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Revista Diners
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“Le pregunté a la Esfinge que tengo a mi servicio: —Oh, ¿cuál será la fórmula, de virtud o de vicio, que rija mis futuros?— y los abstrusos senos musitaron unánimes, en tono profeticio: todo vale nada, y el resto vale menos”, escribió León de Greiff en Balada de la fórmula definitiva y paradojal, un poema que reúne algunos de los rasgos que distinguen a su prosa: la ironía, la exquisitez lexical y las construcciones originales frente a los entresijos de la vida. A 50 años de su muerte, el poeta antioqueño continúa siendo una de las voces más singulares de la literatura colombiana del siglo XX.
El suceso inició en la barrio El Llano, en inmediaciones de donde hoy está la Estación Prado del Metro de Medellín, la villa de los menjurjes bursátiles. De sangre Sueca por parte de su bisabuelo de línea partena, en adición a la ascendencia alemana por el padre de Amalia Haeusler Rincón, madre del poeta, una mezcla de sangre europea diluía por el territorio colombiano daría el nacimiento del escritor el 22 de julio de 1895, bautizado como Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Haeusler en la parroquia La Veracruz.

La niñez de De Greiff, para acortar su nombre, convivió con el agonizante fin del siglo XVIII y el paso a la era de vanguardias artísticas que estarán en auge en la Europa occidental durante el inicio del siglo XIX. El bachillerato lo llevó a cabo en el Liceo de la Universidad de Antioquia, para luego vivir tres años de Ingeniería en la Escuela de Minas, período donde fundó en compañía de varios allegados el Centro Literario y el periódico La Fragua.
En plena mocedad, a sus 18 años, viaja a Bogotá bajo el cargo de secretario ad-hoc del general antioqueño y amigo de la familia Rafael Uribe Uribe, quien fungió como único miembro del Partido Liberal en la Cámara de Representantes de 1896, para luego ocupar otros puestos en la Asamblea de Antioquia (1909) y el Senado (1911). La estadía del poeta con la figura política sería corta, aunque incluyó el episodio cuando el joven inclinó —por solo algunas semanas— su futuro al camino de las leyes, asistiendo a la Facultad de Derecho de la Universidad Republicana. La madrugada del 15 de octubre de 1914, el jurista y miembro de la logia masónica fue asesinado a hachazos por los artesanos Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal. Tiempo antes de la muerte de Uribe Uribe, De Greiff regresó a su natal Medellín, donde se congregó con un grupo de doce intelectuales, sobre la edad de veinte años, para formar el conjunto de Los Panidas.
La asociación de la capital antioqueña, con punto de encuentro en el café El Globo del parque de Berrío, reunió a ávidos jóvenes que no soportaban la pobre oferta cultural en el territorio. Del disgusto, o tal vez más ligado a un entusiasmo, fue concretada la idea de publicar la Revista Panida, la cual vivió en 20 volúmenes. Unos meses atrás, sería registrado el primer soneto de Bogislao, datado de 1914, cuando tenía 19 años, según la investigación realizada por la Universidad Nacional de Colombia en busca de resguardar el legado del escritor de mamotretos.
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Pese a que la pluma suntuosa del hombre llamado en homenaje al santo de Asís y al escritor León Tolstoi ya contaba con un recorrido de sonetos y textos con métricas definidas, que serían criticados en su momento (junto a toda la producción panida) en las Páginas Sociales de la Familia Cristiana, el joven poeta regresa a la capital en 1916 para laburar como contador del Banco Central.
En un péndulo que oscilaba entre las letras y la estadística, la vida del odiador de la inopia de cerebros en la sociedad hallaba vaivenes positivos en sus dos mundos. Por un lado, en 1925, logró fundar la Revista Los Nuevos y publica Tergiversaciones, su primer mamotreto; y en febrero de 1926, inició su trabajo como administrador en la construcción del ferrocaril Bolombolo – La Pintada, paisaje que permanecería vigente en la obra venidera del antioqueño.

Si es necesario nombrar a la pluma que dio vida al cosmos degreiffiano, es menester dar un llamado a Sergio Stepanski, Judas el Obscuro o tal vez a Leo Le Gris, Matías Aldecoa, Beremundo el Lelo o a Gaspar von der Nacht; firmas, alter egos o, mejor, pseudónimos del antioqueño. Pese a las diferentes identidades, su recorrido por las letras consolidó cientos de sonetos, poemas y construcciones literarias que comprendían referencias satíricas a los dioses griegos, vivencias del desamor, sátira a la sociedad religiosa de la época y un vocabulario digno de un hombre con afición a leer el diccionario, actividad confirmada por su nieto, Alexis de Greiff.
De carácter seco e incluso proclamado energúmeno con aquellos ajenos a su círculo íntimo, el poeta cuyos bolsillos podían albergar desde mecato hasta textos inéditos, llegó a obtener la distinción de Caballero de la Real Orden de la Estrella del Norte (Nordstjärneorden) por parte del Reino de Suecia el 17 de diciembre de 1963, territorio donde ocupó el cargo de primer secretario de la embajada de Colombia; asimismo, fue condecorado con la Orden de Boyacá, en el grado de Comendador, en 1965. Un año antes de su muerte, recibió título de Doctor Honoris Causa en Letras por la Universidad del Valle.
Luego de compilaciones de escritos publicados, puestos en ministerios de la República, editar revistas culturales, ejercer como docente del Conservatorio de la Universidad Nacional, ser detenido por circunstancias políticas no explicadas, presentarse como gerente de un equipo de fútbol, visitar Asia y Europa del este, ser padre, publicar su obra traducida en 6 idiomas (alemán, checo, francés, inglés, italiano y vasco), enviudar, obtener reconocimientos nacionales, figurar en lecturas internacionales de sus poemas, ostentar la calidad de miembro honorario del Instituto Caro y Cuervo, ver incorporado su nombre a los programas oficiales de Literatura para Enseñanza Media por el Ministerio de Educación Nacional, formar parte de los intelectuales que dieron vida a la Radio Nacional, entre otras situaciones, Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Haeusler muere en la madrugada del domingo 11 de julio de 1976, en su casa de Bogotá.
Sonetos, de León de Greiff
«Un poeta debía saber escribir sonetos como un músico debía saber escribir sonatas», parafraseó Alexis de Greiff, nieto del poeta, durante la charla con la escritora Piedad Bonnett frente al lanzamiento de Sonetos de León de Greiff el pasado mes de mayo. Más allá puntualizar en un meollo, un sentir o un soñar, las letras de León de Greiff continúan vigentes por la musicalidad en su poesía, en palabras de Bonnett.
«La musicalidad es un don. No creo que todos los poetas lo tengan. La musicalidad de De Greiff comprende disonancias, no es la misma métrica o solo endecasílabos. […] Era un maestro del verso libre», indicó la autora de Lo que no tiene nombre. A sus 28 años, durante un semestre sabático de sus estudios en la Universidad de Los Andes, Bonnett ejecutó una investigación frente al poeta: León de Greiff y los orígenes de la lírica moderna en Colombia. Aunque hoy en día no defiende la tesis del texto, la galardona con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana señala que, dejando de la lado la idea de encasillar al león en las vanguardias, el antioqueño resalta por su originalidad, escritura compulsiva y poesía lúdica.
Además, como muestra del erudito que nació en el cierre del siglo XVIII, Bonnett resalta el papel de su léxico. «Nadie puede escribir de esa manera sin tener adentro esas palabras y tenerlas completamente apropiadas», mencionó la novelista oriunda de Amalfi, Antioquia, frente al culterano. La dramaturga niega una posible faceta pedante a causa del lenguaje en la obra degreiffiana, ya que analiza un ejercicio de sátira inyectada en cada una de sus oraciones, así como la bulia por criticar a la sociedad de su época.
El conversatorio no solo homenajeada a un solo De Greiff padre. El evento llevó a cabo un agradecimiento a Hjalmar de Greiff, hijo de León y progenitor de Alexis, por su trabajo de albacea. Años de recolección e investigación por parte del fallecido arqueólogo literario fueron gotas acumuladas a favor del legado de su padre que desembocaron en un caudal con extensión de 9.585 páginas, divididas en 10 tomos, que recopilan la obra completa en prosa y poesía de León de Greiff. El trabajo que supera un deseo de la familia De Greiff, y se transforma en patrimonio nacional, estuvo presente en formato físico en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026; sin embargo, el formato digital está disponible de forma gratuita en el portal de libros de la Universidad Nacional.
Este señor
Este señor vestido de negro, que nos mira
desdeñoso, es un grave señor adusto y serio
que dedicó su vida a la magia, al misterio,
y que no amó, ni ama, porque amar es mentira…
Su helado corazón es una sorda lira
que dá sones opacos. —Alma de cementerio,
ese torvo señor gusta del ministerio
de errar, lúgubre y solo, en exótica gira…
Y ese grave señor lleva dentro del alma
la sangre fría, negra, y bajo de su frente
el dolor más acerbo de cuantos conocí!
Pero sabe guardar —máscara muda y calma—
tras de su pétreo rostro un enigma doliente…
¡el enigma doliente que está dentro de mí!
Balada del mar no visto
No he visto el mar.
Mis ojos
–vigías horadantes, fantásticas luciérnagas;
mis ojos avizores entre la noche, dueños
de la estrellada comba,
de los astrales mundos;
mis ojos errabundos
familiares del hórrido vértigo del abismo;
mis ojos acerados de viking, oteantes,
mis ojos vagabundos
no han visto el mar…
La cántiga ondulosa de su trémula curva
no ha mecido mis sueños,
ni oí de sus sirenas la erótica quejumbre,
ni aturdió mi retina con el rútilo azogue
que rueda por su dorso…
Sus resonantes trombas,
sus silencios, yo nunca pude oír…:
sus cóleras ciclópeas, sus quejas o sus himnos,
ni su mutismo impávido cuando argentos y oros
de los soles y lunas, como perennes lloros
diluyen sus riquezas por el glauco zafir…!
Ni aspiré su perfume!
Yo sé de los aromas
de amadas cabelleras…
Yo sé de los perfumes de los cuellos esbeltos
y frágiles y tibios,
de senos donde esconden sus hálitos las pomas
preferidas de Venus!
Yo aspiré las redomas
donde el Nirvana enciende los sándalos simbólicos,
las zábilas y mirras del mago Zoroastro…
Mas no aspiré las sales ni los ïodos del mar!
Mis labios sitibundos
no en sus odres la sed
apagaron:
no en sus odres acerbos
mitigaron la sed…
Mis labios, locos, ebrios, ávidos, vagabundos,
labios cogitabundos
que amargaron los ayes y gestos iracundos
y que unos labios –vírgenes– captaron en su red!
Hermano de las nubes
yo soy.
Hermano de las nubes,
de las errantes nubes, de las ilusas del espacio:
vagarosos navíos
que empujan acres soplos anónimos y fríos,
que impelen recios ímpetus voltarios y sombríos!
Viajero de las noches
yo soy.
Viajero de las noches embriagadoras; nauta
de sus golfos ilímites,
de sus golfos ilímites, delirantes, vacíos,
–vacíos de infinito…, vacíos…–. Dócil nauta
yo soy,
y mis soñares derrotados navíos…
Derrotados navíos, rumbos ignotos, antros
de piratas… ¡el mar!
Mis ojos vagabundos
–viajeros insaciados– conocen cielos, mundos,
conocen noches hondas, ingraves y serenas,
conocen noches trágicas,
ensueños deliciosos,
sueños inverecundos…
Saben de penas únicas,
de goces y de llantos,
de mitos y de ciencia,
del odio y la clemencia,
del dolor
y el amar!
Mis ojos vagabundos,
mis ojos infecundos…:
no han visto el mar mis ojos,
no he visto el mar!
Aire
Abur! Es al regreso cuando yo me despido.
Para encontrarme solo vengo de los desiertos:
la frente lívida como la de los muertos,
los labios cárdenos, el ojo gris —de olvido…
Y esta es la Tribu Torpe. Y aquí hizo Shylock nido
si el Cananeo, alcázares —en cuyos rostros tuertos
es lo vulgar la norma, de anchos ojos abiertos:
lujo barato, mármoles de quincalla, pandemonium
/ manido—.
No es —presumo— una Urbe de Ensueño… Si, aquí,
/ nadie,
que yo mire, las rúas sesga…: mas sí es
la Ciudad de los Mútilos. Nadie exulta! (Así treno,
canto así, de la ergástula, porque así más irradie
mi Cántico de Prófugo —Mudo, Sordo, Sereno—:
¡pues vengo tras Exilio, Solitud, Desnudez!)
Canción ligera
Yo me bebí la sed sin dueño
junto al enlace de dos rutas.
Desde el estípite roqueño
de mi quimérico atalaya
vi naufragar —tibias, enjutas—
esbeltas formas, en la playa
(y un bello espíritu…, en el sueño!)
¡Y me bebí la sed sin dueño!
Grácil el cuerpo atán pequeño.
Radiantes ojos; diminutas
ansias…; y desde el zahareño
retiro —y mítica bicoca—
bajé a saciar las sedes brutas.
Torso en furor, ávida boca
(corazón fiël…, en el sueño!)
¡Y me bebí la sed sin dueño!
Creí topar el sér de ensueño
par: elaciones impolutas,
ánima clara, franco empeño;
y en sus ojazos abisales,
señeros, y en sus róseas grutas
sexual refugio (y estelares
faros, fanales…, en el sueño!)
¡Y me bebí la sed sin dueño!
Yo me bebí la sed sin dueño
junto al enlace de dos rutas:
fogoso su cuerpo cenceño,
sus labios húmidos, venustos,
olientes a exóticas frutas:
espíritu y cuerpo combustos
al par (y osados…, en el sueño…!)
¡Y me bebí la sed sin dueño!
—y aunque sin sed, a plena boca—
cerca al enlace de dos rutas.
Desde el estípite roqueño
de mi rimbáldica bicoca
(de mi fastigio zahareño
de mi anacrónico atalaya)
vi retozar sobre la playa
gráciles Venus impolutas.
Gráciles Venus, impolutas
quizá no todas, si harto bellas.
Y de su tórrida afrodicia
subió hasta mí turbio relente
que enardeció mis savias brutas
—de su jardín oculto, huellas:
heraldo azar de la delicia
que acendra las cípricas grutas
y en balde abomina el sapiente
Balada trivial de los 13 panidas
Músicos, rápsodas, prosistas,
poetas, poetas, poetas,
pintores, caricaturistas,
eruditos, nimios estetas;
románticos o clasicistas,
y decadentes, —si os parece—
pero, eso sí, locos y artistas
los Panidas éramos trece!
Melenudos de líneas netas,
líricos de aires anarquistas,
hieráticos anacoretas,
dandys, troveros, ensayistas,
en fin, sabios o analfabetas,
y muy pedantes, —si os parece—
explotadores de agrias vetas
los Panidas éramos trece!
De atormentados macabristas
figuras lívidas y quietas,
rollizas caras de hacendistas,
trágicos rostros de profetas…;
y satíricos y humoristas,
o muy ingenuos, —si os parece—
en el Café de los Mokistas
los Panidas éramos trece
Sutiles frases y discretas,
y paradojas exotistas,
sentencias sólidas, escuetas,
y jeroglíficos sofistas;
y las mordaces cuchufletas
envenenadas, —si os parece—
que en el Concilio de Agoretas
los Panidas éramos trece!
Y orquestaciones wagneristas,
—trompas y tubas y trompetas—,
o serenatas mozartistas
y sinfonías y retretas
de los maestros exorcistas,
beethovenianos, —si os parece—,
que en el Salón (bombos o arpistas)
los Panidas éramos trece!
Y los de pluma o de paletas,
altos poetas o coplistas,
los violinistas y cornetas,
en veladas aquelarristas
—sesiones íntimas, secretas!—
y en bodegones, —si os parece—
en esas citas indiscretas
los Panidas éramos trece!
Fumívoros y cafeístas
y bebedores musagetas!
Grandilocuentes, camorristas,
Crispines de elásticas tretas;
inconsolables, optimistas,
o indiferentes, —si os parece—
en nuestros Sábbats liturgistas
los Panidas éramos trece!