El segundo amanecer del Festival Cordillera 2025 se alzó sobre Bogotá con una promesa distinta. El aire fresco del parque Simón Bolívar guardaba todavía el eco de la jornada anterior, pero ya se sentía el murmullo de lo que venía adelante: un rumor de guitarras, banderas y voces dispuestas a dejarse arrastrar por una nueva oleada de música latinoamericana. En las montañas cercanas, las nubes se amontonaron como testigos silenciosos, y mientras los asistentes trepaban de nuevo las lomas del parque, ya estaban listos los preparativos de una peregrinación sonora que cruzaría territorios tan dispares como la nostalgia argentina, la irreverencia funky del Río de la Plata, la melancolía chilena, el pop mexicano y la resistencia eterna del rock rosarino. Diners se dejó guiar por esa corriente y hoy le contamos con qué nos encontramos. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Revista Diners (@dinersrevista) La primera gran sacudida de la tarde vino con el regreso de Serú Girán en las voces de David Lebón y Pedro Aznar, dos pilares de un grupo que marcó la historia del rock en español y que ahora, sin Charly García, se siente más como un acto de memoria que como concierto. Cada acorde llevaba consigo la sombra de ese genio ausente, y cada pausa era un espacio de respeto a quien transformó la manera de entender la música en la lengua castellana. Cuando sonaron piezas como Desarma y Sangra , el parque entero se recogió en un silencio reverente, como si los miles de cuerpos congregados hubieran entendido que esas letras escritas en los años de la dictadura argentina se siguieran cantando con la misma vigencia. Luego, el cierre tuvo un gesto inesperado, pues Carlos Vives apareció en el escenario para sumarse al homenaje, y en ese abrazo entre rock argentino y colombiano se selló un puente simbólico que solo puede darse en escenarios como este.

Foto: Mar Triana García.
Pero eso no fue todo, porque a esa comunión de memoria le siguió la energía inconfundible de Los Bunkers , los chilenos que han sabido convertir la melancolía en un canto de disfrute como pocos. Apenas comenzaron los primeros compases de Una nube cuelga sobre mí , las voces se multiplicaron hasta rebotar en todos los árboles del parque, y en ese clímax, Álvaro López, su vocalista, sacó una marioneta de Bodoque, el entrañable personaje de 31 Minutos , para que diera el grito final en un guiño lúdico que encendió la complicidad de los fans tanto de la serie como del conjunto musical. La banda de rock alternativo agradeció estar de nuevo en Bogotá y celebró ver flamear banderas de México, Perú, Ecuador, Chile y Colombia, como si cada trapo de colores tejiera un mapa unido en torno a la música. Y cuando sonaron himnos como Llueve sobre la ciudad o Bailando solo , quedó claro por qué Los Bunkers son hoy uno de los nombres más queridos de la escena latina del género.

Foto: Mar Triana García.
Ya con el sol bajando y la multitud ardiendo, irrumpieron en el escenario Cordillera Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur, el icónico dúo de Illya Kuryaki & The Valderramas , con un torbellino de funk y desenfreno visceral. El ambiente se alteró desde la primera rima: los fans comenzaron a moverse sin control, y el dúo argentino, tan provocador como siempre, se entregó a una coreografía de baile eléctrico donde la selección de canciones parecía una invitación a dejar la timidez de lado. Resonaron canciones como Chaco para recordar los orígenes de su propuesta, y se fundieron en la fiesta desbordada de Ula Ula , que convirtió al parque entero en pista para “echar un paso”. En un momento hicieron una pausa para dirigirse al público, y confesaron que “Colombia es nuestra segunda casa. Hace muchos años construimos juntos esta casa, y ahora todos están invitados a tomar el té en la casa del jaguar”. De inmediato arrancó Jaguar Hous e. Y porque todos lo estaban esperando, llegó el turno de A mover el culo , polémica desde su estreno en los noventa, pero imposible de resistir: miles bailaron como si su vida dependiera de ese movimiento de caderas, y lo hicieron entre risas y complicidad. Sin embargo, nadie estaba preparado para Abarajame , canción con la que los músicos salieron con la camiseta de la selección Colombia y dedicando un afectuoso saludo al Pibe Valderrama, una postal de hermandad que desató otra ovación aún más grande.

Foto: Mar Triana García.
Luego de la locura Funky, el relevo vino con Belanova , que trajo un cambio de ritmo y de atmósfera hacia un espacio más íntimo y confesional. Denisse Guerrero apareció envuelta en luces suaves, y entre canciones recordó a esa amiga a la que tanto extraña antes de interpretar su más grande hit: Como la flor, de Selena. Después, confesó que la música ha sido siempre su confidente, su refugio en los días más difíciles, y presentó No me voy a morir con la vulnerabilidad de quien abre el corazón ante miles de personas. Se refirió acerca de la gratitud diaria, de cómo el amor cercano sostiene las jornadas, y reveló que bajo ese pensamiento creó Por ti , una canción que sonó como un mantra de agradecimiento a todos aquellos que nos llenan de amor desinteresado. Y por supuesto, Rosa Pastel , clásico de clásicos para recordar que el pop latino también sabe ser poesía que trasciende modas.

Foto: Mar Triana García.
La noche avanzó y ya estábamos listos para dejarnos arrastrar por otra ola de clásicos. Zoé , la banda mexicana que convirtió el rock alternativo en una especie de religión laica para toda un continente, apareció con su atmósfera de luces hipnóticas y psicodélicas. Cuando comenzó Azul , el parque entró en trance, un vaivén de gritos de admiración que parecían flotar bajo las primeras gotas de lluvia de la jornada. Labios rotos desató una de las ovaciones más largas de la jornada, Arrullando estrellas funcionó como un conjuro cósmico en medio de ese cielo que comenzaba a cerrarse. El público coreaba “oe oe oe, Zoeee Zoeee” con una devoción que recordaba a los estadios de fútbol, y esa pasión reforzó la sensación de que todos nos encontrábamos en un verdadero ritual.

Foto: Mar Triana García.
Finalmente, como broche de oro y tras varias horas de espera, llegó el turno de Fito Páez, quien entró con la energía a tope interpretando El amor después del amor . Uno podría pensar que el cielo no fue capaz de contener tanta intensidad porque en adelante la lluvia ya no se contuvo. Pero el artista, sin dejarse derrotar por la lluvia, se sentó ante el piano y entonó Llueve sobre mojado . “Te vamos a ganar lluvia, no vas a caer aquí”, gritó, y en ese pulso entre música y tormenta como público nos dejamos llevar. Sin perder el momento, La rueda mágica empezó a andar las calles de la capital para dar paso a Circo Beat con lo que Fito denominó “el circo más sexy del mundo». Pero también hubo minutos de melancolía cuando se apagaron las luces y sonó Brillante sobre el mic, o cuando dedicó Ciudad de pobres corazones al que él definió como un país que no se cansa de luchar por construir una sociedad donde prima el deseo por la paz.

Foto: Mar Triana García.
Entre pausas, Fito habló de nuestra búsqueda eterna por la libertad, de cómo el amor lo cura todo, de cómo es capaz de romper cualquier hechizo maligno. Y cuando parecía que no podía haber un cierre más emotivo, la banda soltó sus instrumentos, los micrófonos se apagaron y el cantante pidió al público seguirlo en Y dale alegría a mi corazón . Bajo la lluvia, cientos de voces formaron un coro que hizo vibrar el parque entero. “Y ya verás. Las sombras que aquí estuvieron no estarán” cantamos. El segundo día del Festival Cordillera 2025 terminó así, con el corazón emparamado, los pies rendidos y un recordatorio de que la música hecha en nuestra lengua sigue siendo el lugar donde caben todos. Al llegar a casa y tocar el colchón de la cama, retumban en la memoria los ecos de esos artistas conocidos a lo largo de este fin de semana, así como la certeza de que esta es una experiencia que hay que volver a vivir. También le puede interesar: Murga, flamenco y protesta: así se vivió el primer día del Festival Cordillera 2025


