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enero 27, 2025
Estilo de vida Viajes

Tras los pasos de García Márquez: un viaje real a los pueblos de Macondo

Ciénaga Mágica es una agencia de turismo local enfocada en el ecoturismo y el turismo comunitario, en la que trabajan principalmente mujeres de la región. Uno de los tours que ofrece es el que sigue los pasos del escritor Gabriel García Márquez.
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Revista Diners

Esta historia empieza por el final, con el silencio de las tumbas, un sonido particular, distinto, quizá porque el mármol reprime cualquier eco. Ese silencio es aún más profundo cuando es el del cementerio de un pueblo al caer la tarde y todos los lamentos de quienes quedan en este mundo se han ido.

El guardia nos espera para cerrar. “Denos unos minutos, por favor”, le digo. Cerca de la sierra cae una leve llovizna que, con la luz del atardecer, genera un arcoíris que enmarca un ángel en mármol tocando una trompeta. Estamos en el cementerio San Miguel de Ciénaga (Magdalena), más conocido como el cementerio de los ricos.

—Lo logramos —le digo a María Eugenia Aguas.  

—Sí, vengan les muestro dónde es —señala la joven de veintiún años mientras camina entre las tumbas.

La mujer que inspiró a Remedios, la Bella

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Foto: Camilo Medina Noy.

En medio de las cuadrículas irregulares de las tumbas, en una esquina cualquiera del primer corredor, María Eugenia señala hacia un sitio específico y dice: “Acá está enterrada quien inspiró a Gabriel García Márquez para retratar a uno de los personajes más icónicos de Cien años de soledad: Remedios, la Bella”.

La joven saca de su bolso el ejemplar de este libro y lee: “Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la Bella, empezaba a elevarse (…)”. 

El nombre allí grabado es Rosario Barranco, quien falleció el 1.° de noviembre de 1956. Según la poca información que hay sobre Rosario, fue la primera señorita Magdalena para el Concurso Nacional de Belleza de Cartagena en 1933-1934, celebrado en la ciudad de Ciénaga. O, por lo menos, así lo dice un recorte de periódico con una foto de ella en la que, aunque en sepia, se alcanzan a vislumbrar rasgos finos y bellos.

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Foto: Camilo Medina Noy.

Ciénaga es realismo mágico. La misma María Eugenia explica que es “la magia que tienen las situaciones cotidianas que experimentamos nosotros día tras día”. Y es que sin duda Gabo fue un hombre con una inmensa imaginación, pero no tan inmensa como se podría uno esperar al leer solo sus libros y no saber nada más sobre él, porque cuando uno empieza a seguir sus pasos se encuentra con que las historias que él retrató están ahí.

María Eugenia es guía de Ciénaga Mágica, una agencia de turismo local enfocada en el ecoturismo y el turismo comunitario creada por John Castillo. En esta agencia trabajan principalmente mujeres originarias de estas tierras, sobre todo de Ciénaga y sus alrededores, con el objetivo de combatir el machismo y darles una oportunidad laboral a mujeres que culturalmente están destinadas a tener hijos desde muy jóvenes y a dedicarse a labores del hogar. 

En particular, María Eugenia siempre fue muy aplicada en el colegio; sin embargo, cuando entró a la universidad, a los quince años, se comenzó a sentir desmotivada. Fue entonces cuando llegó el turismo y la rescató.

Las huellas de la masacre bananera

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Foto: Camilo Medina Noy.

Primero pasamos por Prado Sevilla, más conocido como la villa de los gringos. Un corregimiento que en su momento fue más un conjunto residencial en el que la United Fruit Company tenía a sus empleados de cargos más altos, en su gran mayoría extranjeros.

Allí nos recibe don Jorge Leal Molina, representante legal del Museo Prado de Sevilla. Este señor, de 67 años, vive en una casa que heredó de su familia, donde, según él, hay cinco fantasmas: “Yo los conté”, asegura, porque incluso debajo del piso de la época que aún conserva intacto hay un tesoro de millones de dólares que escondió allí “el duro de los duros” de la compañía, antes de las protestas de los trabajadores.  

—¿Por qué no lo desentierra? —le pregunto.  

—No quiero dañar el piso —dice el hombre, parado sobre el sitio donde se encontraría el tesoro. Incluso afirma que a un lado de la casa, debajo de la ventana, hay unas monedas de oro escondidas.

Y como muestra del horror que vivió esta tierra en épocas de la United Fruit Company, don Jorge sostiene que debajo del césped plantado al frente de su casa hay restos de los trabajadores que murieron durante la masacre bananera.  

—Nos tenemos que ir —dice María Eugenia.

Arrancamos hacia Aracataca. Gabo cuenta en su autobiografía Vivir para contarla que él se fue de donde nació a los ocho años, y solo regresó a los veintidós, cuando su mamá apareció un día cualquiera en la Librería Mundo, en Barranquilla, y con un “Soy tu madre”, le pidió que la acompañara a vender la casa.

“—No tuvo que decirme cuál, ni dónde, porque para nosotros solo existía una en el mundo: la vieja casa de los abuelos en Aracataca, donde tuve la buena suerte de nacer y donde no volví a vivir después de los ocho años —narra el escritor en su libro”.

Aracataca no se llama así  

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Foto: Camilo Medina Noy.

“—¡La estación! —exclamó mi madre—. Cómo habrá cambiado el mundo que ya nadie espera el tren —recuerda Gabo que dijo su madre, Luisa Santiaga Márquez, cuando llegaron a Aracataca a vender la casa”.

—La estación —dice María Eugenia.

Allí nos espera Darlys Cáceres Herrera, guía de Macondo Tours. Es mediodía, la misma hora a la que Gabo y su madre llegaron hace décadas.

Aracataca no se llama así; de hecho, sus habitantes le dicen Cataca.  

—Su nombre no es de pueblo, sino de río. Se dice ara en lengua chimila y cataca es la palabra con la que la comunidad conocía al que mandaba —cuenta Gabo.

Que Aracataca sea uno de los Macondos sí ha sido una brisa, una brisa para personas como Darlys, una madre soltera que buscaba distintas formas de sacar adelante a su familia, que nació en Aracataca porque su familia fue desplazada de su finca por el conflicto, hasta que el turismo se le apareció en la vida.

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Foto: Camilo Medina Noy.

Llegamos a la plaza principal, donde está la iglesia en la que bautizaron a Gabo.  

—Fue monaguillo, pero lo expulsaron porque era un niño inquieto —cuenta Darlys, mientras mira, al frente del templo, una escultura en bronce del Nobel con las dos piernas.  

¿Y por qué hacer énfasis en lo de las dos piernas? Porque, hace unos años, una de las piernas de bronce desapareció. Cuenta Darlys que, luego de una minuciosa investigación, las autoridades descubrieron que un hombre iba todas las noches con una segueta y poco a poco amputaba al Nobel, hasta que por fin pudo arrancar la pierna.  

—La terminó devolviendo —explica.

Detrás de la iglesia está la Casa del Telegrafista, declarada patrimonio histórico y cultural de la nación en 2017, y el lugar donde trabajó Gabriel Eligio García Márquez, desde donde le enviaba cartas de amor a Luisa Santiaga, a quien sus padres sacaron de Aracataca para evitar ese amor voraz. La historia del amor de sus padres, con el tiempo, se convirtió en la quinta novela de Gabo y en quizá su libro más hermoso, El amor en los tiempos del cólera.

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Foto: Camilo Medina Noy.

De ese amor también llegaría, por supuesto, Gabriel José de la Concordia García Márquez el domingo, 6 de marzo de 1927, a las nueve de la mañana, en medio de un aguacero torrencial.

Estamos en la casa donde nació, esa casa que él y su mamá llegaron a vender, pero ahora es una casa que ya no era.

—Mi madre, petrificada en el umbral, exhaló una exclamación terminante: “¡Esta no es la casa!”.

Hoy es la Universidad del Magdalena la que mantiene en pie esta réplica de lo que fue la casa de Gabo, reconstruida de acuerdo con la descripción hecha por García Márquez en el texto de Vivir para contarla. Sin embargo, por más válido y emocionante que sea recorrerla, hay que citar aquí a Luisa Santiaga:  

—La casa no se vende —dijo—. Hagamos de cuenta que aquí nacimos y aquí morimos todos.

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