Revista Diners
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En el Sahara, el desierto cálido más grande del planeta, los animales deben desarrollar estrategias para sobrevivir a condiciones extremas; en las islas africanas, el aislamiento ha dado lugar a criaturas con adaptaciones singulares, mientras que las selvas, las llanuras y las montañas albergan especies cuya supervivencia depende de las características de cada territorio. Esos contrastes forman parte de Africa Earth’s Wild Home, la serie de National Geographic disponible en Disney+, que recorre los ecosistemas del continente de gran fauna y muestra cómo sus condiciones determinan la vida silvestre, antes de abordar otro desafío: protegerla en una región que atraviesa una rápida transformación.
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Dicho vínculo entre los animales y los lugares que habitan también atraviesa el trabajo de la doctora Gladys Kalema-Zikusoka, quien en 1996 se convirtió en la primera veterinaria de fauna silvestre de Uganda y años después fundó Conservation Through Public Health, una organización dedicada a promover la convivencia entre las comunidades locales y los animales. Su experiencia con los gorilas de montaña la llevó a trabajar desde una perspectiva que conecta la salud humana, animal y ambiental, un enfoque que le ha valido reconocimientos como el premio Campeona de la Tierra de Naciones Unidas en 2021 y la Medalla de Edimburgo en 2022.
En entrevista con Diners, la doctora Kalema-Zikusoka habló sobre Africa Earth’s Wild Home y sobre el papel de las comunidades en la protección de la vida silvestre.
Cuando pasa tanto tiempo cerca de la vida silvestre, los momentos que parecen extraordinarios en pantalla pueden convertirse en parte del trabajo de campo cotidiano. ¿Qué sigue sorprendiéndola después de tantos años observando la fauna africana?
La naturaleza es sencillamente fascinante. He visitado a los gorilas muchísimas veces y llevo más de 30 años trabajando con ellos. Comencé en 1996, cuando me convertí en la primera veterinaria de fauna silvestre de Uganda, aunque mi primera visita fue en 1994, cuando todavía era estudiante de veterinaria.
Pasé un mes en el bosque y me encantó. Recuerdo incluso la primera vez que vi a un gorila, Kachupira, que tenía una mano fracturada mientras lo habituaban a la presencia humana. Nuestras miradas se encontraron y sentí una conexión muy profunda. Sentí que quería protegerlos. Por eso llevo tanto tiempo trabajando allí, pero aun así, cada vez que voy, aprendo algo nuevo.

Hace poco, por ejemplo, vimos a un macho de espalda plateada llevando a su cría sobre la espalda. Era el padre, cuando normalmente son las madres las que hacen eso. Se trata de Kabukojo, un macho muy conocido del grupo de Rushegura. Fue muy bonito ver que tienen muchas cualidades parecidas a las nuestras.
También me emocioné muchísimo cuando vi a una cría de gorila aplaudiendo, como lo haría un bebé humano. Me miraba, aplaudía otra vez, como si estuviera practicando. Todos los días aprendemos algo nuevo. Para mí, la naturaleza siempre es motivo de asombro.
Africa Earth’s Wild Home muestra animales en entornos muy distintos, desde especies grandes y conocidas hasta criaturas que reciben mucha menos atención. Desde su experiencia, ¿qué nos revela esta mirada más amplia de la fauna sobre la conexión entre los ecosistemas, con animales que, de alguna forma, son más carismáticos y reciben mayor atención?
Las especies más grandes, que las personas pueden ver con facilidad, reciben más atención porque la gente busca establecer una conexión emocional con los animales. Quieren sentirse vinculadas a ellos.
Sin embargo, al proteger especies carismáticas como los gorilas y los elefantes, también se protege a muchas otras. En el bosque de Bwindi no solo hay gorilas, sino también elefantes, chimpancés y pangolines, que están en peligro de extinción. Allí viven, además, cuatro especies de monos y babuinos que no se encuentran en la misma situación de amenaza.
También tenemos alrededor de 300 especies de mariposas y 200 especies de aves. Al proteger una especie carismática, terminamos protegiéndolas a todas.
Cuando comenzó la protección de los gorilas, con el desarrollo del turismo, fue cuando realmente dejó de talarse el bosque. Al protegerlo, los demás animales también pudieron prosperar. Incluso los insectos y otras formas de vida se benefician. Cuando uno va a observar gorilas, encuentra hormigas safari y le indican que debe saltarlas. En el bosque hay todo tipo de biodiversidad que no existiría si se talara.
Además, si no estuvieran los gorilas, quizá la gente no tendría el mismo incentivo para proteger el bosque, porque los ingresos del turismo relacionado con ellos están ayudando a sacar a las comunidades de la pobreza.
El proyecto recorre tres países africanos y muestra especies que habitan ecosistemas muy distintos. ¿Por qué es importante tener en cuenta las particularidades de cada entorno y el papel de las comunidades locales para proteger la vida silvestre?
Cada entorno es distinto: están los bosques, las sabanas, los océanos, los lagos y las montañas. Todos son únicos y albergan especies particulares que solo pueden sobrevivir en determinadas zonas.
Pero esas especies tampoco pueden sobrevivir sin la voluntad de las comunidades locales ni sin involucrar a las personas que viven allí en las labores de conservación.
Eso es lo que hacemos en Conservation Through Public Health. Trabajamos muy de cerca con las comunidades locales y las empoderamos para que lideren los esfuerzos de conservación sobre el terreno. Ese enfoque está marcando una gran diferencia para los gorilas de montaña.
Cada capítulo conecta la experiencia de observar a la fauna africana con la necesidad de protegerla. En su trabajo, ¿qué le ha hecho comprender que la conservación no puede limitarse a proteger a los animales de manera aislada?
Al comienzo de mi trabajo como primera veterinaria de fauna silvestre de Uganda, me contrataron para cuidar a los animales y garantizar su bienestar. En ese momento, el bienestar animal aplicado a la conservación era algo muy nuevo en el país. La gente no solía intervenir en la vida de los animales silvestres; pensaba que debían quedar a merced de la selección natural.
Pero nosotros habíamos interferido demasiado. Habíamos reducido el hábitat de especies en peligro, como los gorilas, y las personas instalaban trampas en las que podían quedar atrapados. Se consideró que necesitábamos una veterinaria, sobre todo porque el turismo estaba empezando y los visitantes podían transmitirles enfermedades, incluso una gripe mortal, como ocurrió con la COVID-19.
Sin embargo, los primeros que enfermaron a los gorilas no fueron los turistas, sino las comunidades locales. Me contaron que los gorilas estaban perdiendo pelo y desarrollando una piel blanca y escamosa.

Entonces me comuniqué con una amiga médica de Kampala que, como yo, se había formado en el Reino Unido, en el Royal Veterinary College de la Universidad de Londres. Le pregunté cuál era la enfermedad de la piel más común entre las personas. Me respondió que la sarna. Me pareció extraño porque en el Reino Unido no era tan habitual; se asociaba con condiciones de higiene deficientes.
Así que emprendí un viaje de diez horas con un frasco de ivermectina, un medicamento para tratar la sarna. Al llegar, comprobamos que eso era lo que tenían los gorilas. Lamentablemente, perdimos a una cría, pero los demás se recuperaron con el tratamiento.
Nos preguntamos cómo habían contraído la enfermedad y descubrimos que las personas de los alrededores no contaban con buenas condiciones de higiene. Para ahuyentar a los gorilas, los babuinos y otros animales, ponían ropa sucia sobre espantapájaros. Probablemente así se contagiaron los gorilas, porque son animales muy curiosos.
Aquello me hizo entender que no se puede proteger a los gorilas sin cuidar también la salud de las personas con las que comparten su hábitat. Ese fue el comienzo de mi camino.
También descubrí que las comunidades saben qué es lo mejor para ellas. Organizamos talleres de educación sanitaria para hablar sobre los riesgos de transmisión de enfermedades entre humanos y gorilas. Durante mi último año trabajando para el gobierno, se esperaba que yo liderara esa labor porque era la única veterinaria de la organización.
Les expliqué cuál era el problema y cómo se habían enfermado los gorilas. Después fuimos a las comunidades a las que los animales se acercaban con frecuencia. Estaba a punto de decirles cuál era la solución cuando un guardaparques me tocó el brazo y me susurró: «Escuchemos lo que tienen que decir». Las comunidades propusieron una solución mucho mejor que la que yo tenía en mente.
Esa propuesta nos sirvió para poner en marcha la organización no gubernamental unos años después. Las personas querían que los servicios de salud estuvieran más cerca de sus comunidades y que continuaran los talleres de educación sanitaria, como los que ya realizábamos. En ellos también participaba el asistente de salud de la subregión, que atendía sus necesidades.
Además, pedían fortalecer a los guardianes de gorilas que los acompañaban cuando los animales salían del bosque, proporcionándoles elementos básicos como alimentos, botas de caucho e impermeables.

Fue una revelación. Aunque estas personas tuvieran menos acceso a la educación y vivieran en condiciones de pobreza y marginación, sabían qué necesitaban. Empezamos a trabajar de esa manera y marcó una gran diferencia, porque no les imponíamos una solución: la desarrollábamos con ellas y eran las propias comunidades las que proponían lo que consideraban mejor.
Esa es la mejor forma de llevar adelante el trabajo de conservación y desarrollo. Para mí ha sido una experiencia muy enriquecedora.
Hoy no se puede separar a las personas de la vida silvestre, porque los espacios naturales son cada vez más pequeños. Ya no basta con decir que los animales están aquí y las personas allá. La gente entra a los parques como turista, investigador o cazador furtivo, incluso cuando no debería estar allí; los animales también salen de sus hábitats cuando el espacio no es suficiente. En ambos casos, terminan interactuando. Por eso es tan importante enseñar a las personas a convivir con la vida silvestre.
Es extraordinario que una producción sobre hienas, elefantes y gorilas también nos recuerde que la conservación es fundamental para hacer este tipo de proyectos. ¿Cómo se puede aprovechar la atención internacional que despiertan estos animales para destacar la importancia de conservarlos?
Es una excelente pregunta. Los animales hermosos nos atraen y captan la atención de los espectadores. La gente se fascina con ellos, y eso es positivo.
A través de esas especies podemos mostrar que, para protegerlas, también es necesario conservar sus hábitats. En el caso de los gorilas, eso significa mantener intacto el bosque. Al hacerlo, protegemos a los demás animales que viven allí: los pangolines, los chimpancés, los monos —en Bwindi tenemos monos azules, de cola roja, de L’Hoest y colobos blancos y negros—, así como los duíqueros y los cerdos salvajes.
El bosque también es una zona fundamental para la captación de agua. Cuando lo protegemos, ayudamos a regular el clima y favorecemos las lluvias en la región. Eso contribuye a mantener un clima más estable, lo que beneficia los cultivos y los medios de vida de las personas.
En otras palabras, al conservar la biodiversidad y centrar la atención en especies carismáticas, podemos proteger todo el hábitat. Y las personas también se benefician de esa protección.

Intentamos explicar que el bosque no es importante únicamente para el turismo, sino también por los servicios que presta al ecosistema: agua limpia, aire fresco, oxígeno y muchas otras cosas. Creo que es fundamental comprenderlo.
También escribí un libro de memorias sobre mi trayectoria en conservación y liderazgo, Walking with Gorillas. Allí hablo de cómo no es posible proteger estos recursos sin involucrar a las personas. Necesitamos llegar a un punto en el que las comunidades no puedan imaginar su vida sin la fauna silvestre. Cuando eso ocurra, sabremos que estará protegida para siempre.
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