Donde las montañas son ancestros: turismo y cultura wayú en el cabo de la Vela
Foto: Fotografías Camilo Medina
septiembre 7, 2026
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Donde las montañas son ancestros: turismo y cultura wayú en el cabo de la Vela

En la aridez del cabo de la Vela, donde el desierto de La Guajira se funde con el Caribe, el verdadero valor del paisaje no reside únicamente en sus playas tranquilas o en sus vientos para el windsurf, sino en la memoria milenaria del pueblo wayú.
POR:
Simón Granja Matias
Revista Diners
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Las olas parecen hechas de conchas. Miles de ellas cubren la orilla, formando una alfombra irregular de tamaños, colores y formas. Aquí, el Caribe apenas respira. El agua avanza con una calma inusual, como si fuera una laguna abierta hacia un horizonte interminable. Solo el viento rompe esa quietud: es el mismo que empuja las velas de quienes desafían el mar sobre una tabla de windsurf.

Después de varios días recorriendo la Alta Guajira —seis horas en camioneta atravesando el desierto, dunas que obligan a subir y bajar sin descanso, caminatas bajo un sol inclemente—, el cabo de la Vela aparece como una pausa necesaria. Es uno de los sitios más visitados de La Guajira, pero también un territorio donde el paisaje cobra verdadero valor cuando alguien cuenta las historias que habitan en él.

Ranchería Utta ofrece ese descanso. Un sendero de piedra conduce hasta una recepción abierta al viento; las cabañas, construidas con materiales tradicionales, se integran al entorno con una sobriedad que desarma cualquier idea preconcebida sobre el lujo. Cuesta creer que este lugar no pertenezca a una cadena hotelera. Todo lo que hay aquí nació del trabajo de una sola mujer: doña Elba Gómez, wayú del clan Ipuana.

A finales de la década de los noventa, este terreno era apenas monte frente al mar. Era la herencia que había recibido de su madre y su único patrimonio para sacar adelante a sus hijos. Regresó al cabo de la Vela, limpió el terreno y abrió una pequeña tienda con una nevera de gas donde vendía gaseosas y cervezas frías a los pocos viajeros que llegaban.

Cultura wayú
Doña Elba Gómez, wayú del clan Ipuana, recibió el terreno en el que funciona la ranchería como herencia de su madre.

“A los turistas les asombraba encontrar cerveza helada en medio del monte. Poco a poco nos pidieron comida y así empezamos a servir los primeros desayunos y almuerzos”, recuerda sentada frente al mar.

El nombre surgió del árbol que dominaba el terreno. Utta, una especie de la familia del mangle que crece junto a la costa, dio identidad al lugar. La primera enramada se levantó con yotojoro, la madera interior del cactus cardón. Algunos visitantes comenzaron a preguntar si podían pasar la noche allí. Cada temporada dejaba un pequeño ingreso que permitía ampliar una cabaña o mejorar la cocina.

El punto de inflexión llegó en 2005 con el programa denominado “Posadas turísticas”. Ese apoyo permitió construir una cabaña mejor equipada y coincidió con el interés creciente de más viajeros. Poco después regresó Michael Polanco, hijo de doña Elba y contador público. Con el apoyo de sus hermanos, comenzó una nueva etapa: pensar qué tipo de turismo necesitaba el territorio para evitar que el aumento de visitantes amenazara Jepirra, el espacio sagrado donde descansan las almas de sus ancestros.

Cabo de la vela
El nombre de Ranchería Utta surgió del árbol que dominaba el terreno, una especie de la familia del mangle que crece junto a la costa.

Comprendieron que el mayor patrimonio de Utta no eran las cabañas, sino la cultura que las rodeaba. De esa inquietud nació una apuesta por compartir la memoria wayú. En 2017 construyeron la Enramada Cultural, un espacio para cineforos, charlas y actividades comunitarias.

Tres décadas después, Utta aloja a más de cien personas entre cabañas y enramadas. Sin embargo, su mayor virtud está en haber entendido que el verdadero atractivo del cabo nunca fue únicamente el mar ni el desierto, sino compartir una cultura milenaria sin convertirla en espectáculo.

Jepirra: donde descansan las almas

A pocos kilómetros de Utta vive Diana Girnu Uriana, quien recibe a los visitantes en Ipotshiru, una ranchería cultural donde la comunidad enseña sobre sus usos, tradiciones y artesanías. Diana no habla primero del paisaje; habla de Jepirra.

“Para nosotros es el territorio sagrado ancestral”, dice con serenidad. “Creemos en una segunda vida y es allí donde descansa el alma después de recorrer este mundo”.

El cabo de la Vela no es solamente un destino turístico: es el sitio hacia donde viajan las almas del pueblo wayú al concluir su tránsito terrenal. Ese viaje culmina años después de la muerte, durante el segundo velorio, cuando la familia exhuma los restos y los despide por última vez.

A partir de ese instante, el paisaje adquiere otra dimensión. El Pilón de Azúcar deja de ser el cerro blanco que miles fotografían. En wayuunaiki su nombre es Kamachi. Diana explica que fue un wayú convertido en piedra por desobedecer y que su espíritu permanece allí. Junto a Epizé (el cerro de la Teta) e Itohot (la serranía de la Macuira), forma un triángulo sagrado que protege el territorio.

En este momento, Diana y su familia pasan por un duelo. Su abuelo falleció hace poco; el anciano era el palabrero de la familia. En la cultura wayú, cuando surge un conflicto no se busca imponer una verdad, sino un acuerdo. Para eso existe el Püchipü’ü, el palabrero, reconocido por su paciencia para mediar sin levantar la voz. Su autoridad proviene del respeto a la palabra. También acompaña acuerdos matrimoniales y establece la dote, entendida como un gesto de reconocimiento hacia la mujer y su trabajo familiar.

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Todo parte de una forma distinta de entender el parentesco. Los wayús pertenecen a un Eiruku, un clan que se hereda por línea materna. La madre transmite la identidad en esta sociedad matrilineal, aunque el padre conserva un lugar de profundo respeto.

La infancia tiene también un momento decisivo. Cuando una joven menstrúa por primera vez, comienza un periodo de encierro que Diana describe como la gran escuela de la mujer wayú. Durante semanas o meses aprende a tejer mochilas y chinchorros, escucha a las ancianas y sigue una dieta a base de mazamorra de maíz sin sal. No es un castigo: es el rito en que una niña se convierte en mujer.

Diana habla también de la poligamia como una forma ancestral de organización familiar, en la que el hombre distribuye su tiempo y recursos entre varios hogares y los hijos crecen como hermanos.

La conversación vuelve a la muerte. El duelo no termina con el entierro; continúa hasta el segundo velorio, cinco o siete años después. Una mujer de la familia asume la responsabilidad de exhumar los restos tras una rigurosa preparación: no puede llorar ni dormir durante dos noches y purifica los restos con chirrinchi, evitando el contacto directo mediante pequeñas piedras y herramientas tradicionales. Solo cuando los restos descansan definitivamente en su chinchorro final, el viaje concluye.

“Ahí su alma descansa para siempre en Jepirra”, dice Diana.

Al salir de Ipotshiru, el viento se vuelve a sentir igual; sin embargo, algo ha cambiado. El cabo de la Vela deja de ser únicamente el lugar donde el desierto se encuentra con el Caribe para convertirse en un territorio donde las montañas son ancestros, la palabra resuelve conflictos y la muerte es tan solo el último tramo de un viaje milenario. 

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