Revista Diners
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Advertencia: esta columna contiene detalles específicos sobre los giros narrativos de la película ‘Digger’, que se estrena este jueves 1 de octubre en Colombia. Si no la ha visto, y no quiere sorpresas inesperadas, léala después de ver la cinta.
Tras una exitosa y premiada racha, que incluyó dos premios Óscar a mejor director por Birdman y El renacido, el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu parece haber caído en un pantano creativo.
Su película anterior, El bardo. Falsas crónicas de unas cuantas verdades, no terminó siendo más que una copia sin inspiración de otros grandes filmes sobre los tormentos creativos del cine que ya habían planteado genios como el italiano Federico Fellini, en 8 1/2, y François Truffaut, en La noche americana. La producción además planteaba situaciones inverosímiles, especialmente el hecho de que un documentalista puede ser extremadamente famoso.
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Curiosamente, aunque su nueva película, Digger, parte de una situación muchísimo más extrema -una catástrofe natural causada por la avaricia de un magnate estadounidense-, parece más plausible que se convierta en realidad.
Y ahí es que empiezan los problemas de esta cinta, que se estrena el 1 de octubre y que se presentaba como la gran oportunidad para que su protagonista, Tom Cruise -este sí extremadamente famoso- ganara por fin un premio Óscar.
Cruise interpreta a Digger Rockwell, un millonario sureño que convenció al presidente de su país de explotar Groenlandia en busca de petróleo. La empresa de Digger desata una fuga de gas metano, por lo que una parte de esta congelada isla se desprende y termina inundando Europa.
Lo que también se inunda son las pretensiones narrativas de González Iñárritu. Pero, antes de profundizar en éstas, hay que aclarar que Cruise logra entrar en el tono de caricatura exacerbada que pide la historia. Puede que sólo se lo relacione con ser una estrella del cine de acción, que se la pasa corriendo en todas sus películas, pero el popular actor ha demostrado su capacidad interpretativa para explorar otras facetas.
Esto se puede comprobar en sus tres roles nominados al Premio de la Academia: el sargento que termina paralizado en la Guerra de Vietnam de Nacido el 4 de julio; el meloso agente deportivo de Jerry Maguire y el machista gurú de la seducción de Magnolia.
En Digger, aunque está enterrado en un maquillaje que lo convierte en ese obeso y extravagante magnate, se adivina a un Cruise que tal vez se esfuerza en extremo, que actúa demasiado, para alcanzar la inhumanidad de ese personaje que tiene el destino del planeta en su mano.
Como metáfora de nuestra realidad, el personaje de Digger Rockwell es demasiado obvio, pues parece una mezcla entre Donald Trump y Elon Musk. Esa caricatura le vendría bien a un programa de variedades como Saturday Night Live, pero como protagonista de la nueva historia de un autor de esta magnitud es una construcción demasiado cercana y facilista.
Si este periodista tuviera dinero para apostar -que no lo tiene- elegiría que Cruise seguramente será nominado al Óscar de Mejor actor, pero no lo ganará. Este parece ser el año de John Malkovich, que corre a la cabeza con la película Caballo salvaje nueve del irlandés Martin McDonagh.

Tal vez la tesitura de esa actuación hiperrealista, que bien se podría calificar de sobreactuada, responde a las exigencias de la historia, que fue escrita por Sabina Berman, Jez Butterworth, Alexander Dinelaris Nicolás Giacobone y el propio González Iñárritu. Y ojo, aquí vienen los spoilers.
Gran parte de la película está dedicada a la ambición de Digger, que causa una catástrofe cuyas repercusiones incluso afectan a Estados Unidos y que, en vez de pedirle disculpas a las naciones europeas, les asegura que él y su petróleo son las únicas maneras de superar la catástrofe.
González Iñárritu insiste en incluir un plato metanarrativo, que revela que toda esa historia responde a una obra de teatro que, en un futuro, se creó para burlarse del rol de Digger en esa especie de apocalipsis ambiental. Son entonces dos películas que intentan convivir en una sola, como esos dos imanes que de niños tratábamos de pegar por el mismo polo y que terminaban rechazándose.
El plano metanarrativo se siente como una especie de desecho de ese profundo cuestionamiento sobre la representación que González Iñárritu había desarrollado en Birdman. Esta película también tenía como excusa una obra de teatro, pero le daba el peso necesario al detrás de escena para retratar las complejidades de su personaje.
En Digger, esa búsqueda termina siendo un adorno molesto y ni siquiera importa que el guion trate de darle más peso emocional a esta línea narrativa con la supuesta desaparición de la hija del actor que protagoniza la historia de teatro.
Y, por ende, la parte de la historia apocalíptica pierde riesgo. Un gran amigo del cineasta mexicano, su compatriota Alfonso Cuarón, había experimentado sobre estas distopías en su magnífica Niños del hombre, en la que el espectador sentía con cada plano el peligro que afrontaban sus protagonistas.
En esta nueva película, en cambio, al enterarnos de que todo hace parte de una obra de teatro sobre algo que ya pasó, el desenlace deja de importar. Las escenas no suman, simplemente se van acumulando hasta llegar al final.
Otro referente ineludible es Dr. Strangelove o: cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba, la sátira de Stanley Kubrick sobre una catástrofe nuclear. Kubrick, que le sacó petróleo a todos los géneros que se le atravesaron, sí logró convertir la paranoia que generó la Guerra Fría en una hilarante caricatura, impulsada por esa actuación legendaria de Peter Sellers, que encarnó a tres personajes. Lo anterior es un logro mayúsculo si se tiene en cuenta que la película se estrenó en 1964, en pleno apogeo del enfrentamiento entre estadounidenses y soviéticos.
En Digger, en cambio, no son suficientes ni la cinematografía siempre magistral de Emmanuel Lubezki, que sigue logrando una expresividad arrolladora con su lente gran angular; ni un elenco lleno de actores brillantes que resultan desaprovechados. Es un desperdicio, por ejemplo, que la inmensa Sandra Hüller termine siendo una tuerca más en esta estructura.
Es así como esta película termina forzando demasiado una idea que parecía tener mucho potencial, pero terminó ahogándose, como el personaje al final de la obra.
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