A menos de dos horas de Bogotá, donde la selva de concreto da lugar a la naturaleza, aparece este desierto oculto que pocos se imaginan tan cerca de la capital. En la vereda Checua, municipio de Nemocón, existe un ecosistema de arenas y cañones erosionados, formando un escenario que rompe con el paisaje verde del altiplano cundiboyacense. Allí el sol y el viento son esenciales para mantener este lugar, que según expertos en medio ambiente está condenado a desaparecer. Vea también: Siete desiertos a los que debe ir al menos una vez en la vida El lugar se conoce como Desierto de Checua o Desierto de la Tatacoita. Su nombre aparece en algunas guías de turismo alternativo y en boca de quienes ya han caminado entre sus formaciones rocosas. La mayoría de habitantes de la capital desconoce su existencia. El trayecto desde el centro de Bogotá hasta el lugar puede tomar cerca de dos horas, donde tiene que tomar la autopista Norte hasta Zipaquirá, después se continuar hasta Nemocón y desde allí acceder a la vereda en transporte particular o en moto taxis que conectan el pueblo con el acceso al desierto.
El costo de los desplazamientos cambia según el medio elegido, aunque lo más cómodo resulta llegar en vehículo propio. Un desierto privado Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida (@lunadeicy_01) El desierto está en una propiedad privada y su acceso requiere reserva a través de su página web . La entrada tiene un valor de $30.000 pesos y el parqueadero de $7.000. Al llegar, un grupo de guías organiza a los visitantes y prepara la caminata. El camino es plano y sencillo. Son siete kilómetros entre ida y regreso, un recorrido que permite observar la transición del paisaje rural hasta los cañones arenosos. La caminata funciona como una excusa para contemplar la formación de un lugar que parece ajena a la sabana. Aquí, las formaciones del desierto se elevan como murallas moldeadas por el viento y el agua.
Los cañones presentan tonalidades amarillas que cambian con la luz del día. En los senderos aparecen grietas, dunas pequeñas y corredores que recuerdan un laberinto natural. La experiencia resulta propicia para detenerse a observar cómo la erosión ha trabajado durante siglos y cómo la naturaleza conserva una belleza austera. Más allá del paisaje, el desierto guarda un ecosistema particular. Entre la arena y las piedras crecen árboles de especies únicas, muchos en peligro de extinción, como es el caso del estoraque, conocido por tener una corteza que sirve para producir perfumes y bálsamos para la piel. Por otro lado, las aves rapaces sobrevuelan el lugar en busca de presas pequeñas. Entre los arbustos se mueven mamíferos discretos, como el zorro cangrejero, que han aprendido a vivir en un ambiente seco. Para los visitantes, este contraste se convierte en una lección sobre la fragilidad de la vida en condiciones extremas. El recorrido de la contemplación en el desierto Checua Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida (@lunadeicy_01) Se trata de un espacio para mirar con atención, para percibir detalles que a simple vista pasan inadvertidos. Las caminatas con guías son esenciales porque permiten comprender el valor del lugar. Existen operadores turísticos que ofrecen experiencias adaptadas a distintos niveles. Una de ellas es una caminata corta pensada para familias con niños.
Otra propone un reto físico de seis horas en el que se descubren rincones apartados del desierto. El objetivo es aprender a respetar los límites de un ecosistema que enfrenta amenazas por la presión humana. También podrá ver hallazgos de comunidades muiscas, fragmentos de una historia ancestral ligada al territorio, gracias a su cercanía con Nemocón y sus minas de sal, que forman parte del mismo relato, en el que la geología y la cultura se cruzan. Tan solo basta ver los fósiles encontrados en la zona para entender la transformación del paisaje durante millones de años. De esta forma, poco a poco el desierto Checua se convirtió en un destino de ecoturismo, con fotógrafos, excursionistas y familias que lo visitan durante los fines de semana. Un plan de escape de la ciudad Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Sara Ballén (@sarart_sb)
El visitante encuentra un ambiente que lo aparta del ruido de la ciudad. El silencio domina el espacio y solo se rompe con el sonido del viento. La experiencia se intensifica en las horas de la tarde, cuando el sol desciende y las sombras se alargan sobre los cañones. Muchos viajeros esperan ese momento para capturar fotografías que resaltan la textura de la arena y el contraste de colores. El futuro del desierto depende de la forma en que se gestione su visita. El ingreso controlado y la presencia de guías buscan proteger un ecosistema que se encuentra en riesgo. La presión turística puede alterar el delicado equilibrio de flora y fauna. El Desierto de Checua representa un hallazgo inesperado en el corazón de Cundinamarca. Su carácter semiárido lo convierte en un testimonio de la diversidad de paisajes que existen en Colombia. Caminar entre sus arenas es un recordatorio de que la naturaleza guarda secretos a pocos kilómetros de las ciudades más grandes.



