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Revista Diners
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Una cámara espía, casi tímida, culebrea por las calles de Buenos Aires en una especie de persecución. Su objetivo es un elegante caballero alemán, de bigote impecable, que huye de algo que, aunque no se ve, parece ser absolutamente implacable.
Podrían ser los gritos de sus víctimas.
Podría ser el ánimo de revancha de los familiares de sus víctimas.
Podría ser la búsqueda de justicia de los que no quieren que sus víctimas caigan en el olvido.

Lo cierto es que el caballero alemán tiene muchísimas condenas pendientes y por eso es que su travesía de escape no se restringe solamente a Buenos Aires, sino que también lo llevará a Paraguay y a Brasil.
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El personaje, que está en alerta permanente, es Josef Mengele, también conocido como ‘El ángel de la muerte’, un remoquete tal vez demasiado condescendiente para un criminal tan despiadado. Amnistía Internacional, de hecho, califica a Mengele como uno de los personajes más siniestros y de más triste fama del Holocausto y añade que fueron sus inhumanos experimentos con prisioneros judíos y romaníes del campo de concentración de Auschwitz los que le ganaron su apodo.
Mengele, por ejemplo, participó en la selección de los 2.893 prisioneros y prisioneras romaníes que serían asesinados en las cámaras de gas de Birkenau. Pese a esos antecedentes, este criminal nazi logró escapar de la justicia europea y viajó a Sudamérica.
La película La desaparición de Josef Mengele, del director ruso Kirill Serebrennikov, retrata las diferentes etapas de la vida del alemán en nuestro continente, a donde viajó gracias a las redes clandestinas que facilitaron la huida de numerosos jerarcas nazis.

El encargado de interpretar a Mengele es el experimentado actor alemán August Diehl, quien construye a un personaje encerrado en su arrogancia y en una superioridad moral delirante, por la que no acepta sus delitos y ni siquiera es consciente de que el proyecto nazi de Hitler ya ha sido derrocado.
Diehl, curiosamente, ha encarnado a personajes que experimentaron casi todas las aristas del conflicto de la Segunda Guerra Mundial, desde los prisioneros judíos, pues encarnó al tipógrafo checo Adolf Burger en la cinta Los falsificadores, y los soldados nazis, con su papel de Franz Jägerstätter, protagonista de la conmovedora La vida oculta de Terrence Malick, que retrata la vida del campesino austriaco y objetor de conciencia que se negó a jurar lealtad a Hitler.
En ese catálogo de personajes de Diehl, tal vez el más reconocido es esa especie de caricatura hilarante del Major Hellstrom, el militar nazi que aparece en la icónica, y sangrienta, escena de la cantina La Louisiane de Bastardos sin gloria de Quentin Tarantino.

Ese camino de impunidad que recorre Mengele se retrata en varios planos temporales, pasando del derroche y la crueldad de sus días en el poder, que no sólo estuvieron restringidos a la Alemania del Tercer Reich, sino que tuvieron algunos ecos en Argentina, a la miseria y la pobreza que marcaron sus últimos días.
Para esas secuencias, el director Kirill Serebrennikov escogió la sobriedad del blanco y negro. El color aparece, casi como un contrasentido, en una larga escena que retrata los despiadados experimentos que Mengele llevó a cabo en Auschwitz.
Imposible no recordar, en ese punto, otra película que retrataba la banalidad de las mentes malignas que torturaron al mundo durante la Segunda Guerra Mundial: Zona de interés. En esta cinta de Jonathan Glazer, los horrores de Auschwitz pasan a un segundo plano, pues el protagonismo recae en los lujos de la familia de uno de los comandantes de este campo de concentración.
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