Foto: Revista Diners
agosto 26, 2014
Cultura Arte y Libros

Milagro en el Vaticano

Con motivo de los 450 años de Miguel Ángel, recordamos la apoteósica labor que fue restaurar la Capilla Sixtina.
POR:
Gloria Nieto de Arias

Publicado originalmente en Revista Diners edición 290 de mayo de 1994.

Miguel Angel dijo: «El cuerpo humano es el bello velo mortal de la intención divina». Estas palabras bastarían para explicar la obra grandiosa de la Capilla Sixtina que, de esta manera, aparece como una oración visible, como un milagro: lo divino y lo humano se han fundido gracias a la fuerza creadora del genio.

Casi quinientos años de humo, polvo, humedad y mediocres restauraciones habían deteriorado lamentablemente los frescos que Miguel Angel pintara en la Capilla Sixtina. Gracias a un esfuerzo colectivo -artistas italianos, tecnología y capital japonés y apoyo del Vaticano- pudo lograrse la que se ha llamado «la restauración del siglo», que -junto con el rescate del templo de Abu-Simbel en el Alto Nilo- constituye, en su género, el legado más valioso que dejaremos al siglo XXI.

Como ocurre con todas las grandes obras, esta de la restauración ha generado violentas controversias. No queremos -ni podríamos- constituirnos en jueces, pero sí podemos afirmar -por haberlo experimentado- que el impacto visual que produce ahora la Capilla es absolutamente estremecedor.

Cuando se inició la limpieza de los frescos, parecía imposible creer lo que sucedía. No existiendo testimonios reales de la época y siendo la memoria visual de los hombres tan perecedera como los hombres mismos, nadie sabía a ciencia cierta cuál había sido la concepción cromática que había tenido Miguel Angel. Los tonos acres y opacos de las pinturas comenzó a desaparecer y se reveló una riquísima y brillante gama de colores. Fue como un segundo alumbramiento, como un nuevo y milagroso parto.

La restauración ha sido hecha con toda la técnica de la que hoy se dispone: análisis computadorizado de los hallazgos, pureza del aire controlada, registro fotográfico y fílmico de cada etapa del proceso, instalación de sistemas que garantizan temperatura y humedad estables en el recinto.

El computador que funcionaba en la plataforma del andamio (elevado a casi veinte metros de altura y a donde tuvimos la suerte de llegar hace unos cuatro años) permitió analizar detalles como, por ejemplo, las «jornadas» (días de trabajo) en las cuales dividió Miguel Angel sus frescos. Se supo, así, que el rostro de Adán fue realizado en un solo día.

Como dato curioso, ofrecemos la fórmula empleada en la mayoría de los casos, para la limpieza de los frescos:

1.000 centímetros cúbicos de agua destilada,

25 gramos de bicarbonato de amonio,

25 gramos de bicarbonato de sodio,

10 centímetros cúbicos -en solución al 10 por ciento- de desógeno (acción contra bacterias y hongos) carbocimetilcelulosa.

La solución se deja por espacio de tres minutos; luego se enjuaga con agua destilada. (Sólo puede aplicarse sobre pinturas al fresco).

Cuando el maestro coloca a los siete profetas hebreos y a las cinco sibilas greco-romanas en lugares jerárquicamente iguales, busca una reconciliación entre el mundo bíblico y el mundo clásico; entre las dos versiones del presagio; entre las dos vertientes de la cultura.

La sibila de Delfos es, quizá, la más hermosa figura femenina de la Sixtina; al observarla, diríase que sus labios fueran a pronunciar el oráculo.

El profeta Daniel, en cambio parece haber dejado el libro de las Sagradas Escrituras para escuchar la voz del ángel que le sugiere la palabra profética.

La escena del Diluvio universal es la más rica en personajes.

El fragmento que tenemos aquí ofrece –además de la variedad cromática que reveló la restauración- un análisis impresionante de las diversas actitudes que el ser humano –dependiendo de su edad- adopta frente a la proximidad de la muerte:; la anciana espera con resignación el curso de los anunciados acontecimientos; la vida ya no tiene interés alguno para ella. Por el contrario, los jóvenes amantes luchan con desesperación por escapar del drama que se avecina: el amor les presagia felicidad. El adolescente se aferra al árbol inclinado por la tormenta: se niega a aceptar que la vida haya sido solamente unos breves años pasados sobre la tierra. La madre encarna el valor y la ternura: estrecha con fuerza a su criatura y ofrece a su otro hijo el soporte de su pierna, a la que el niño se abraza como si fuera una columna de salvación.

Miguel Angel, genio polifacético: escultor, arquitecto, pintor, poeta… alcanza en los Desnudos el límite de la perfección. Son veinte en total y cada uno encarna una faceta de la condición humana: ensoñación, euforia, temor, narcisismo, reflexión, tendencia andrógina… Es aquí donde resulta más evidente su voluntad de continuar siendo escultor, aunque los instrumentos que tuviera en sus manos fueran pinceles y colores.

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