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febrero 6, 2026
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¿Usted también sacrifica horas de sueño por diversión?

Este es un fenómeno psicológico que se ha intensificado en el mundo, sobre todo en aquellas personas que llegan tarde a casa buscando un poco de gratificación instantánea.
POR:
Óscar Mena

Hubo una temporada en la que negocié con mi mente un poco de diversión nocturna, en la que debía sacrificar sueño vital para rendir al día siguiente. Al principio mi cabeza aceptó, empecé a desvelarme con el videojuego Assassin ‘s Creed, conocí la Francia de la Revolución Francesa, así como las trincheras de los espartanos y atenienses. De esa forma sentí que le gané al tiempo y podía tener gratificación instantánea sobre todo un día de trabajo, cafés y reportes oficinísticos.

Lo que empezó como un inocente acuerdo de mi yo con mi otro yo, terminó en desvelos hasta las 3 de la mañana y una voluntad firme de espantar el sueño a punta de “instantes emocionantes” frente a la pantalla del televisor. Y el problema no fue el sueño, sino un cambio mental que pensé que se podía corregir con disciplina, al volverme a dormir temprano, pero no fue así, porque me encontraba desvelado sin una pizca de sueño, por lo que me puse a buscar qué debía hacer, no sin antes probar pijamas térmicas, pastillas para dormir y hasta ruido blanco. 

Era una cuestión psicológica

Después de buscar un par de semanas en internet y consultar con expertos, encontré algo que se llama Procrastinación por venganza a la hora de dormir, conocida en inglés como Bedtime Pprocrastination, un comportamiento en el que una persona retrasa de forma voluntaria el momento de irse a la cama aun estando cansada y aun sabiendo que al día siguiente deberá levantarse a una hora innegociable.

Este concepto comenzó a circular con fuerza en redes sociales en China bajo el nombre Revenge Bedtime Procrastination y después fue adoptado por investigadores del sueño y psicólogos que ya venían estudiando la procrastinación desde hace años. 

Por ejemplo, la investigadora Floor Kroese, de la Universidad de Utrecht, publicó uno de los estudios más citados sobre el caso en la revista Frontiers in Psychology, en el que demostró que muchas personas se van a dormir más tarde sin una razón externa que lo justifique y que este comportamiento se relaciona con dificultades en el autocontrol durante el día.

Años después, investigaciones de la Universidad de Stanford y de la Universidad de Harvard comenzaron a relacionar esta conducta con la cultura de la hiperproductividad y con la percepción subjetiva de falta de tiempo personal. Los estudios mostraron que cuando una persona siente que durante el día no tuvo espacios propios para actividades placenteras, aumenta la probabilidad de que intente recuperar ese tiempo por la noche a costa del descanso.

Esa descripción me resultó incómodamente familiar. Era todo lo que me estaba pasando, todo por no querer dormir temprano.

La sensación de que el día no fue mío

Detrás de frases que escuché en amigos y que repetí en voz baja, como por la noche es cuando realmente puedo focalizarme en mí mismo y hacer las cosas que no he tenido tiempo durante el día, se esconde un patrón que la psicología explica. 

Procrastinar en este contexto significa postergar el momento de acostarse y sustituirlo por actividades más agradables que dan una sensación de recompensa inmediata, aun cuando el cuerpo pide descanso.

Varios estudios encontraron que si una persona resistía los deseos de hacer cosas que le gustan durante el resto del día, más probabilidades tendría de retrasar la hora de acostarse. Cuantas menos actividades placenteras caben en la agenda diurna, más fuerte se vuelve la tentación nocturna de recuperar ese tiempo perdido.

Durante la pandemia esta tendencia se intensificó. Investigaciones publicadas en Sleep Medicine Reviews y en Journal of Clinical Sleep Medicine registraron un aumento en los trastornos del sueño asociados a rutinas laborales difusas, trabajo remoto y jornadas sin límites claros entre la vida personal y la profesional. Las líneas entre el trabajo, la escuela y el hogar se diluyeron, y muchas personas comenzaron a extender la vigilia como una forma de reclamar un espacio íntimo.

El círculo que se cierra sobre uno mismo

Claramente sufrí los días siguientes de esos desvelos. Cuanto más procrastino el sueño, más cansancio arrastro, menos efectivo soy, peor humor tengo y más fuerte se vuelve la necesidad nocturna de compensar un día que se sintió improductivo. Se forma un círculo vicioso en el que el robo de horas de descanso alimenta la misma sensación que me lleva a desvelarme.

La National Sleep Foundation recomienda entre 7 y 9 horas de sueño para adultos. Entre tanto, La American Academy of Sleep Medicine advierte que dormir menos de 6 horas de forma regular se asocia con mayor riesgo de depresión, ansiedad, obesidad y enfermedades cardiovasculares. Estos datos pesan cuando uno empieza a contar cuántas horas sacrificó en la semana por ese tiempo personal nocturno.

¿Cómo romper la venganza?

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La salida no pasa por la culpa, pasa por la planificación consciente del placer durante el día. Psicólogos del comportamiento proponen reservar espacios reales para actividades propias del mismo modo en que se reserva tiempo para comer o cumplir obligaciones familiares. Ese tiempo debe existir antes de que caiga la noche.

Revisar la agenda diaria y eliminar tareas que no aportan nada se vuelve un ejercicio necesario. También debe introducir actividades placenteras en la tarde, para que se reduzca el impulso de buscar venganza en la madrugada. 

Por otro lado, sirve también visualizar el beneficio de un buen descanso, porque eso ayuda a reconfigurar la relación con la cama como un espacio de recuperación y no como un espacio más en la rutina.

Es preferible mantener horarios regulares de acostarse y levantarse para tener una buena higiene del sueño. Incluso, algunos especialistas sugieren poner una alarma 1 hora antes de dormir para iniciar una rutina de desaceleración. Luces tenues, ducha caliente, respiración pausada y ausencia de pantallas preparan al cuerpo para el descanso.

Hoy, cuando siento la tentación de estirar la noche, recuerdo que esa rebeldía solo le hace daño a mi cuerpo y a mi mente. Es la única negociación que estoy dispuesto a perder, porque, al final de cuentas, no puedo vengarme de algo de lo que mi cuerpo no tiene la culpa.

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