Una monja que trabajaba en la cocina de un convento se enamoró de un proveedor de alimentos y decidió huir con él. Esa situación, escandalosa y controversial para una sociedad tradicionalmente religiosa, está representada simbólicamente en La huida del convento, una de las acuarelas más emblemáticas de la artista antioqueña Débora Arango.
Arango, que nació en 1907 y murió en 2005, dibuja con ese trazo potente y desgarrador a aquella monja despojada de sus hábitos. Está desnuda, en primer plano, y en el fondo se puede ver a un grupo de tres monjas cruzadas de brazos, sobre quienes cuelga un crucifijo.
“Ella retrata en esta forma unos desnudos en los que les da a los senos, a los pezones y al pubis el volumen que se merecen. Eso es lo que ella ve, lo que ella quiere comunicar y lo que no estaba permitido comunicarse en el momento; Débora fue la primera mujer en la historia del arte colombiano que pintó estos desnudos femeninos de esta manera”, cuenta María Constanza Toquica, directora del Museo Santa Clara, sobre la emblemática creación.
Esta acuarela le da nombre a la exposición compuesta por dieciocho obras de Arango que se puede visitar hasta el 1.º de marzo en el Museo Santa Clara y que nació gracias al trabajo conjunto entre el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) y el Santa Clara, que organizaron la muestra en homenaje a los veinte años del fallecimiento de la artista.
La exposición de Débora Arango

Las dieciocho piezas, que forman parte de la colección del MAMM, están organizadas en cuatro núcleos temáticos que abordan la relación de Arango con la educación religiosa y la vida conventual, sus reinterpretaciones del imaginario católico, la crítica a la Iglesia como institución, su mirada a la familia, la desigualdad social y las maternidades no idealizadas.
Arango, un emblema del arte plástico colombiano, se enfrentó en las décadas de los cuarenta y cincuenta a una sociedad dominada por los valores patriarcales, conservadores y religiosos. Su propuesta estética radical, a la que se sumaba un profundo conocimiento de la tradición religiosa —pues a Débora la educaron monjas salesianas—, fue rechazada y censurada por esa oligarquía dominante.
Por eso es tan impactante que su obra se exponga ahora en un espacio como el Museo Santa Clara, que desde el 2002 trabaja bajo una misma dirección con el Museo Colonial y que además tiene una profunda historia religiosa. De hecho, el Santa Clara está ubicado en el único fragmento que queda en pie de la antigua iglesia del Real Monasterio de Santa Clara, fundado en 1628 por el arzobispo Hernando Arias de Ugarte. La iglesia perteneció a la Orden de las Clarisas hasta el año 1863, cuando a estas monjas católicas las exclaustraron y les desamortizaron sus bienes.
“Los gestores culturales, directores de museos o curadores que en el presente tenemos claridad y conciencia de que a Débora la atacaron en su momento, tenemos el deber, hoy en día, no solamente de mantener su obra unida, sino de visibilizarla”, añade la directora del Santa Clara.
El diálogo entre la estética barroca del museo y las dieciocho pinturas potencia ese carácter contestatario de la obra de Arango, que aún hoy sigue confrontando ciertos dogmas establecidos. Para Toquica, ese es el gran poder de los artistas, cuyos mensajes son universales y atemporales.
Piezas para la historia

Desde esa mirada, se destacan piezas como Las monjas y el cardenal, un óleo sobre lienzo en el que seis religiosas rodean una jaula en la que está cautivo un pájaro cardenal de plumaje rojo, en clara alusión al doble sentido —religioso y animal— que encierra la palabra cardenal.
“Yo aprecio no solo la fuerza de su pincelada, sino también la maestría con que dibuja los gestos de los rostros de las monjas y la inteligencia y el humor para representar al cardenal que tienen en las manos. Esto demuestra que, en últimas, esas altas jerarquías eclesiásticas de la Iglesia están enjauladas y que muchas veces depende de las monjas que sean libres o no”, asegura la directora del Santa Clara sobre este cuadro, que Arango pintó en 1970.
Cerca de Las monjas y el cardenal está otra de las pinturas más reconocidas de la artista, Hermanas de la Presentación, un óleo sobre material de fique, hecho hacia 1940, en el que se destaca un grupo de monjas con sus enormes cofias e impecables vestidos, que están delante de un hermoso paisaje.
Varias de las otras pinturas descansan sobre paneles transparentes, una apuesta que para Toquica permite que la obra de Arango se integre orgánicamente al espacio, a sus retablos dorados y a todo este ornato barroco.
“La muestra me gusta mucho por la tensión estilística que crea entre unas obras y otras, pero también porque esas imágenes hieráticas sí tienen un halo de santidad y de conexión con lo espiritual de la religión católica”, añade.
La iglesia católica y Colombia
La directora del museo resalta, por ejemplo, la interlocución que se genera entre la escultura en madera de santa Clara de Asís y la acuarela sobre papel La mística, de Arango, que está localizada debajo de la escultura y que retrata a una monja que se ha despojado de sus ropas.
“El otro día, que veía a santa Clara encima de La mística, decía: ‘Santa Clara la está cuidando, protegiéndola en su indefensión’. Y en últimas, cuando la gente acude a estas imágenes religiosas tradicionales del catolicismo, lo que quiere es aliviar su sufrimiento humano”, argumenta Toquica.
Algunas de las obras de Arango también comparten espacio con piezas de la colección colonial del Santa Clara, con lo que se establece otro contraste entre estéticas y formas de concebir el mundo. Es así como las representaciones tradicionales de san Francisco de Asís y de la expulsión del paraíso se contraponen a las pinturas en las que Arango plasma su visión sobre esos mismos motivos.
Por otro lado, la artista antioqueña también se contrapuso a ese modelo familiar católico y tradicional con obras como Familia, óleo sobre lienzo de 1951, en el que representa con esas pinceladas tan cautivantes como dolorosas a una familia tirada en la calle, en unas condiciones devastadoras.
“La huida del convento no es solamente la anécdota de la mujer que huye del convento: es la huida de la mujer del patriarcalismo, es lo que representa Débora para la historia del arte colombiano y lo que significan ese gesto y esa actitud para las mujeres colombianas y para las mujeres en general”, finaliza Toquica.
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