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junio 11, 2014
Cultura

«Los niños», de Carolina Sanín: abandonar el mundo

La nueva novela de Carolina Sanín está llena de mundos imaginarios en los que los protagonistas suelen perderse, los mismos que provocan la angustiosa ambigüedad de la novela.
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Laura decide recibir a un niño en su casa. El niño se llama Fidel. Poco después de que Laura le celebre a Fidel por primera vez un cumpleaños, el niño empieza a padecer lo que una bruja calificaría más adelante como “furores” o “trances”. Estos ataques confirman lo que sospecha Laura (y el lector que “visita” esta inquietante narración) desde el principio del libro: que las cosas y las personas, el niño y Laura, no son quienes se supone y no están donde creen estar; que existen en varios mundos posibles o, en realidad, en ninguno. Que viven una vida fantasmal, sin espacio ni tiempo determinados, a pesar de la estricta cronología que sigue la narración. Laura trata de entender lo que pasa de la única forma que puede, preguntándole a Fidel por los otros mundos y las sombras que lo habitan: “¿En qué momento están ellos allá? ¿Están solo en la sala o también en otra parte, como tú? ¿Cuánto duran? ¿Qué horas son cuándo tú vas?”. Ni ella ni el lector obtienen una respuesta.

En Los niños hay más cosas que asustan, a veces en lugares inesperados. Por ejemplo, los lugares comunes con que se comunican los personajes son el medio perfecto para que se manifieste la maldad, como sucede en cierto momento de la novela mientras la protagonista va en un bus: “En esta otra mano, como pueden observar, sostengo un cuchillo provisto de su adecuado afilamiento, que puede emplearse para untar la jalea en el pan y para muchas otras funciones. El cuchillo no está en venta, puesto que es mi humilde herramienta de trabajo”. Las insignificantes conversaciones cotidianas se van llenando de pulsiones oscuras. Las charlas triviales de esta novela dan miedo.

También vale la pena resaltar de la novela de Sanín la impecable construcción de los mundos imaginarios en los que los protagonistas suelen perderse, los mismos que provocan la angustiosa ambigüedad de la novela. Estos escenarios están hechos con una prosa cuidada, claramente influenciados por tradiciones literarias medievales. “En la cocina había un gran mesón de ónice, que era tierra negra recién aplanada para un cultivo nuevo. Laura componía esa casa a imitación de un palacio y un reino de los que había leído en un libro antiguo, y más que por querer que fuera suya, pensaba en ella para trabajar al mismo tiempo en dos lugares”. Estos mundos “ilusorios” provocan los equívocos necesarios para la novela y para los personajes. También contrastan con la pobreza del pálido mundo “real” de la novela provocando que los personajes lo abandonen paulatinamente, “se abandonen” poco a poco a lo que podría ser valorado como locura.

Título: Los niños
Autora: Carolina Sanín
Editorial: Laguna
Páginas: 142

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