Al abrir la puerta de su apartamento, mi mirada se dirige de inmediato a una cortina tradicional japonesa, o noren, que tiene la figura grande de un maneki-neko, o gato de la suerte, protagonista en la buena fortuna nipona.
Como si estuviéramos a 14.300 kilómetros de distancia, la cortina de pronto se abre por la mitad y sale una mujer que nos saluda y nos sonríe mientras se ajusta el delantal en su pequeña cintura. Por primera vez, mis amigos y yo asistíamos a un baking club de la colombojaponesa Gloria Suzuki.
La sala-cocina-taller de producción de la joven pastelera es un espacio que transmite calidez, quizás por el suelo de madera o las plantas que cuelgan delante de su ventana. Cada cuchara, cada plato, cada vela hace que esta experiencia culinaria se sienta diferente, tal vez porque, paradójicamente, el último objetivo es cocinar. Más bien es celebrar, es conversar, es hacer una pausa, es reencontrarse para conectarse. Es ponerse un delantal y unas pantuflas para sentirse cómodo y dejarse ir en la palabra mientras las manos amasan, pican, envuelven, prueban o simplemente sostienen una copa de vino si así lo desean.
Cada baking club es diferente, pero en general sigue la misma estructura: los asistentes participan en la preparación de una entrada, un plato fuerte y un postre. Son recetas sencillas en ejecución, pero sorprendentes en su composición y sabor. Gloria explica y acompaña, con paciencia y la dulzura propia de una pastelera, a los que se animan a ser cocineros y reposteros en las tres horas que dura el encuentro.
Su nombre y su aspecto evidencian el encuentro entre dos culturas hace 36 años. En la década de los ochenta, la mamá de Gloria vivió durante ocho años en Asia, en su mayoría en Japón, donde conoció al señor Suzuki.
Aunque nunca se vieron personalmente, la joven y su padre siempre estuvieron en contacto, y desde la distancia él la apoyaba económicamente. Este año, Gloria viajó por primera vez a Japón para conocerlo y, de paso, presentarle el astro que desde hace cuatro años ilumina sus días: Amelia, su hija.
Gloria creció en Colombia, más exactamente en Ibagué. Le encanta comer lechona y conoce los mejores sitios donde la venden. Come tamal en la plaza, y cuando regresa de visita no se pierde los mojicones de La Gogo.
“Siempre ha existido en mí esa dualidad de cómo exploro lo colombiano y lo japonés. Soy de Ibagué, toda mi vida viví allí hasta que me gradué del colegio, a los quince años, y a los dieciséis empecé a estudiar odontología”, recuerda.
Del consultorio a la cocina

Luego de graduarse, Gloria trabajó durante varios años en una base militar y en varias clínicas de Bogotá. Cuando sintió que era hora de especializarse en algún campo de su carrera, supo que eso no era lo que quería para su vida y comenzó a contemplar un cambio de profesión.
“Recuerdo que trabajaba por los lados de Unicentro y me quedaba muy cerca la Mariano Moreno de la 127. Un día decidí hacer los cursos de amateur, esos a los que uno va un día a la semana, pues antes de lanzarme al vacío quería ver si ese era el camino”, dice.
Poco a poco, como esos pasteles que necesitan tiempo para alcanzar a estar esponjosos, llegó el día en el que Gloria reconoció que el ejercicio de la odontología no la hacía feliz y prefería continuar con el trabajo manual, pero en la cocina. Así, en 2017 renunció definitivamente a los consultorios y se lanzó a estudiar la carrera técnica de pastelería y a empezar una nueva, pero más rica, receta.
“La odontología y la pastelería tienen cosas muy manuales. Son muy parecidas, solo que en una escala más grande. La parte técnica de precisión es muy similar, así como la delicadeza con los materiales, los ingredientes y la textura”, asegura.
Para graduarse, la joven hizo pasantías en el grupo Seratta y luego estuvo con el chocolatero Serge Thiry, hasta que se fue a vivir a Los Ángeles con su pareja de aquel entonces, pero llegó la pandemia y, con ella, el regreso a Colombia. Posteriormente, vino la maternidad. Cuando su hija tenía dos años de edad, una crisis por su divorcio la impulsó a iniciar su propia aventura pastelera.
Una pausa llamada baking club

Inspirada en varias referencias de pasteleras poco convencionales de Nueva York, como Laila Gohar y Sophia Roe, en abril de 2024 decide convertir la sala de su casa en un espacio para sanar a través de la cocina. “El formato de la clase convencional siempre me pareció un poco harto porque es uniforme: luz blanca, el mesón…, y para mí todo se trata del ambiente, de la vibra, del espacio”, afirma. Al entrar a su apartamento, se puede sentir, ver, oler, escuchar y, por supuesto, probar, su herencia japonesa en el cuidado de cada detalle.
En nuestro encuentro, Gloria compartió su amor por la cocina por medio de dos recetas: uvas asadas con jamón serrano crispy sobre unas tostadas de semillas y parmesano (de sal), y galletas de piña, caramelo y cremoso de yogur (de dulce). Cada receta resultó tan única como deliciosa.
“Acá realmente la gente se desconecta con la música, la luz tenue, que generan un entorno que permite que las personas se relajen, disfruten y se conecten con el alimento desde otro lugar. Quizás también al prepararlo desde cero les sabe superrico y se llevan una receta nueva para la casa”, comenta.
Encima de la chimenea reposa un tambor en el que se puede leer la frase bordada “Hornear para matar la ansiedad”, que le hizo su amiga Mariana Aranzazu, de Desborde.
Para Gloria, tanto en la pastelería como en la vida “los tiempos son los tiempos, las masas se estresan, las masas se relajan”. Todavía recuerda la calma que sentía cuando preparaba sus primeras tortas de limón; eran momentos en los que los pensamientos intrusivos se iban y se involucraba con el presente. “Mientras más me apegué a hornear y a la pastelería, más pude salir de ese momento de vida tan retador”, asegura.
Comenzó con una batidora, un horno y una máquina de café, y ahora el espacio ya está repleto de implementos para toda clase de preparaciones; incluso ya tiene una auxiliar de pastelería que la ayuda en cuestiones técnicas y a Solecita, quien se encarga de los platos, las bebidas y de todo lo que se ofrezca.
Entre Japón y Colombia

“Siento que la pastelería me ha permitido apropiarme de mis raíces japonesas y vivir mi ‘japonesidad’ en la medida en que lo pueda hacer, mucho o poco, y me gusta. Me parece muy chévere ese diálogo japonesa-colombiana, de odontóloga-pastelera, y ahora de pastelera-cocinera, porque también estoy empezando a cocinar mucho más”, sostiene.
Puede que su japonés sea básico o que haya visitado el país de su padre una sola vez, pero su herencia oriental va mucho más allá de lo evidente: ella la nota en su sentido de la responsabilidad, en su necesidad de tener siempre un método, en su ser autodidacta y su deseo de buscar ser mejor. “Hay un comentario que recibo mucho en mis postres: ‘Me sorprende que no sea tan dulce’, pero es que los postres japoneses no son así”.
Por otra parte, su lado más colombiano sale cada vez que abraza a su hija y le dice que la ama sin ninguna pena, cuando le prepara un merengón a su madre —el postre favorito de Gloria— o cada vez que hace una “prueba de producto” buscando un cuero crocante de lechona en el Espinal.
El encuentro de Oriente y Occidente en sus recetas es inevitable y se ha convertido en la característica más importante de su cocina: como cuando pone sobre una hoja de bijao cuajada con longaniza de Sopó y una salsa a base de gochujang, jengibre y chile”.
“Cuando fui, lo primero que le dije a mi papá fue ‘muéstrame todos los postres tradicionales de acá; yo quiero los típicos’. El que más me gustó fueron los Jian dui, una masa de mochi frita china-japonesa, rellena de anko, que es como la pasta de fríjol que ellos utilizan para los dorayakis y demás”, comenta.
Precisamente, en esa experiencia con su padre en Japón, encontró la inspiración para crear la carta de postres de Antenna —restaurante y rooftop en Bogotá—. “Felipe, que maneja todo el tema de cocina, me dijo: ‘Tienen que ser sabores japoneses, pero que en Colombia se entiendan, porque tú sabes que hay cosas de allá que acá no funcionan”. Entonces salieron los mochis fritos con ajonjolí blanco y negro, una especie de buñuelo relleno con una pasta de arequipe o toffee de panela.
Cocinando el futuro
Los platos de Gloria Suzuki ya han compartido mesa en pop-ups de restaurantes como Salvo Patria, Pedro Simón, Siga o El Pantera. Su mezcla de sabores colombo-japoneses les ha dado un toque culinario alternativo a las celebraciones de varias marcas de moda y de música.
En su taller no se desperdicia nada. Si queda algún ingrediente después de un evento, lo incorpora en nuevas preparaciones para sus clases o lo consume en casa hasta terminarlo. Tras casi un año realizando los baking clubs, Gloria sueña con recopilar los menús de sus sesiones y las historias que ha escuchado de quienes los cocinan.
Aunque le fascina el rush de la cocina, asegura que prefiere vivirlo en dosis moderadas. Por ahora, lo único que tiene claro es que se quiere mover en un contexto un poco fuera de la cocina tradicional. Espera que la vida la sorprenda, pero mientras tanto se prepara para irse a finales de enero a una residencia en Santa Teresa (Uruguay).
“Es el lugar de mis sueños. Fui hace como dos años a Buenos Aires y quedé enloquecida con pasteleras argentinas talentosas, como Chula Gálvez y Olivia Saal. Allí descubrí Mostrador Olivos, y como soy muy ñoña, me puse a investigar todos los mostradores que hay en el mundo y el original es Santa Tere (los mostradores son barras o mesas donde se colocan diversos platos para que el comensal elija lo que quiere probar). Ahora se me dio la oportunidad de estar allá para el cierre del verano. Estoy superemocionada porque para mí es como mi París, es mi Francia”.
Gloria lucha con su ser japonés controlador y quiere creer —quizás aludiendo a su espíritu colombiano— que, en la medida en que confíe, las cosas irán llegando en el momento justo.
“Antes me dolía que no salieran las oportunidades, y hoy en día, que ya me salen, veo que en aquel entonces yo no estaba lista para todo lo que implicaba esto en cuanto a disciplina, madurez, habilidades y muchas cosas más. Ahora, siento que cada vez estoy más lista”.


