Revista Diners
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Hay una escena en La invitación (The Invite) que contiene el espíritu completo de la película. Cuatro personas conversan en un apartamento de San Francisco sobre sexo, matrimonio, fantasías, frustraciones y la rutina que inevitablemente llega con los años. Las parejas, interpretadas por Olivia Wilde, Seth Rogen, Penélope Cruz y Edward Norton se ríen, se incomodan y se desafían. Nada parece extraordinario, pero cada frase revela una verdad incómoda: muchas veces el problema de una relación no es la monotonía, sino dejar de preguntarse quién es realmente la persona que tenemos al lado.
Ese fue el elemento que atrajo a Olivia Wilde cuando llegó al proyecto. Antes de leer el guion escrito por Rashida Jones y Will McCormack, decidió regresar al origen de la historia y ver la película española de 2020 titulada Sentimental, del catalán Francesc Gay Puig, en la que se basa. “Lo primero que hice fue ver la película original antes de leer el guion, porque quería entender la fuente de esta adaptación. Me preguntaba qué tenía esta historia para ser tan relevante en culturas tan diferentes. Debía existir un núcleo muy auténtico”, explica Wilde.
Ese núcleo no estaba en el intercambio de parejas ni en la provocación superficial. Estaba en una pregunta mucho más profunda: ¿qué sucede cuando dos personas que llevan años juntas descubren que todavía tienen mucho por conocer del otro? La directora encontró algo poco habitual en Hollywood, con una historia donde el conflicto no nace de una gran tragedia, sino de conversaciones pequeñas capaces de cambiar una relación entera.
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Olivia Wilde y La invitación: una película sobre reinventar el amor
“Leí el guion de Rashida y Will y supe que teníamos algo emocionante. Era un material suficientemente abierto para permitir ensayos, improvisación y dejar que la película evolucionara mientras la interpretábamos.” Esa decisión definió el proceso creativo. Durante semanas, actores, directora y guionistas dejaron de hablar únicamente de personajes para hablar de sus propias experiencias: matrimonios, rupturas, inseguridades y las contradicciones que aparecen cuando el amor deja de ser una fantasía y se convierte en una convivencia real.
Rashida Jones asegura que esas conversaciones fueron la verdadera materia prima del proyecto. “Teníamos un material original maravilloso escrito por Cesc Gay, pero después nos sentamos con el elenco y cada uno aportó sus experiencias de pareja. Nunca rechazamos ese tipo de inspiración porque es el mejor combustible para escribir”.
El desafío fue transformar esas confesiones personales en una historia que conservara ritmo y emoción. “Nuestro trabajo era volver a la estructura y preguntarnos dónde encajaba cada idea, cómo mantener la película funcionando y que todo respondiera al tema central”, explica Jones.

Para Will McCormack, esa libertad fue posible porque existía una base sólida. “Habíamos trabajado el guion durante un año antes de entrar al salón de ensayos. Eso nos permitió adaptar los personajes a los actores y aprovechar lo que ellos podían aportar”.
La invitación: de la película española Sentimental a Hollywood
La sensación final es la de estar observando una conversación real, como si los personajes descubrieran sus propias respuestas mientras hablan. Wilde buscaba precisamente esa espontaneidad. “Fue la primera película en la que sentí que dirigía y editaba al mismo tiempo. Al rodar cronológicamente podíamos sentir cuándo la energía debía cambiar. Todo parecía instintivo, aunque detrás había mucha preparación”.
Esa combinación entre estructura y libertad también transformó la mirada de Wilde sobre el amor. Durante la preparación trabajó con la terapeuta Esther Perel, cuya idea de que una pareja puede vivir varias relaciones distintas a lo largo de los años se convirtió en una de las claves del filme. “Una relación puede contener varias relaciones. Quizá toda relación está destinada a terminar, pero uno puede comenzar una nueva relación con la misma persona”.
Para Wilde, esa idea abrió una nueva perspectiva. “Me volvió mucho menos cínica sobre el matrimonio. Me encanta la posibilidad de reinventarse y evolucionar, tanto individualmente como en pareja”.
Por eso la frase de Oscar Wilde que abre la película que dice “Uno debería estar siempre enamorado. Esa es precisamente la razón por la que nunca debería casarse” funciona como una provocación. La directora espera que el espectador llegue al final interpretándola de otra manera. “Si seguimos comprometidos con el proceso de amar, que significa reinventarse, entonces el matrimonio deja de ser algo poco romántico”.

Más que una historia sobre fidelidad o deseo, La invitación termina hablando de curiosidad, en la voluntad de seguir descubriendo a la persona que tenemos enfrente, aunque ambos hayan cambiado con el tiempo.
Penélope Cruz y Seth Rogen: los personajes que transformaron La invitación
Uno de los mayores logros de la película es que nunca parece escrita para que sus personajes pronuncien grandes verdades. Todo surge como una conversación entre amigos, llena de silencios incómodos, miradas y momentos donde una pausa dice más que un discurso. “Es una película donde se habla muchísimo, por eso los silencios eran tan importantes”, dice Jones. “El piano al final también es un diálogo”.
La historia ocurre casi completamente dentro de un apartamento, un espacio que Wilde convirtió en un personaje más. La directora entendió que necesitaba lugares donde los personajes pudieran ocultarse, tener conversaciones privadas y mostrar versiones distintas de sí mismos. “Trabajamos con espejos, cristales y barreras que representaran límites emocionales. El apartamento es absolutamente un personaje de la película”.
La arquitectura terminó funcionando como metáfora de las relaciones: espacios divididos, mundos separados y personas que pueden verse, pero no siempre alcanzarse. Esa misma libertad marcó el trabajo con los actores. Wilde nunca quiso que Penélope Cruz interpretara a una mujer perfecta o seductora, sino a alguien impredecible, intenso y lleno de contradicciones. “Penélope se sintió atraída por todo aquello que hacía imperfecto al personaje: su intensidad, sus momentos incómodos, su humor y su rabia”.

Incluso pidió una peluca rubia para alejarse físicamente de sí misma. “En cuanto se la puso, desapareció Penélope y apareció Piña”. La actriz aportó ideas que terminaron transformando escenas completas: el baile, las conversaciones en español, el momento fumando marihuana y el monólogo sobre la perimenopausia. “El ADN de Penélope está por toda esta película. Nunca había trabajado en una película donde cada actor tuviera tanta autoría sobre su personaje”, afirma Wilde.
Algo similar ocurrió con Seth Rogen, quien interpreta a Joe. La directora encontró en él una mezcla poco común de humor, vulnerabilidad y contradicción. “Necesitabas quererlo, frustrarte con él y sentir compasión por él. Seth sabe exactamente cuándo hacerte reír y cuándo no”.
Por qué el final de La invitación no ofrece respuestas definitivas
La película nunca juzga los deseos de sus personajes ni convierte sus fantasías en una provocación vacía. Lo que realmente observa es qué ocurre cuando la posibilidad de cambiar deja de ser una idea y se convierte en una decisión. Durante todo el proceso, Wilde volvió a una pregunta esencial: ¿qué significa estar vivo cuando la rutina comienza a ocupar el lugar de la curiosidad?
“Creo que esta película habla de autonomía. Muchas veces pensamos que la intimidad significa fusionarse con otra persona, pero también implica mantener la propia identidad. Nadie puede ser responsable de tu felicidad. Tú eres responsable de tu felicidad”.
Esa reflexión también explica una de las apuestas técnicas del proyecto: filmar en 35 milímetros, una decisión poco común en una industria dominada por lo digital. “Fue una batalla. Incluso compré los primeros rollos de película con mi propio dinero para demostrar que iba en serio. Cuando escuchas la película corriendo dentro de la cámara, todo cambia. Existe una sensación de que ese momento no puede repetirse infinitamente”.
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Para Jones y McCormack, esa autenticidad era fundamental. Después de años escribiendo juntos, dejaron atrás la idea del amor perfecto para explorar lo que ocurre cuando la vida obliga a reinventarlo. “Cuando éramos jóvenes escribíamos sobre el corazón roto por amor. Ahora escribimos sobre el corazón roto por la vida. Y eso es mucho más interesante”, dice McCormack.
Quizá por eso el final de La invitación resulta tan poderoso. No ofrece respuestas definitivas. Solo propone una posibilidad: volver a intentarlo. “No queríamos decirle al público qué ocurrirá después. Queríamos dejar abierta la posibilidad de que el verdadero trabajo comienza cuando termina la película”, explica Jones.
Y ahí es donde la película encuentra su mayor virtud, el de recordar que el amor no se sostiene únicamente con promesas, sino con la voluntad de seguir descubriendo a la persona que cambia frente a nosotros todos los días.


