogo, un acercamiento. Nunca una pretensión de que el artista invitado tome al otro como referente”. Para Chico es importante ese reconocimiento del pasado artístico colombiano “y que el artista o el espectador reflexionen sobre los procesos que han ocurrido acá”.

Para Böhmer el color es un flujo que está en constante transformación y asegura que esta exposición es su universo. Foto: Camilo Ponce de León


LA EMERSIÓN

“Para mí el color es un flujo en constante transformación”, dice Böhmer mientras entra en el cuarto de salida de la exposición. “¡Mira! Estás parada aquí y se ve ese rosado frío”. Señala una esquina del corredor. “Y ese rosado es más cálido”. Señala la otra esquina.

El cuarto rosado es una instalación con dos paredes que exponen un díptico de dibujos en línea blanca sobre pergamino. Dos obras que Böhmer realizó hace ocho años y con las que alude al mundo imaginario que hay alrededor del ejercicio del dibujo.

“Decidí agregarlos a la muestra para enfatizar el diálogo con el maestro Álvaro Barrios”. Las líneas blancas que se traslucen con capas de pergamino, tocadas con algunos granos de escarcha, comparten el sueño profundo que también trabaja Barrios en sus dibujos.

Con su pelo gris y su ropa oscura, Böhmer lucía neutral ante los rosados eróticos del trasfondo del cuarto rosado. Sabe que es un mago y que Colorem Echinometra es su puesta en escena. Sabe, también, cuál es su bien.

“Esto que tú ves aquí es mi universo, y lo único que puedo hacer es una ponencia desde lo que tengo”. Dice, quien pasa días enteros en su taller y se embebe con el detalle infinito. “Considero que el artista contemporáneo es aquel que se apropia de su tiempo y esta es una ponencia desde el mío”.

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