Foto: Revista Diners
enero 25, 2013
Cultura

Arturo Fontaine y el traidor que traiciona a los traidores

El escritor chileno Arturo Fontaine, autor de la novela La vida doble, conversó amena e inteligentemente con Juan Gabriel Vásquez.
POR:
Dominique Rodríguez

El escritor chileno tenía un auditorio de lujo. Bellas Artes no estaba a reventar, pero en sus primeras filas estaba el Nobel, y un poco más atrás, el cantante lo oía con atención. Eran Mario Vargas Llosa y Fonseca, una dupla heterogénea que se juntó para conocer la historia de La vida doble, de Arturo Fontaine, quien conversó amena e inteligentemente con Juan Gabriel Vásquez.

La trama de este libro es algo más o menos así: Esta mujer, la protagonista de esta novela -basada en hechos reales-, sea Irene, sea Lorena, tuvo tres momentos en su vida. Dos en realidad, y uno que la hace dudar permanentemente, que la impulsa, que la conflictúa y que la obliga a hablar aunque no sepa cómo. Estamos en Chile, años 60, intuye uno. Ella, con esa utopía revolucionaria que se respira en el continente, se entrena para combatiente. Cree profundamente en ello. Pero llega Pinochet. La capturan, a ella y muchas de las células; la tortura hace que ceda, que delate, que, incluso, se cambie de bando y se convierta en la perseguidora de los que fueran sus compañeros de lucha. «Se transforma el hombre en una ferocidad brutal, ese odio me interesa -va contando Fontaine-, haber abrazado una utopía y ver que no resiste la vida real. Eso me intrigó, así que la novela empezó cuando escribí su primera linea: ¿Podría yo decirte la verdad?..». Y allí está el tercer eje de la novela, «querer contar su historia, pero desconfiar de lo que se debe contar».

Lo que mueve a Fontaine a escribir, como se lo confiesa a Vásquez, es la idea de la traición. «Nunca sabes si lo que te están diciendo es verdad, o si es el efecto que quieren crear en ti -sigue el escritor-. Leí sobre la traición y me encontré que para Dante, el demonio, Lucifer, que es el primero de los ángeles, es un traidor. Así, de inmediato, cuando traicionas, el alma viaja al infierno, pero lo que termina pasando es que el demonio castiga a aquellos que lo han seguido. Es un traidor que traiciona a los traidores, pero mientras lo hace, llora. Esta imagen fue una clave para entender a esta mujer. La traición es tan esencial, que es un vértigo que te chupa«.

Y tuvo que hacer de este sentimiento una novela. Si bien se documentó de toda investigación realizada sobre los tiempos de las torturas, y los casos extraños de estos crueles conversos, tomó la decisión de apartarse del género documental para hacer su historia. «Sentía que la literatura documental hacía un relato muy quirúrgico de los hechos, el dolor no se metía en la piel; iba perdiendo la sensibilidad, mientras más tortura iba leyendo al pasar de las páginas, menos iba sintiendo. Así que decidí hacer sentir el dolor más que describirlo. La literatura no debe ser edificante, no creo que la literatura consuele, pero el intento de contar el dolor (como lo hace Camus en Los Justos) tiene de algún modo algo sanador».

Y es que ella, aunque le cueste, aunque le duela, debe hablarlo, enfrentarse a sí misma contándolo todo. Debe entender la naturaleza de la traición, de su propia traición, alimentada inconscientemente desde ese dolor infantil de la separación de sus padres a lo que le siguió el abandono de su novio adolescencial al saberla embarazada. Fontaine se sumerge en este personaje femenino que lo desborda («contradictorio, lacerante, agresivo, que no confía en lo que va a relatar»), y que le da más preguntas que respuestas, pero que al final le resulta fascinante, justamente por todos estos matices. Porque, como casi todo en la vida, responde de alguna manera y en alguno de sus ángulos, a esas preguntas esenciales que nos hacemos de nosotros mismos.

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