Revista Diners
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Esos días cuando todo se pone un poco más en pausa, cuando uno siente que la vida baja el ritmo, aunque sea un instante, me regreso, regreso a los días de infancia, al patio de mi casa, grande y cercado de guadua, a la orilla del río, con árboles dando sombra, con la tierra tibia bajo los pies y las risas corriendo libres entre hermanos, cuando todos estábamos completos. Me regreso a escuchar la risa de papi, esa que ya no está, pero que todavía vive en algún rincón de la memoria. A ver a mamá en la cocina, feliz, haciendo las comidas que a ella le gustaban, como si el tiempo no tuviera prisa.
Así, mientras lava, deshuesa y sala un pescado, Marisela “Chela” González narra la historia de su familia, las reminiscencias que tiene de su infancia en Villa Uribe, pueblo bañado por las aguas del río Caribona, al sur de Bolívar, y el transcurrir de su vida en Magangué, donde hoy vive.
Con lentitud y cadencia en sus palabras va contando cuáles eran los platos predilectos de sus padres; cómo preparaba el pan de piñitas en un horno improvisado con ladrillo y una vieja estufa, por qué el mote de queso no solo es comida, sino también memoria, raíz, infancia y familia reunida, y cómo la viuda al vapor y el machucho de carne salada se convirtieron en los clásicos de la cocina de la vieja Bene, su mamá.

Chela es hoy una exitosa influencer del fogón, con miles de seguidores de “Chela cocina” en Facebook, Instagram y TikTok. Cada post que sube es un pedazo de su vida: las arepas dulces hechas con harina de maíz y anís en grano o el arroz de coco frito que le recuerda las tardes de la familia reunida; los huevos guisados que traen a su memoria las épocas de estudiante recién llegada a Magangué; el chocolate de cacao no procesado que le enseñó a preparar su tía María o la sopa de gallina que se come sagradamente cada primero de enero.
Cocinar al ojo
Pero no ha sido un trabajo fácil para esta cronista de su tiempo. Chela, la quinta de siete hermanos, cursó estudios de Comunicación Social y trabajó en un periódico local cubriendo las noticias de Magangué justo antes de que comenzara la pandemia. Cuenta que su encuentro con la cocina fue en 2020, año en que la vida la obligó a hacer una pausa a ella y al resto de la humanidad.
“Antes de eso yo entraba a la cocina un domingo cada quince días o una vez al mes cuando el trabajo me lo permitía”. Pero en el momento en que todo se detuvo ella empezó a cocinar. “Cocinaba para mi casa, no para las redes. En ese tiempo hacía tortas, panes, galletas, todo sin receta. Siempre he creído que muchas cosas se hacen como uno las siente; que no todo tiene que medirse para que salga bien”.
En 2022, navegando a contracorriente de su timidez, empezó a compartir contenido en Facebook; publicaciones arraigadas en sus costumbres y su cultura. Recuerda que al comienzo no tenía claro si lo que en verdad quería publicar era la típica receta, pues aunque iba ganando seguidores, no tenía una comunidad específica. “Al principio simplemente hablaba de lo que cocinaba, pero con el tiempo entendí que detrás de un plato casi siempre hay una historia, una persona, un río, una infancia, una forma de vivir”, admite.
Desde que empezó a conectar la cocina con la escritura, sus historias empezaron a calar aún más en su audiencia. “Yo escribo ahora a partir de recuerdos, olores, sabores y de las experiencias vividas”. ¿Algún escritor influyó en la forma que tiene de contar sus historias? Chela dice que cuando estaba en el colegio leyó todos los cuentos que aparecían en Los funerales de la mama grande, al igual que la historia de La cándida Eréndira, del infaltable Gabo.
“Pero hubo un fragmento de un poema, que de pronto no se parece tanto a lo que yo hago, pero que sí me marcó; era de Fernando Pessoa y hablaba sobre la belleza y lo subjetiva que es. Ese fragmento a mí se me quedó”.
La cocina, territorio de resistencia
La influencia gastronómica de Chela viene de su vena materna, de su casa en Villa Uribe y del territorio. “Los platos que hago son historias que conozco a través de las personas con las que crecí. Preparo lo que nos da el río Magdalena y lo que nos da el río donde nací, el Caribona. Comemos mucho coroncoro, bocachico, dorada, picuda, mojarra, bagre, blanquillo; pero si hay una comida que me gusta preparar y que me alegra ver en el plato es el caldo de jetudo, por todos los recuerdos, porque le gustaba muchísimo a mi papá y a toda la familia”.

El río ha influido mucho en su trasegar en la cocina. Cuenta que por allá a finales de 1999 su familia atravesaba una grave crisis económica debido a la violencia. “No teníamos ni para comprar una libra de arroz, pero afortunadamente teníamos el río. Y todo lo que nos daba era pescado, entonces comíamos pescado en la mañana, en la tarde y en la noche. Todos los días, durante muchos meses fue así, sin exagerar”.
Por esto sus recetas llevan el sabor dulce y salado de las ciénagas y del pescado fresco que llega con sus amigos, los pescadores del pueblo. “Dependiendo de lo que esté llegando y de lo que esté dando el río, uno consigue bagre, bocachico, sábalo, coroncoro y otros pescados de la región”.
La mayoría de los ingredientes que aparecen en sus publicaciones los encuentra en el mercado, las tiendas de barrio, con los vendedores que conoce y también directamente con personas que traen sus productos de los pueblos y zonas ribereñas. “Voy a la tienda y pregunto qué llegó, miro qué está bueno y decido qué voy a cocinar. Muchas veces la receta comienza justamente ahí, frente a un puesto del mercado o con algo que apareció ese día”.
Chela dice que la cocina es para ella un territorio de resistencia, ya que es el lugar donde se protege y se conserva la vida. “En ese momento en que no teníamos nada, nosotros sobrevivíamos por lo que se hacía en la cocina, por esa creatividad que tenía mi mamá en el fogón. Ahí, en la cocina, era donde se protegía la vida. Ya trayéndolo a este tiempo lo veo como una forma de resistencia en un momento en que no tengo un empleo y esta se ha convertido en mi forma de subsistir”.

Escribir y contar historias en su manera tan particular de narrar ha sido también para ella una forma de dar a conocer la vida de su gente. “Cuando preparo un pescado con escamas, no solo estoy mostrando un plato, estoy mostrando parte de lo que soy, de lo que es mi cultura”.
Olor a olla de fogón
Como una juglaresa contemporánea de esa tierra bañada por ciénagas, Chela quiere continuar contando las historias que están alrededor de la cocina colombiana, pero llevarlas a otros formatos y lugares. “Hace poco trabajé en un proyecto documental de varios capítulos sobre raíces, memoria y territorio, porque siento que hay muchas historias de nuestra cocina que todavía no se han contado y que merecen quedar registradas. También quiero seguir desarrollando el trabajo de contar historias habladas, porque hay relatos que uno disfruta más escuchando que leyendo”.
Lo más importante para ella es que “Chela cocina” siga creciendo sin perder el lugar donde nació. “No quiero alejarme de la cocina cotidiana, de la gente, del mercado, del fogón; de esa manera nuestra de cocinar al ojo y aprender mirando a la mamá o a la abuela. Quiero que “Chela Cocina” pueda crecer, sí, pero que mientras lo hace siga teniendo el olor de una olla en el fogón, el sonido del mercado y la memoria de las mujeres que me enseñaron que cocinar también era una manera de cuidar, de resistir y contar quiénes somos”.
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