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mayo 15, 2019
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Ernesto Samper, el hombre antes del proceso 8000

Conozca al Samper que retaba a sus amigos a un duelo de comida, el que hacía guerras de almohadas con sus hijos y el que dejaba que mascota influyera en sus decisiones personales.
POR:
Juanita Samper Ospina

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 238 enero 1990

Es él quien siempre toma la iniciativa en la guerra de almohadas. Parece entonces el menor de sus propios hijos. Y, entre gritos y risas, lo hace con el mismo entusiasmo con que emprende un debate en defensa de la reforma urbana ante el Congreso; con la misma alegría irresponsable que lo llevó a conducir, a los doce años, el carro de su hermano mayor mientras este perseguía al menor por los estribos exteriores de la máquina en marcha; con la misma concentración con que analiza uno de los complicados libros que conforman su biblioteca.

Cuando Ernesto Samper era un universitario, simpaticón y con menos kilos encima, recorría toda la casa repitiendo las definiciones de oferta y demanda, extrayendo indescifrables conclusiones y repasando principios jurídicos.

En esos momentos todos creían que sus deseos de ser presidente de la República eran serios. Pero desconcertaba. Porque luego de los disciplinados ratos de estudio, era capaz, por ejemplo, de retar a sus amigos a un duelo de comida en el que podía arrasar sin problema con todo lo que encontrase. Hoy en día nadie duda de sus aspiraciones, aun cuando, luego de sentarse en su escritorio durante horas a escribir concienzudamente un discurso con la única compañía de Beethoven en el fondo, salga a organizar entre sus hijos un concurso cuyo triunfador sea aquel que logre cubrir con mermelada la cara del vecino…

Y si bien nadie lo ha derrotado en este tipo de juegos tampoco lo han vencido en materia de amor por los animales. Su cama de niño sirvió a Chechi, la gata blanca y negra que era su mejor amiga, como sala de partos y como funeraria.

Más de una camada, valga la expresión, nació sobre las cobijas de Ernesto. Y más de un gatico murió allí mismo, cuando su fortaleza de sábanas fue derrumbada por el carnívoro esposo de Chechi que asesinaba a sus criaturas. Semejante atrocidad no le causó, sin embargo, tanto dolor como la muerte de la Cuca. Ernesto guardó durante nueve días riguroso luto por la perra, y leyó a sus compañeros hasta el cansancio -el de ellos claro está- el artículo que su papá escribió sobre el triste suceso.

No es, pues, coincidencial que Chira, su actual mascota, participe en todas las conversaciones y ayude a tomar decisiones. Decisiones personales, no políticas para la tranquilidad de todos.

Durante su niñez, Ernesto permaneció en una constante duda: no sabía si lo acertado era decidirse por la actividad pública o por el mundo de los negocios. La vida decidió por él, en una remota Navidad en que su madre regaló un solo carro a todos sus hijos, quienes, democráticamente, lo repartieron entre sí. Juan Francisco, sin duda el más astuto en esta materia, escogió el timón y el motor. «Vaya al garaje y vea que ya estrellé su parte», le dijo Ernesto sin poder disimular una sonrisa de picardía.

La sonrisa, a la postre, se convirtió en una bicicleta, que compró con el dinero que obtuvo por la venta de las dos llantas y los espejos retrovisores que le correspondían.

Este afortunado incidente lo alejó a pedalazos de sus coqueteos comerciales. Los pasos posteriores tomaron un rumbo determinado. La vinculación juvenil con la Cruz Roja; su primer trabajo, como jefe de caja de almacenes A. Pamp; su labor como secretario de un juzgado de menores; su desempeño como profesor de la Universidad Central que en realidad fue su segundo contacto con la docencia; ya anteriormente había intentado enseñar a sus sobrinos a pescar… ¡en un estanque donde no había un solo pez! todas estas actividades constituyeron su pista de lanzamiento inoficial a la política.

Ahora, cuando han transcurrido varios años, Ernesto Samper está más dispuesto que nunca a tomar las riendas de este descarriado país, a discutir con su hijo quinceañero sobre El Anillo de los Nibelungos y a batir a los dos pequeños en «Nintendo», ese jueguito electrónico demasiado moderno si se le compara con los barquitos de madera que lo entretenían en sus vacaciones en Fusagasugá. Eran otros tiempos. Hoy Ernesto, como dice la gente, está mucho más aplomado.

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