Revista Diners
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En el panorama rítmico de Bogotá hay un sonido que se originó entre conservatorios y música clásica, pero que terminó encontrando su lugar en bares de Chapinero, noches de cerveza en los andenes y tertulias entre cigarillos recién encendidos. Duplat, nombre artístico y apellido de Daniel Duplat, ha construido desde allí una sonido profundamente ligado a la vivencia capitalina de una Bogotá atravesada por circuitos culturales distintos, localidades que parecen ciudades independientes y experiencias cotidianas que terminan convertidas en canciones. Su música habla de aquellas noches, de encuentros y de relaciones desde una mirada más anecdótica que grandilocuente, con letras que parten de lo que realmente le ha sucedido.
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Ese vínculo con Bogotá también encuentra espacio en la forma en que Duplat entiende su lugar dentro de la música colombiana. Frente a una escena que muchas veces se identifica con sonidos tropicales o con otras regiones del país, ha optado por representar una sensibilidad bogotana sin convertirla necesariamente en una colección de referencias locales.
El reto, dice, yace en conseguir que ese sonido pueda viajar sin perder el espíritu de la ciudad que lo originó. En conversación con Diners, señaló a esa Bogotá fragmentada que atraviesa su música, de la noche como escenario de sus canciones y de las razones por las que decidió convertir su apellido en el nombre de un proyecto que está enmarcado por las notas de piano.
Cuenta con un inicio bastante académico en la música con una niñez entre conservatorios y competencias de piano, ahora es un artista inclinado hacia el pop alternativo. ¿Cómo dio ese salto?
Empecé con la música desde muy niño por el piano. Tuve la fortuna, y el privilegio, de crecer en una casa con piano. Mi papá y abuelo son pianistas amateur, mi tío toca el piano y tiene tremendo oído, mi hermano y mi tía son músicos. Pocos profesionales, pero había mucho amor por la música. Incluso, mi abuelo tenía un piano bar, le encantaba ese mundo.
Entonces, mi papá me inculcó eso desde muy niño. Me enamoré del piano desde muy chiquito. Ese amor por el instrumento me llevó muy joven a los conservatorios. En retrospectiva, no creo que sea un amor la música clásica, simplemente quería tocar piano y por alguna razón en Bogotá ese era el circuito al que usted termina llegando.
Tal vez hoy en día no sea así, ahora hay como academias de rock. En mi época, le dije a mi mamá lo que quería y ella averiguó unos cursos, así terminé estudiando música clásica; más porque si usted quería ser pianista, terminaba tocando clásico.

Mi acercamiento al piano fue, más o menos, a los 13 años; ahí decidí que quería ser pianista profesional; no músico o cantante, sino pianista clásico. Me enamoré de eso y me metí en ese sueño. Mandé un poquito mi vida a la mierda para ser pianista. Lo que sentía era similar al mundo de los deportes olímpicos, en el sentido que era de competencias, de estar en muy buena forma, tocar perfecto y, aunque tenía 13 años, ya estaba tarde para ese mundo.
Había niñitos de 9 años que tocaban increíble. Entonces me metí a estudiar duro y por eso entré en el mundo de los concursos. Por ahí en mis 20 es que empecé a ver frutos de eso y a tocar en Colombia con el Banco de la República. Hicimos un montón de recitales en todo el país de piano clásico: Chopin, Ravel, Debussy.
Hoy por hoy, tengo un pensamiento agridulce sobre la música clásica. Por más que me encanta, siento que es una música como un peligro de extinción y ser músico clásico se siente más como un ejercicio de museo que como un ejercicio artístico.
Aunque fue el lugar donde aprendí a hacer música, sentí que me desconectaba y no me parecía que fuera como un buen vehículo para expresarse. Mucho menos en Bogotá. Tal vez si uno fuera un niño de Alemania o de Rusia, sería otra cosa, pero en Bogotá el piano se sentía como algo elitista.
Estuvo en varias competencias. ¿Cómo fue pasar la infancia y adolescencia entre concursos de un mundo bastante exigente como lo es la escena de música clásica?
Creo que perdí la mayoría de concursos o no gané la mayoría de concursos, usted podía perder en tercer puesto o podía perder en primera ronda y eso es humillante. Era deprimente.
En particular, en un concurso en México, en Mérida, Yucatán, en 2017 o 2016, no recuerdo bien, fue mi primera vez compitiendo fuera de Colombia. Tenía 16 años. Mi profesor de piano me tenía mucha fe. Hay categoría juvenil y categoría adultos. Me dijo: «ve a la de adultos porque vamos a competir con los que son”. Me fue re mal. Bueno, la verdad no, toqué muy bien todo, me equivoqué en una parte y en ese mundo uno no se puede equivocar así.
Me eliminaron ahí y sentí un agotamiento. Creo que era muy joven para sentirme agotado en la música. Tenía 16 años. Sentí que llevaba toda mi vida haciendo esto y que era un fracasado; estaba en décimo en el colegio.
Era un poco absurdo. Fue ese día que tuve la revelación: me encanta el piano, pero la verdad no me interesa tocar repertorio que lleva muerto décadas o incluso siglos. ¿Por qué voy a dedicar mi vida a tocar las mismas 25 obras de tres personas que ya están muertas?
Frente a temas de inspiración, sus letras retratan a una Bogotá lúgubre con anécdotas frías del día a día capitalino. ¿Por qué construyó así su universo musical?
Uno se permea su entorno. El caso del artista bogotano es complejo, porque creo que Colombia tiene una identidad artística muy estereotípica.
Cuando uno sale del país es muy evidente. Por ejemplo, cuando voy a México, todo el mundo allá piensa que todos somos paisas y que todos hablamos paisa y que amamos el reggaeton. Piensan que es una parte, supongo, de la cultura colombiana, pero es una parte pequeña.
Entonces, me inspiró mucho sentir que Bogotá no tiene una representación fuerte en la música. Hay figuras bogotanas grandes, definitivamente, pero no siento que haya un movimiento.
Por ejemplo, Morat, es el grupo de artistas bogotanos más grandes del mundo. Ellos suenan a Morat y han habido artistas que quieren sonar como Morat, pero no hay una ola de este sonido. También está Penyair, también es muy bogotano y no se parece en nada a Morat. O LosPetitFellas, que para mí también son referentes, a Diamante Eléctrico, como que todos sacan su interpretación, pero nunca nos hemos unificado a hacer como un movimiento; lo cual es muy bogotano, por cierto. Todos por su lado, todos solos.

Entendí que así iba a ser Bogotá y todo; me dije: “bueno, yo también quiero interpretar esta ciudad a mi manera”. No quería hacer música colombiana pachangosa ni tropical ni con flow ni con saborosidad, porque no siento que sean los valores que me representan a mí como persona o como bogotano.
Bailo promedio, escucho salsa a veces, me tocó bailar merengue en las fiestas de diciembre con mi familia, pero no respiro trópico por las venas. Acá hace frío todo el tiempo, siempre he vivido por la séptima, todo el tiempo hay bulla.
He tenido una relación muy melancólica siempre con la ciudad, como creo que la que la mayoría de bogotanos. Sentí que la cosa del piano evoca una cierta, no sé, bohemia y como una cosa hostil y fría, citadina y urbana. Me di cuenta que una de las musas más grandes que tenía era Bogotá; uno no se da cuenta, pero te inspira y te vuelve quién eres.
La escena del pop colombiano aún cuenta con un reconocimiento mayor en el exterior que por parte de los oyentes nacionales. ¿Cómo lidia con ello, teniendo presente que ya ha colaborado con exponentes del género en Colombia como Esteman?
Lo de Esteman es muy interesante. Hace unas semanas estaba con él haciendo música y es curioso cómo logró posicionarse en México. A él le va muy bien aquí también, pero en México le va mejor. Creo que uno no lo dimensiona hasta que está allá. Me parece un poquito triste que él tuviera que irse para encontrar reconocimiento con su música.
Y no es solo Esteman, es la música bogotana. No sé por qué pasa eso en Bogotá. Morat es otro ejemplo excelente. Ellos fueron muy grandes en España y en México y esa ola llegó de vuelta a Bogotá. Ahora son enormes es acá; probablemente si no hubieran buscado la grandeza en otras partes, no habrían llegado aquí como coronados. Pienso que eso tiene que ver con la psicología bogotana, una de todos en el piso. Nadie es importante, nadie es especial y hasta que no tenga este factor internacional y el sello de calidad europeo o gringo o extranjero, no será valorado.
Es como si usted quiere ser grande en Bogotá, tiene que irse de Bogotá. Eso siendo una ciudad enorme, con gente, con plata; lo que no hay es cultura musical y no me refiero a buen gusto, me refiero a cultura de consumo musical: ir a shows, apoyar a artistas. Odio ese trato a los artistas nuevos y esa frase: ¿ese man quién es?
No entiendo por qué funciona así. No hay solidaridad con el nuevo artista, sino que la gente es sumamente cruel con los que están empezando; cuando ya son grandes los adoran y los aman. Es algo cultural nuestro y eso tiene que cambiar, porque por eso es que los artistas bogotanos todo el tiempo están con una inconformidad.
¿Y a usted cómo lo recibió el público bogotano?
Bogotá es la casa en este momento y siento que estoy en este punto de ebullición, en el cual la cosa puede explotar en cualquier momento.
Es raro porque ya no me siento como un artista ni emergente ni emergido. Estoy ahí en la interfaz a punto de salir. Empiezo a ver público, ya es frecuente cuando encuentro a un fan, ya es normal que alguien te mire por ahí en la calle y te señale. Tampoco es nivel Maluma que para el tráfico, obviamente. Soy muy objetivo con el lugar en el que estoy.
Sé que se ha construido algo. Hay un respeto y una audiencia, pero todavía no es masiva, no es gigante aún. Yo sí quiero eso. Me parece que primero hay que cambiar la mentalidad de artista bogotano y aceptar las expectativas que uno tiene. He visto que es muy rolo decir: “me da igual lo que logremos”. No. Es usted qué quiere hacer, porque si el discurso del artista local siempre va con “no, pues tengo mi parche ya”, pues no va a pasar nada.
Quiero que mi proyecto escale y crezca y se vuelva algo grande y algo masivo porque sí creo que ese es el punto del pop. Si quisiera hacer algo más, tal vez, purista, haría otra música. Tampoco quiero ser masivo porque sí.
Lo que quiero es un punto medio donde haya masividad, pero también mensaje. Me enorgullece mucho sentir que mi música cada vez más representa la vida de muchos bogotanos. Hace poquito hubo un show, un festival, y vi un montón de gente, adolescentes y adultos jóvenes, diciendo como mi música ya se volvió parte de sus vidas.
Por ahí, unos fans que se comprometieron con canciones mías. Tal vez no es la vida de un millón de personas, pero tal vez son miles o cientos de miles, decenas de miles, pero es la prueba de que se puede y de que está sucediendo. Si le sigo metiéndole ganas, segurísimo sé que mi música se va a volver sinónimo de Bogotá, que es parte de lo que yo quiero que suceda con mi proyecto.
Hablar acerca Duplat es comentar sobre el proyecto que fue Mosáico Pirata y toda una oda a la capital de país, sumado a EP recientes con artistas como Andrés Cepeda. ¿Qué viene para el futuro musical del príncipe de Chapinero?
Ese disco fue muy importante porque allí empecé el matrimonio que siempre quise hacer entre lo clásico y lo pop.
Me di cuenta que el recurso de los arreglos, de los vientos, de las cuerdas, era algo que a mí me me resonaba muy fuerte por mi formación de conservatorio y por mi experiencia orquestal, por mis amigos violinistas y mis amigos trombonistas. Era cercano a ese mundo. Entendí, empecé a entender, que sí puedo coger mis raíces musicales y plasmarlas en la música. Hacerlo cool y de una manera que no existía.
Entonces, ese disco, Mosáico Pirata, para mí marcó eso. También creo entendí que sí quería ser pop. Creo que antes de ese disco no sabía qué quería hacer. Me consideraba muy alterno y quería ser como muy punk y muy del nicho y muy Chapi, pero ya no quiero eso. Siento que se puede hablar de aquí hacia fuera y no de aquí hacia acá. Entonces, lo que viene me emociona mucho.
Creo que lo que dicen: los bebés traen el pan debajo del brazo. Apenas tuve a mi hija, que ahorita tiene 3 meses, y cerramos un contrato muy bueno con Sony. Oficialmente, no soy independiente; ahora soy artista dependiente y con eso viene un intento de un discurso nuevo. Obviamente, no estoy atacando a los artistas independientes porque es lo que he hecho toda mi vida y sé exactamente lo que es, pero siempre había querido buscar el apoyo de la industria.
Si quería encontrar un mecenas, porque así funciona la música desde hace siglos: necesitas plata, necesitas que alguien apueste por ti, sea una disquera o tu familia. Yo sí buscaba esto, hasta que por fin lo lo conseguí.
No sabía si quería ser pianista o cantante o matemático y dejé que las cosas fluyeran hasta que la vida me dijo: «usted es cantante». El piano clásico es un lado B, las matemáticas es un hobby, pero no es mi carrera, para nada. El piano clásico es algo que hice, pero ya no; a mí ya no me importa hacer eso.
Quiero hacer un disco que represente quién soy, que tenga Bogotá, pero que tenga también mi punto de vista frente a la vida.
Me considero una persona un poco cínica, un poco pesimista, un poco sarcástica, un poco depresiva, un poco muy apasionada, muy enamoradizo y quiero que el disco tenga todo eso y, en especial, que tenga piano. Yo soy pianista, pero me dejo llevar y siempre que produzco suenan mil cosas, pero el piano termina siendo secundario.
La gente sabe que soy pianista porque me ve en un show, pero si tú vas y escuchas mi catálogo, el piano no es realmente la gran estrella de mi música y tiene que serlo; entonces, voy a sacar un disco, no sé cuándo, pero ya lo tengo listo en los próximos meses. Tal vez el próximo año, máximo, pues viene pronto.

Lo quiero titular Duplat porque para mí es el momento. Creo que todo artista tiene un disco donde dice: «este soy yo». Tal vez, después de de volverme un adulto de verdad con hijos, casa, deudas y declaración de renta, ya sé quién soy. Mi hija me aterriza un poco y ya quiero hacer ese disco.
Así sueno yo, esta es mi propuesta. Ya no hay dudas en mi cabeza. Bueno, puede que en 2 años hablemos y diga, «ese disco no era yo». Pero en este momento, siento que ese disco que viene soy yo. El piano está como el elemento central, mi forma de ser, mi cosmovisión. Bogotá es un personaje más, pero no es el centro y algo me dice que ese va a ser el disco que va a cambiar todo.
Tengo una corazonada muy fuerte de que va a ser así porque, primero, estoy muy enamorado de las canciones y, segundo, creo que por fin supe estirar lo que que me hace especial y lo han visto en mí. Los fans que han llegado a mi música, los artistas que han creído en mí: mi relación con el piano y las letras. Eso es lo que me hace especial y no nunca lo he plasmado en mis discos hasta ahorita.
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