Revista Diners
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Una muerte repentina puede cerrar una biografía. Pero, en el caso del fallecimiento de la ilustradora y activista iraní Marjane Satrapi a sus 56 años, nos pone de manifiesto una pregunta incómoda ¿qué ocurre cuando el mundo emocional se viene abajo ante la pérdida de alguien que amamos? Quizás sea el dolor más grande que se puede soportar. Más que la pérdida misma de la patria o las raíces.

Marjane Satrapi no fue ajena al dolor. Tampoco a las injusticias. De hecho, fueron el material a partir del cual transformó sus propias heridas en un arte capaz de acercarnos a realidades que parecían lejanas al mundo occidental. Al transfigurar su dolor en creación artística, logró que fuera parte significativa de nuestra interconexión contemporánea como especie humana.
La prensa francesa informó que la novelista gráfica y también cineasta falleció este 4 de junio de 2026, poco más de un año después de la muerte de su esposo, Mattias Ripa, a quien definía como el amor de su vida. En los contenidos de sus redes sociales de los últimos años quedó reflejado el eco de una ausencia que no pudo domesticar: borró todo lo que había publicado previamente y se centró en ese amor perdido. Perder la patria, la libertad y el amor resulta, quizás, demasiado para un alma sensible.
Quizá por eso la historia de Marjane Satrapi resulta conmovedora. Porque pareciera que toda su vida fue un intento por sostener, a través del poder transformador del arte, aquello con lo que su corazón ya no podía cargar.

De allí provino su mayor milagro artístico: Persépolis, una obra autobiográfica con la cual logró que quienes nunca han vivido en un régimen totalitario pudieron sentirlo en su misma piel.
Su obra magna se convirtió en un cómic de culto al revelar al mundo la realidad que vivieron las mujeres iranies tras el derrocamiento del Sha de Irán en 1979 y la instauración de la República Islámica. La represión del régimen obligó a las mujeres a esconder su pelo tras el uso obligatorio del velo, a adoptar estrictas reglas de comportamiento y las llevó a sufrir ejecuciones deliberadas si no estaban de acuerdo con ello.
Su particular estilo, hecho de trazos sencillos en blanco y negro, definió su universo imaginativo y le permitió contar, a través de sus viñetas, las historias silenciadas de millones de mujeres en su país. De paso, su apuesta creativa tendió rutas de conocimiento entre Oriente y Occidente, al punto de adaptarse al cine seis años después.
El gran poder que había expresado Marjane Satrapi en su obra cumbre fue el de convertir experiencias íntimas y autobiográficas en relatos universales de absoluta honestidad. Pocas creadoras actuales han utilizado el arte con tanto compromiso y valentía como instrumento de denuncia social.
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No le fue fácil crecer a la sombra de un poder avasallador que les robaba a las suyas la identidad personal. Pero eso la definió. Su familia, en 1994, la apoyó para salir de su país e irse a estudiar a Francia. El desarraigo y la búsqueda de una identidad lejos de casa acapararon el foco que reflejan sus obras. No sentirse parte definió su vida. El amor, en medio de ese desarraigo, fue el hogar más certero que tuvo.
Luego de que Persépolis fuera publicada originalmente entre 2000 y 2003, la historieta fue adaptada al cine, en un trabajo conjunto con el guionista y director Vincent Paronnaud, de manera tal que conservara toda la fuerza política y emocional de la obra original, además de sus trazos originales.
En 2007, la cinta animada se presentó en el festival de Cannes y allí resultó ganadora del Premio del Jurado. Un año después obtuvo la primera nominación de una mujer en la categoría de mejor filme de animación en la historia de los Oscar. Más adelante, ya como directora, rodó la comedia de enredos La banda de los Jotas; Pollo con ciruelas y Las voces, una oscura road movie sobre un asesino en Estados Unidos y sus mascotas parlantes.

Aunque incursionó en el cine, su fuente de inspiración fue, ante todo, su trabajo con las novelas gráficas. Bordados, que narra la vida de las mujeres iraníes, y Pollo con ciruelas, que se centra en los últimos ocho días de vida de un pariente de Satrapi llamado Nasser Ali, un conocido intérprete de tar —laúd tradicional iraní— que ha perdido su instrumento y, por lo tanto, el gusto por la vida. Con este libro ganó el premio a la mejor obra en el festival de cómic de Angulema antes de ser adaptada al cine.
En 2019 dirigió la película Radioactive, que narra la biografía de Marie Curie. Protagonizada por Rosamund Pike, la cinta le permitió a Satrapi reafirmar el triunfo de las mujeres inteligentes ante las sociedades dominadas por hombres.
Al volver atrás, queda claro lo que une toda la filmografía y bibliografía de Satrapi: una profunda curiosidad por la condición humana y una necesidad de hablar desde los puntos de vista de lo que la sociedad no suele escuchar: ya fueran las niñas, las mujeres, las mascotas que deciden hablar o los instrumentos musicales silenciados que recuerdan la tradición. Curiosamente, en medio de todas esas denuncias, siempre hubo un atisbo hacia la ternura y el humor, y un llamado a la cordura.
Satrapi nunca se limitó a hablar sobre Irán. Hizo referencia también a la soledad, la memoria, el amor, la pérdida, la identidad y la necesidad de preservar la individualidad frente a cualquier forma de opresión.
Su compromiso social traspasó fronteras al punto de destacarse como defensora de los derechos de las mujeres y respaldar abiertamente el movimiento Mujer, Vida, Libertad, surgido tras la muerte de Mahsa Amini en 2022, una iraní de origen kurdo que fue arrestada y torturada por la policía religiosa islámica por no usar su hiyab correctamente. Su más reciente trabajo fue, justamente, el cómic Mujer, vida, libertad.

Para Satrapi, el feminismo y la reivindicación de los derechos se hacían reales solo a través de los hechos y de las acciones.
Por ello, el año pasado, fiel a sus principios, rechazó la Legión de Honor, la máxima distinción otorgada por el Estado francés, argumentando su desacuerdo con determinadas políticas relacionadas con Irán, aunque amara a Francia por ser la nación que la acogió.
Sí aceptó, en cambio, el Premio Princesa de Asturias en 2024, pero solo porque creía que le ayudaría a tener un impacto real en la vida de otras personas, a pesar de que sintiera no estar “hecha para recibir premios. Es algo que me incomoda”.
La muerte de Marjane Satrapi nos recuerda que incluso quienes han dedicado su vida a narrar el dolor pueden sentirse desbordados por él. Pero, al mismo tiempo, que el arte puede expandir todo aquello que no podemos comprender con propósito y significado. Y validar nuestra existencia.
Como ella misma intuía, la vida y la muerte nunca están tan separadas como creemos.


