Revista Diners
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Durante una semana, el joven actor colombiano Diego Caicedo creyó que estaba viviendo una oportunidad que llevaba tiempo buscando. Después de haber sido rechazado en un casting para Betty La Fea: La Historia Continúa, llegó a un supuesto taller de actuación que podía acercarlo nuevamente al universo de la serie que admiraba. Lo que no sabía era que los actores que lo rodeaban estaban interpretando personajes, que las situaciones que enfrentaba habían sido preparadas para él y que detrás de lo que parecía una producción convencional había más de 80 personas, 30 cámaras ocultas y una operación diseñada para mantenerlo dentro del engaño.
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Es allí donde yace el quid de La Broma Maestra de Betty, La Fea, la serie de comedia con estilo documental que Prime Video estrenó el 18 de septiembre y que lleva el universo de Betty La Fea hacia un formato distinto. Creada y dirigida por los mexicanos Raúl Campos y Félix de Valdivia, la producción pone a un actor que no sabe que es el protagonista en el centro de una ficción construida en tiempo real. Julián Arango, Lorna Cepeda y Julio César Herrera participan junto a Diego Caicedo en una historia donde la improvisación no funciona como un recurso adicional, sino como la condición que permite que todo pueda cambiar de un momento a otro.
Sumado a la serie, el último capítulo anuncia la futura cuarta temporada de Betty, la Fea: La Historia Continúa, añadiendo a Diego Caicedo al casting oficial de la novela en esta nueva fase.
La Broma Maestra: entre la confianza y el engaño
Bajo el concepto de contratos de confianza, pieza clave para generar un ambiente que propiciara la broma maestra, fue puesto un panorama que desde el comienzo unió a Diego Caicedo en la especie de chiste interno general que planteaba la serie. La producción necesitaba que todos confiaran completamente en las personas que estaban trabajando a su lado, aunque el objetivo común fuera precisamente ocultarle la verdad al protagonista.
“Hay 30 cámaras escondidas, es una gran emboscada de más de 100 personas de producción”, explicó Félix de Valdivia durante la conversación con Diners. La cantidad de elementos que podían revelar el montaje hacía que la producción dependiera de una coordinación constante. El equipo debía proteger la ficción mientras Diego reaccionaba a situaciones que no podía anticipar.
La preparación comenzó dos semanas antes de la filmación. Campos y De Valdivia diseñaron los personajes que interpretarían los actores improvisadores y trabajaron con ellos durante más de ocho horas diarias. Sin embargo, la preparación no consistía en establecer exactamente lo que debía ocurrir. La intención era que todos conocieran las reglas suficientes para desenvolverse cuando la situación inevitablemente se saliera de control.
“Paradójicamente para tener control, necesitas asumir que las cosas se van a salir de control”, explicó De Valdivia. Para los directores, esa fue una de las principales dificultades del proyecto: permitir que apareciera lo inesperado sin perder los límites que protegían la experiencia de Caicedo.
Raúl Campos contó que la dirección cambiaba diariamente. Al terminar cada jornada, los directores revisaban qué había ocurrido y qué podía suceder al día siguiente, ajustando las situaciones y las energías del grupo. Los momentos que más valor encontraron durante la edición fueron, precisamente, aquellos que no habían sido guionados.
El riesgo también modificaba el peso de los pequeños gestos. De Valdivia comparó el proceso con tocar jazz: improvisar con otros artistas, saber que existe una audiencia y, al mismo tiempo, encontrar la manera de llegar juntos al momento preciso. En este caso, además, siempre estaba presente la posibilidad de que Diego descubriera la travesura.
Ese riesgo también alcanzó al elenco original. Lorna Cepeda y Julián Arango tuvieron que actuar como ellos mismos frente a Diego, sin permitir que descubriera que estaban participando en el montaje. Cepeda prefirió no conocer todos los límites establecidos por la producción para mantener naturales sus reacciones. Arango recuerda especialmente el momento en que Diego lo abrazó, a pesar de que le habían indicado que no podía tocar a los actores.

“Él pasó por encima de todo lo que le habían dicho y estaba ayudando a un ser humano”, recordó Arango. En otra escena, el actor tampoco tenía preparada una respuesta: simplemente siguió lo que Diego le decía y una referencia a un “suricato” terminó convirtiéndose en una situación que ambos llevaron hacia el humor.
Diego Caicedo y el peso de cumplir un sueño
Para Diego Caicedo, descubrir posteriormente cómo se había construido aquella semana no borró todo lo que había ocurrido dentro de ella. Había llegado como un actor que buscaba una oportunidad y terminó compartiendo varios días con personas que, aunque estaban interpretando papeles, terminaron formando parte de su vida.
“La peor, mejor semana de mi vida”, dijo el joven actor al recordar el proceso.
El montaje también produjo una contradicción cuando terminó el rodaje. Diego sabía que muchas de las relaciones que había establecido durante aquellos días habían nacido dentro de una ficción. Sin embargo, algunas continuaron después de la producción. El grupo de ocho jóvenes con quienes compartió el supuesto taller se convirtió en un grupo de amigos y los encuentros siguieron fuera de la serie.

Para los directores, que Diego fuera un fan de Betty La Fea, además de buen actor y buena persona, era fundamental para que el experimento tuviera consecuencias reales. Raúl Campos explicó que buscaban provocar emociones verdaderas y que el mundo ficticio construido alrededor de Caicedo pudiera generar empatía, angustia, ternura y risa.
Ese cuidado también determinó hasta dónde podía llegar la broma. Lorna Cepeda contó que al comienzo tenía dudas sobre los límites del experimento, pero que la producción estuvo pendiente de Diego durante todo el proceso. Había personas encargadas de cuidarlo y de intervenir si alguna situación llegaba demasiado lejos.
Para Campos, el objetivo era que el compromiso con Diego Caicedo fuera completo. Si el engaño salía mal, debía tener consecuencias; si salía bien, también. Y si finalmente lograban cumplirle el sueño de aparecer en su serie favorita, ese desenlace debía sentirse como el resultado de todo lo que había ocurrido antes.

En esta ocasión, el universo de Betty La Fea funciona como el escenario de una historia en la que casi todos conocen el secreto. La excepción es precisamente quien ocupa el centro: un actor que llegó buscando una oportunidad y terminó descubriendo que, durante una semana, toda una producción había estado actuando para él.
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