Foto: Crédito: Maja Baska
julio 29, 2026
Arte y Libros

«Nuestro arte es uno de los archivos que mantendrá viva esa memoria», Khalid Albaih

El caricaturista político sudanés conversó con Diners en el marco del Festival Gabo sobre el papel del arte frente a la guerra, la censura y la memoria en el cómic.
POR:
Mateo Bonilla Moreno

Puede que muchos cibernautas reconozcan el estilo de la caricatura política de Khartoon por alguna viñeta que circuló en redes sociales o una ilustración compartida durante la Primavera Árabe. Sin embargo, detrás de ese seudónimo está Khalid Albaih, caricaturista político, escritor y productor cultural sudanés —nacido en Rumania, criado en Doha, Catar, y radicado en Oslo, Noruega— quien ha convertido la ilustración en una forma de documentar aquello que el poder intenta borrar. Su obra transita entre la caricatura, la novela gráfica, el periodismo, las instalaciones artísticas para explorar la censura, el desplazamiento, la memoria y las formas cotidianas de resistencia.

"nuestro arte es uno de los archivos que mantendrá viva esa memoria", khalid albaih
Caricatura de Albaih publicada el 3 de mayo, día mundial de la libertard de prensa, en Khartoon Mag. Cortesía: Khalid Albaih / KhartoonMag.com.

Lejos de entender la sátira gráfica como un comentario inmediato sobre la actualidad, Albaih lo concibe como un archivo vivo. Esa idea atraviesa tanto sus exposiciones internacionales —presentadas en escenarios como la Bienal de Sídney— como proyectos editoriales independientes, entre ellos Khartoon Mag, una plataforma creada durante la guerra en Sudán para que caricaturistas y artistas desplazados narren el conflicto desde sus propias experiencias. Para él, el dibujo no consiste únicamente en cuestionar el presente, sino en preservar la memoria colectiva antes de que desaparezca.

El caricaturista estuvo en Bogotá en el marco del Festival Gabo. La revista Diners conversó con él:

¿Qué apareció primero: el pensamiento político o la pasión por el arte?

Creo que ambas surgieron al mismo tiempo. Necesitaba expresar cómo me hacía sentir la situación política y la única forma que encontré para hacerlo fue el arte. Al mismo tiempo, no dejaba de pensar en lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. Tuve la suerte de contar con cierta facilidad. No diría que era talento, sino el estímulo para dibujar. Y utilicé el dibujo para expresar mi frustración, incluso desde niño. Así fue como empezó todo.

Nació en Rumania, creció en Doha, vive en Oslo y es sudanés. ¿Cómo ha influido ese recorrido multicultural en su mirada artística y política? ¿Siente que alguna de esas culturas tiene una influencia más fuerte que las demás en su obra, o todas conviven por igual?

No creo que convivan por igual en mi trabajo. Son lugares por los que he pasado y cada uno me ha influido de una manera distinta. Pero, sobre todo, me han enseñado que, al final, todos somos iguales.

Mi trabajo habla precisamente de eso: de haber viajado, de haber tenido muchos hogares y, al mismo tiempo, de haberlos perdido. Esa combinación es la que me permite crear de una forma que conecta tanto con las personas de esos lugares como con gente de cualquier parte del mundo.

No me considero completamente sudanés ni completamente catarí. Me considero todo eso y mucho más. Pertenecemos a la primera generación que creció con internet y, durante mucho tiempo, sentí que ese era mi verdadero hogar. Pero hablo del internet de antes: un espacio libre y abierto, pensado para compartir conocimiento y trabajo; no el de ahora, marcado por la censura, las fronteras y el shadow banning.

Por eso no siento que pertenezca únicamente a esos lugares físicos. También pertenezco al lugar que me dio mayor libertad, y ese fue, en su momento, internet.

¿Cuál es la diferencia entre Khartoon, nombre por el que es reconocido internacionalmente, y Khalid?

Cuando empecé, quería crear una especie de alter ego, principalmente por seguridad. Quería tener una identidad desde la cual pudiera expresarme. Khartoon terminó siendo eso: mi voz. Khalid, para mí, es solo el vehículo. Por eso intento mantener a Khalid al margen. Trato de mirar las cosas a través de los ojos de todos, no únicamente de los míos.

Khartoon es, de alguna manera, la voz de todos. No se trata de Khalid, ni de Sudán, ni de Siria. Se trata de todos nosotros; para internet y para el mundo. También habla de empatía. Esa es la diferencia. Intento no mirar las cosas únicamente desde mi propio punto de vista. Aunque, por supuesto —parte de mi perspectiva—  trato de convertirla en algo que incluya a los demás. La pregunta es: ¿cómo miramos esto juntos?

Creció leyendo cómics como Tintín y Los Pitufos. Hoy, ¿qué cómics, ilustradores o artistas inspiran su trabajo?

Son muchos. Intento leer todo lo que puedo para descubrir constantemente nuevos estilos y nuevos autores. También procuro apoyar a los historietistas de la región y, por supuesto, a los de Sudán. En el mundo árabe existe un movimiento de cómic muy fuerte. No recibe el apoyo que merece, pero allí hay formas muy interesantes de contar historias, alternativas a los relatos tradicionales.

Si pienso en autores fundamentales, sin duda está Joe Sacco. Creo que es uno de los mejores del mundo por su manera de escribir sobre la historia y documentarla. El trabajo de investigación que hace es extraordinario. También me gusta mucho Guy Delisle, el autor canadiense. Ha publicado varios libros sobre sus viajes y admiro la sencillez con la que dibuja y cuenta esas historias. Y, entre las obras del mundo árabe, destacaría Shubeik Lubeik, una novela gráfica egipcia en tres partes. Está bellamente realizada: la historia es magnífica y profundamente local.

¿Y cómo ve la industria del cómic ahora?

Primero, hay que decirlo: el cómic es algo que siempre ha sido un género de nicho. No a todo el mundo le interesan los cómics o las novelas gráficas. Pero también necesita mucho más apoyo, especialmente en mi región.

Es muy difícil encontrar una editorial adecuada. Es algo que vivo personalmente: tengo dos libros en los que estoy trabajando y sigo buscando la editorial indicada, una que pueda respaldar el proyecto, ayudar a traducir las historias y hacerlas llegar a más lectores.

Hace falta mucho apoyo. Y, por supuesto, internet también ha cambiado ese panorama. Aun así, creo que, al final, volveremos a valorar las ediciones impresas. Volveremos a disfrutar de tener los libros en las manos y hasta del olor del papel.

Sus viñetas tienen la capacidad de condensar debates políticos muy complejos en una sola imagen. ¿Cómo es el proceso de transformar esas ideas en un dibujo?

Es mucho trabajo. Lo más importante es saber de qué estoy hablando o, al menos, tener muy claro qué quiero decir. No hago caricaturas por hacerlas. Cuando creo algo, quiero que tenga un significado, que sea auténtico, que plantee una pregunta y que inicie una conversación.

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Khalid Albaih impartió la charla ‘La caricatura como acto de resistencia’ durante el Festival Gabo de 2026. Cortesía: Festival Gabo.

No trabajo para nadie. Hago esto porque quiero hacerlo. Por eso, el primer paso es informarme lo más posible sobre el tema que quiero abordar. Después viene la pregunta de cómo quiero contarlo: ¿será una caricatura, un artículo o una instalación artística?

Ese es, en esencia, mi proceso. Primero necesito conocer el tema y luego discutir las ideas con personas en las que confío. A partir de ahí construyo la obra. Para mí, cada caricatura es el comienzo de una conversación más amplia, que puede convertirse en una obra mayor o desarrollarse en otro formato. Al final, cada dibujo es el boceto de algo mucho más grande.

Desde su rol, en un momento —como el que vivimos— marcado por el avance del conservadurismo, censura y polarización política, ¿cómo ha asumido el papel de seguir cuestionando las realidades incómodas desde la caricatura? 

Intento hacerlo siempre. El problema es que hoy la censura funciona de una manera distinta. Es parecido a lo que ocurre con los libros y con la falta de editoriales dispuestas a apoyarlos, o con lo que ha pasado en internet.

Ya no se trata de que te prohíban publicar. Ahora te dicen: «publícalo, no hay problema», pero ese contenido no llegará a ninguna parte. Quedas oculto por los algoritmos de las redes sociales, impulsados por intereses y alianzas políticas. A eso se suman editoriales que no quieren asumir riesgos y periódicos que, aunque publiquen estos trabajos, muchas veces tienen un alcance muy limitado o tampoco están dispuestos a correr riesgos.

Así que el problema ya no es si yo, otros artistas o los activistas hablamos. La verdadera pregunta es: ¿cómo hacemos para que ese mensaje llegue a la gente? ¿Cómo podemos hablar entre nosotros cuando los canales de comunicación están controlados? Esa es mi principal preocupación hoy.

Por eso disfruto tanto estar aquí, en Bogotá, conversando con la gente y descubriendo las similitudes entre lo que ustedes viven y lo que estamos atravesando en otras partes del mundo.

Vivió la Primavera Árabe y la transformación del internet. ¿Cómo ve la evolución del ecosistema digital ahora?

Viví el nacimiento de los blogs, del microblogging, de las redes sociales y de las grandes empresas tecnológicas que hoy conocemos. También el ascenso de los tecnócratas que las controlan. He visto todo ese proceso y, en cierto modo, soy un ejemplo vivo de lo que significó.

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Al principio fui un artista de internet. Creo que fui uno de los primeros artistas de internet del mundo. Mi trabajo se difundió desde la Primavera Árabe hasta Occupy Wall Street, en Estados Unidos, y llegó también a las protestas en Australia o Hong Kong. Ese era el espíritu de internet.

Pero después vi cómo la democracia se convirtió en un objetivo de ataque; cómo ser antifascista pasó a verse como un delito; cómo hablar de un genocidio se considera «demasiado político», incluso cuando lo que estás haciendo es hablar de niños que están muriendo. Y, cuando hablas de Sudán, simplemente te ignoran.

"nuestro arte es uno de los archivos que mantendrá viva esa memoria", khalid albaih
Race to the End, caricatura de Khartoon frente a la supremacia blanca. Cortesía. Khartoon / Khalid Albaih (@khalidalbaih).

He sido testigo de cómo las personas contra las que nos levantamos durante la Primavera Árabe entendieron el funcionamiento de estas plataformas. Mucha gente dio la vida por esa causa. Algunos murieron; otros abandonaron sus países con la esperanza de regresar a un lugar más libre o de encontrar esa libertad en Estados Unidos o Europa.

Hoy, incluso quienes emigraron enfrentan nuevos problemas por seguir hablando de estos temas. Hay académicos despedidos de las universidades, rectores apartados de sus cargos por alzar la voz, editoriales, exposiciones de arte e incluso bienales que han sido canceladas.

Estamos viviendo esta historia en tiempo real. No sé cómo terminará, pero tenemos que encontrar la manera de contar lo que ocurrió. No podemos dejar que solo los vencedores escriban la historia. El problema es que ellos también controlan los espacios desde donde contamos nuestras historias. Por eso sigo preguntándome cómo podemos trabajar juntos para cambiar esa realidad.

En su instalación Shahid invitó al público a dejar de ser un simple observador para convertirse en testigo de lo que ocurre en Gaza. ¿Qué buscaba provocar con ese cambio de perspectiva? Y hoy, cuando todos somos testigos virtuales de la injusticia, el racismo o el colonialismo, ¿cómo entiende esa idea?

Exactamente de eso trata. Todos somos testigos de lo que está ocurriendo. Y eso también responde a la pregunta anterior: estamos viendo los hechos de primera mano. Pero tenemos que mantenernos firmes y decir: ya no más.

No basta con ser espectadores; tenemos que actuar como testigos, como se hace ante un tribunal. Tenemos que preguntarnos por qué los responsables no están rindiendo cuentas. Si incluso los jueces de la Corte Penal Internacional son sancionados por denunciar un genocidio y señalar a quienes lo cometieron, entonces nosotros también debemos alzar la voz.

Shahid habla precisamente de eso. Ninguno de nosotros puede decir que no lo vio. Todos fuimos testigos.

Si los algoritmos de plataformas como Instagram, Facebook o X limitan el alcance de contenidos como el suyo, ¿existe alguna alternativa para escapar de ese sistema? 

Es complicado. Cuando Donald Trump fue expulsado de Twitter —una decisión que muchos consideran una de las razones por las que perdió las elecciones frente a Joe Biden— creó su propia red social, Truth Social.

Eso demuestra que necesitamos construir nuestros propios espacios. Hace falta capital, pero también el compromiso de quienes tienen ese capital. Tenemos que entender que la única manera de hacer algo diferente es unirnos, conectar y trabajar juntos.

De lo contrario, cada uno seguirá luchando por separado, encerrado en su propio espacio. Y eso es exactamente lo que busca la vieja lógica colonial: divide y vencerás. Eso es lo que está ocurriendo hoy.

Creó KhartoonMag, una plataforma que reúne voces diversas —jóvenes, mujeres y nuevos artistas— para contar historias a través de la caricatura política y el cómic. ¿Cómo fue el proceso para construir un espacio que amplifica esas voces?

Cuando comenzó la guerra, toda la estructura periodística de Sudán se vino abajo y se volvió muy difícil sacar información del país. Y yo estaba cansado. Soy uno de los pocos artistas sudaneses que trabaja temas políticos e intenta hablar sobre Sudán. Pero una sola voz no basta.

Quería que más personas pudieran trabajar, que más personas pudieran crear. Había muchísimos grandes artistas, diseñadores y autores de cómic que, de un momento a otro, se quedaron sin trabajo. Otros nunca habían trabajado en este medio porque antes no habían tenido el apoyo necesario.

Así que creé una revista para darles la oportunidad de seguir trabajando y contar la historia de la guerra de Sudán desde la mirada de caricaturistas sudaneses, no de propagandistas ni de personas que apoyan a uno u otro bando.

Esta es la voz de la calle. Es la voz de las personas que están sufriendo una de las mayores catástrofes de desplazamiento del mundo en este momento. Necesitábamos una voz independiente para que, cuando alguien vea estas caricaturas dentro de sesenta años, pueda entender cómo se sentía la gente.

Desde el comienzo de la guerra trabajamos como una residencia artística. Cada dos meses reunimos a tres artistas. Cada uno trabaja de manera independiente con nuestro editor y los tres se reúnen semanalmente para desarrollar sus proyectos. Ahora estamos, creo, en la decimoquinta cohorte de artistas. Ya tenemos más de cuarenta caricaturistas y autores de novela gráfica trabajando para KhartoonMag.

Y estamos preparando un libro. Es uno de los proyectos en los que estoy trabajando ahora mismo. Estamos buscando una buena editorial para publicar un libro sobre los primeros mil días de la guerra, para poder dejar ese registro.

¿Es posible que, por ejemplo, un caricaturista colombiano vaya a Sudán y haga caricaturas sobre la situación política del país o hay una frontera que no se debe cruzar?

No, en absoluto. Como decía antes, lo primero siempre es saber de qué estamos hablando. Eso es lo más importante cuando se hace un trabajo con compromiso social o político. Hay que saber de qué demonios se está hablando.

No importa si eres de Sudán, de Colombia o de cualquier otro lugar. Lo relevante es conocer el tema y establecer esa conexión, porque nadie vive aislado del resto.

Preservar la memoria es uno de los temas centrales de su trabajo. ¿Qué espera para el futuro y qué papel cree que desempeñará el arte para mantener viva esa memoria?

Nuestro arte es uno de los archivos que mantendrá viva esa memoria. El arte es la voz de la gente. Por eso debemos garantizar la libertad de expresión. Tenemos que asegurarnos de que todas las personas puedan hablar de aquello de lo que quieren hablar, sin recurrir a la violencia, y seguir difundiendo esas historias y conectando a las personas, porque el arte es un lenguaje universal.

¿Qué le diría a un joven o una joven que sueña con convertirse en caricaturista político?

Que lea, que lea mucho. Que entienda que las preguntas que se hace importan y que confíe en su propio estilo. Y que copie, copie, copie, copie y copie, hasta encontrar su propia voz.

(Conozca: Caitie Barrett: la arqueóloga que ayudó a reconstruir las últimas horas de Pompeya junto a Tom Hiddleston)

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