Revista Diners
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La literatura es un espacio idóneo para narrar verdades incómodas, cuestionar sistemas y exigir rectificaciones. Así lo demuestra Ricardo Raphael en su libro más reciente, Fabricación (Seix Barral, fabricacion.mx).
Raphael, reconocido escritor y periodista mexicano, es autor de obras como El otro México, Periodismo urgente y Hijo de la guerra. Colaborador en la columna «Política Zoom» de Milenio Diario, conduce el noticiario matutino A ras de tierra (ADN 40), así como los programas semanales No hay lugar común (ADN 40), Calle 11 (Canal Once) y Multiverso Milenio (Milenio TV).
En Fabricación, Raphael desmonta el caso Wallace, uno de los más mediáticos de México: Isabel Miranda de Wallace asegura que su hijo, el empresario Hugo Alberto Wallace, fue secuestrado y asesinado. El relato la convirtió en figura admirable y respetada, pero el autor expone pruebas de que todo fue una fabricación.
En entrevista con Raphael, se exploraron los orígenes de su investigación, el rol de los medios en la construcción de narrativas públicas y las implicaciones políticas y judiciales del caso.

En La Fabricación usted habla de una “verdad construida”. ¿Cómo se investiga algo cuando las versiones oficiales parecen ya estar completamente instaladas en la opinión pública?
El libro es difícil de clasificar, porque normalmente dicen que son relatos de no ficción, pero yo diría que el género de La Fabricación es «antificción», porque hubo alguien que contó una ficción y a mí lo que me tocó es desmontar esa ficción. Entonces, es un trabajo quizá más meticuloso que el de escribir una ficción, es decir, me tocó desmenuzar una historia que la sociedad mexicana se creyó durante 20 años. Estoy hablando que a la fecha todavía hay una parte del poder judicial, de la sociedad, de los medios de comunicación, que siguen creyendo que esta fue la verdad de los hechos.
Entonces, sí hay un trabajo periodístico de desmontaje, pero luego hay un trabajo literario para dar a conocer ese desmontaje, lo cual produce una pieza literaria basada en ese ejercicio periodístico original.
No puedo decir que todo cambió de un momento a otro, pero sí hubo un punto clave que hizo posible esta investigación. Una de las pruebas más contundentes para encarcelar a los supuestos secuestradores era una gota de sangre y esa evidencia me llevó a entrevistar a la madre de Hugo Alberto Wallace.
Durante esa conversación, ella me dijo algo que en ese momento no identifiqué, pero que después descubrí que era una mentira enorme. Cuando esa mentira se derrumba, entiendo que tengo que seguir investigando. Ahí fue cuando empecé a descubrir todas las piezas falsas del relato que nos habían contado durante años.
¿Y cómo fue el proceso de investigación una vez descubrió esa primera mentira? ¿Cómo empezó a conectar las piezas y encontrar nuevos testimonios?
Yo me topo con una versión tan instalada en la opinión pública que era muy difícil imaginar que pudiera ser falsa. Decir públicamente que Isabel Miranda de Wallace había mentido era casi como cambiarle el color al cielo. Era enfrentarse a una verdad consumada para gran parte de la sociedad.
Pero al mismo tiempo empecé a ver las grietas de esa historia. La primera apareció con una gota de sangre encontrada en el departamento donde supuestamente ocurrió el secuestro de Hugo Alberto Wallace. Según el expediente, el ADN coincidía en un 99% con el del supuesto padre biológico de Hugo Alberto, José Enrique de Socorro Wallace.
El problema fue que, en 2018, comenzaron a circular documentos que ponían en duda esa paternidad. Yo tenía entonces un programa de entrevistas e invité a Isabel Miranda de Wallace. Le pregunté quién era el padre biológico de su hijo y reaccionó con enojo. Negó todo, incluso cuando le mostré actas de nacimiento que sugerían otra historia.
La entrevista salió en televisión nacional. Dos días después me llamó Carlos León Miranda y me dijo: “Yo fui esposo de Isabel y Hugo Alberto es mi hijo”.
Ahí entendí la dimensión de la mentira. Si había mentido sobre algo así en televisión nacional, ¿qué más podía ser falso? Entonces comenzó una investigación de años: más de 130 mil páginas de expediente, más de cien entrevistas y una revisión completa de la cobertura mediática del caso.
Para entonces, Isabel Miranda de Wallace ya era una figura pública enorme: tenía poder político, reconocimiento nacional y una imagen consolidada como líder social. Nadie cuestionaba ya la historia del hijo.
Cuando decidí volver al origen del caso, descubrí que era un gigante con pies de barro. Esa investigación terminó convirtiéndose en La Fabricación.
¿Cuál fue el reto más emocional de ponerse en contracorriente durante esta investigación, más allá del trabajo periodístico?
Estamos en la época de las noticias fabricadas, de las fake news, y este libro me enseñó cómo se construyen. Que nos mientan es común; lo extraordinario es que una mentira logre sostenerse durante tantos años y convencer a tanta gente.
La gran experiencia de esta investigación fue acercarme a esa alianza entre poder político, medios de comunicación y sistema judicial que mantuvo viva esa historia durante tanto tiempo.
Cuando empecé a publicar los primeros hallazgos, Isabel Miranda de Wallace reaccionó con mucha agresividad. Me acusó de formar parte de la banda de secuestradores, luego dijo que yo había comprado al presidente de la Suprema Corte para atraer el caso. Intervinieron teléfonos, hubo amenazas contra un hijo mío y hasta grupos de personas que intentaron intimidarme públicamente en eventos donde se hablaba del tema.
Si hago el recuento, hubo muchos momentos que pudieron haberme hecho abandonar la investigación.
Pero del otro lado estaban las víctimas y sus familias. Yo empecé esta investigación hablando con padres y madres de las personas encarceladas, y descubrir la manera en que resistieron durante tantos años fue impactante. Habían perdido patrimonio, salud y tranquilidad, pero seguían defendiendo a sus hijos.
Conocerlos se convirtió para mí en una especie de motor. Cada vez que algo me hacía dudar o sentía miedo, pensaba en ellos y en todo lo que habían soportado. Entonces me preguntaba: ¿cómo podría hacerme a un lado después de escuchar sus historias?
Después de esa primera confrontación, ¿volvió a tener algún encuentro o contacto directo con ella?
No, solo esa vez. Yo no sabía cómo había vivido la señora Wallace esta confrontación pública de argumentos, de entrevistas, de declaraciones. Cuando publique el libro, me invitó a comer un antiguo amigo de ella, que después de leer el libro le quedó claro que ella había inventado todo.
A mí me pintaba como la bestia negra, hablaba pestes de mí. Y me cuenta que en el último año antes de su muerte o su trascendencia a otro plano de conciencia, se habían ido a comer y que la había visto muy afectada. Estaba muy enojada que con mis piezas de investigación le había arrebatado todo lo que ella había construido.
En otras palabras, me relató el miedo que me tenía. Entonces es muy interesante porque cuando uno tiene miedo, no alcanzas a medir que estás en batalla con el miedo de alguien más. Entonces, yo sabía que mi curva de miedo empezó muy alta y empezó a bajar, y la de ella seguro empezó muy abajo y empezó a subir.
Cuando se cruzaron los dos miedos, creo que esta historia surgió y fue posible que se diera a conocer. La principal lección frente a los riesgos, los riesgos no son algo estático, se mueven, fluyen, y enfrentarlos quizás sea la mejor manera de que el otro, quien está enfrente, mida también sus propios riesgos.

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¿Cuál fue el testimonio que más le impactó durante la investigación?
El primer testimonio que me impactó mucho fue el del padre de Hugo Alberto. Después, el de las novias, porque Hugo Alberto supuestamente murió en 2005, pero siguió hablando con ellas tiempo después.
La mamá de su segunda hija me contó que habló con él en 2007, dos años después de que oficialmente estaba muerto. Luego hablé con su mejor amiga, que también tuvo contacto con él tiempo después, y con otra novia que incluso lo vio afuera de la escuela de su hija. Era muy impactante pensar que él seguía apareciendo mientras ya había personas en la cárcel acusadas de su secuestro y asesinato, incluso torturadas para obligarlas a confesar.
Pero quizá lo más duro fueron los testimonios de tortura de las verdaderas víctimas. El relato de Brenda Quevedo en Islas Marías fue devastador. Me contó cómo abusaron sexualmente de ella y dejó de contar cuando llegó el quinto agresor. Una cosa es leerlo y otra escuchar la voz que tantos años después sigue rota.
También me marcó mucho César Freyre. Cuando lo visité en prisión insistía en mostrarme las quemaduras de cigarro en su cuerpo y las secuelas físicas que le dejaron las torturas. Ahí entendí que el reto no era solo investigar, sino encontrar una manera de narrarlo sin alejar al lector de una realidad tan brutal.
Y hay algo todavía más perturbador: esas torturas no buscaban obtener confesiones judiciales. El caso de César Freyre ya estaba sentenciado. Lo que buscaban era otra cosa. A Isabel Miranda de Wallace estaban por entregarle el Premio Nacional de Derechos Humanos y quería llegar con nuevas confesiones para reforzar su historia.
Eso vuelve todo mucho más oscuro, porque uno puede encontrar cierta lógica en por qué alguien fabricaría una historia, pero la crueldad con la que actúo no tiene lógica. Lo más difícil de entender fue cómo utilizó al propio Estado como instrumento de tortura. Fueron agentes del Estado quienes entraron a las cárceles y cometieron esos abusos.
Durante mucho tiempo el testimonio de Brenda estaba solo. No tenía cómo corroborarlo. Hasta que un día una joven me contactó por Facebook y me dijo que su padrastro había sido subdirector de Islas Marías durante esa época y quería hablar conmigo.
Nos vimos en un restaurante de Guadalajara y, con la condición de mantener su anonimato, me confirmó todo lo que Brenda había contado: la llegada de los agentes, cómo la sacaron, cómo ocurrió la agresión y cómo después persiguieron a las custodias que intentaron denunciarlo.
Todos los testimonios me marcaron, pero especialmente los de quienes participaron de alguna manera en la maquinaria y años después decidieron contar lo que vieron. Cada conversación quedó grabada en mi memoria con un nivel de detalle impresionante. Todo eso está narrado cuidadosamente en La Fabricación.
A medida que avanzaba en la investigación, ¿qué papel jugaron los medios? ¿Sintió apoyo o resistencia por cuestionar una versión ya instalada en la opinión pública?
El fenómeno Wallace no habría existido sin los medios. Hay que entender el contexto: entre 2004 y 2006 los secuestros crecieron muchísimo en México. Para dimensionarlo, el 25% de las pólizas de seguro por secuestro del mundo se cobraban en México. Era un problema enorme y las autoridades no lograban resolverlo.
En ese escenario aparece Isabel Miranda de Wallace: una madre que supuestamente persigue y encuentra a los secuestradores de su hijo por cuenta propia. Era una historia muy poderosa mediáticamente. Además, ella era publicista y entendía perfectamente cómo construir una narrativa. Así nació un fenómeno de opinión pública.
Para los medios era una figura ideal: daba entrevistas, generaba rating y vendía. Y poco a poco dejó de importar qué había pasado realmente con el secuestro; lo importante era el personaje. El gran problema fue que nunca se escuchó a la otra parte. Las madres y padres de las personas acusadas intentaron contar su versión, pero nadie les abrió espacio.
Y cuando empezaron a surgir nuevas pruebas, uno habría esperado que los medios revisaran sus errores y cuestionaran el papel que jugaron en la construcción de esta historia. Pero eso casi no ocurrió. Los medios tradicionales que ayudaron a convertirla en una figura pública evitaron revisar el caso a fondo incluso después de la publicación de La Fabricación.
Curiosamente, donde sí hubo apertura fue en los nuevos medios: podcasts, youtubers, medios digitales e influencers. Ahí sí hubo interés en discutir el libro y revisar la narrativa oficial.
Y eso también mostró otro fenómeno: la polarización. El caso terminó convirtiéndose en una especie de mapa de las divisiones políticas y generacionales. Como Isabel Miranda de Wallace estuvo muy ligada al gobierno de Felipe Calderón, desde luego que la izquierda gobernante ha tomado este caso con mucho mayor empatía y del lado de los antiguos gobiernos ha habido como una negación.
Entonces la discusión dejó de centrarse en las víctimas y pasó a convertirse en una batalla ideológica. Mucha gente toma posición no después de leer el libro, sino desde sus posturas políticas previas. Y ahí las víctimas vuelven a desaparecer detrás del ruido político.
En La Fabricación usted habla de la “fabricación de culpables”. ¿Cree que este es un caso excepcional o un patrón que se repite en los medios y en los sistemas judiciales?
Este libro habla de un común denominador. No es un libro que hable solamente de México, y no es un libro que hable solamente del caso Wallace. En verdad creo que es un libro que permite hacer la autopsia de las noticias fabricadas en nuestra época, de las famosas «fake news».
Es uno de los grandes dolores de cabeza de nuestra época, porque sabemos que estamos viviendo con muchas mentiras alrededor. Esto se debe a que estamos poco vacunados para defendernos frente a esas noticias fabricadas. Y creo que este es un texto que cuenta, en buena medida, cómo se van construyendo esas noticias fabricadas y qué habría pasado si la sociedad mexicana había estado vacunada frente a ellas.
Pongo un ejemplo: a los supuestos secuestradores los exhibieron en vallas publicitarias apenas días después de su detención. Yo a eso le llamo “el tribunal de las vallas publicitarias”.
Su presunción de inocencia desapareció de inmediato. Los mostraban golpeados, tatuados, y a las mujeres incluso con poca ropa. Todo estaba diseñado para encajar con la imagen que ya tenemos del “criminal” o de la “femme fatale”.
Si hubiéramos tenido más herramientas para cuestionar esos prejuicios, la pregunta habría sido otra: ¿por qué los estaban exhibiendo públicamente si ningún juez los había declarado culpables? ¿Cómo se decidió, tan rápido, que eran responsables?
Vivimos una época no solo de noticias fabricadas, sino también de manipulación política de la justicia para legitimar decisiones del poder. Y en ese proceso, cualquiera que parezca un criminal puede convertirse en víctima del sistema. Y si no lo parece, entonces hay que hacerlo parecer.
Por eso, aquí ya no estamos hablando únicamente del caso Wallace. Ya no estamos hablando solo de México. Estamos hablando de un fenómeno que recorre el planeta. Porque de pronto si nos dan las palabras, los mensajes, las imágenes que nos tranquilizan del miedo asumiendo que los malos ya los pusimos en un extremo y que los buenos los pusimos en otro, estamos tranquilos. Casi quisiéramos que la justicia, más que ejercer el derecho, fuera un departamento de limpia.
Que recogiera cuerpos y los tirara como a un basurero dentro de las cárceles. Porque creemos que así nos libraremos de la violencia. Lo que no calculamos es que un día esa basura que tiran en las cárceles podríamos ser tú o yo.
Y creo que ahí está una de las partes más inquietantes de esta historia: personas con vidas completamente normales terminaron convertidas en culpables antes de tener una sentencia. Gente que estudiaba, trabajaba en televisión o vivía de un negocio común pasó a ser señalada públicamente como criminal.
Y cuando digo “mucho antes”, hablo literalmente de décadas. Casos como los de Brenda Quevedo o Jacobo Tagle llevan 20 años sin una sentencia en primera instancia. Veinte años acusados de un delito que, según la investigación, no cometieron, sin que un juez haya determinado formalmente su culpabilidad.
Aun así, siguen en prisión preventiva.
¿Qué buscaba generar con La Fabricación y qué espera que provoque en los lectores?
El libro tiene varios propósitos. Primero, darle voz a personas que durante años no la tuvieron y romper el silencio que, en muchos sentidos, ha sido su verdadera condena.
Pero también quería mostrar el clasismo, el machismo y los prejuicios que existen dentro de las instituciones de justicia. Muchas de estas personas fueron estigmatizadas desde el principio por cómo se veían, por su origen o por su situación económica.
Del otro lado estaba Isabel Miranda de Wallace: una mujer con enorme poder político, mediático y económico. Y frente a ella había personas que ni siquiera podían pagar una defensa adecuada y que dependían de un sistema público que prácticamente las abandonó.
Quería retratar esa desigualdad ante la ley y ante la opinión pública. Mostrar cómo una persona con poder puede imponer su versión de la verdad, mientras otras quedan completamente silenciadas.
Y también advertir algo: cuando el sistema de justicia no es vigilado por la ciudadanía, se convierte en una caja negra donde los dados están cargados. Ahí las “Wallace” suelen salir protegidas y las “Brenda Quevedo” terminan aplastadas por el sistema.


