Revista Diners
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Cuando terminó sus estudios, Tyler Youngblood decidió cumplir el sueño de todo aventurero audaz: tomar una tabla de surf, viajar por Suramérica, comprar un automóvil usado pero capaz de soportar largas travesías y tomar carretera sin un rumbo fijo. Sin saberlo, como casi todo en la vida, le esperaría un destino insospechado. Y un café.
Pero no nos adelantemos. Estamos en 2009, Tyler es aún un joven de California que acaba de terminar la universidad y tiene ya entre manos un título en Literatura. Ha decidido pasar un año en Argentina para mejorar su español y subirlo al nivel del doctorado, porque aspira a cursar los estudios más altos en Literatura Comparada. En ese momento, trabaja como escritor fantasma para pagarse la vida.
Pero es joven y con toda la vida por delante. El destino, que sabe encontrar almas similares, le permite dar con un amigo que tiene su misma idea: hacer un viaje iniciático, de esos que son ahora o nunca: uno que los lleve en busca de olas por varios países.
De Argentina pasan a Chile y allí, en Chillán, compran un Subaru Outback. Arrancan por la larga franja del país más aislado del continente: mar a un lado, cordillera por el otro y desierto insalvable en el norte, y lo recorren hasta la árida región de Atacama.

Llegan a Perú, siguen a Bolivia y Paraguay, suben desde el sur de Brasil y de allí hacen otro viaje monumental hasta São Paulo. Como no se cansan, recorren la costa oeste del gigante y terminan llegando al río Madeira, desde donde Tyler se logra embarcar en planchón hasta Manaos, en el punto en que el río se integra con el Amazonas.
Su amigo se cansa en un punto dado y Tyler sigue solo por la larga serpiente de agua que rompe el continente. Pasa por Leticia, Iquitos y Tucalpa. Finalmente, emerge en el Amazonas peruano y emprende camino hasta Lima, la capital peruana.
¿Y el giro del destino? ¿Y el café?
Falta poco. Es importante el recorrido para entender cómo los hilos se conectan, porque justo en Lima, Tyler encuentra a Keith Schuman, otro aventurero como él, decidido a cruzar Suramérica en bicicleta. Congenian y deciden reunirse en el norte de Ecuador para pasar juntos la frontera colombiana.
En febrero de 2010, ambos estadounidenses ascienden desde Túquerres hasta Pasto, llegan a Cali y se detienen a tomarse un café, por supuesto. El decisivo, pero no el definitivo.
Se sientan en un Juan Valdez y conversan entre ellos en inglés. Una pareja, a su lado, los ve con la fascinación que despiertan dos jóvenes fuera de las convenciones, que hablan en otro idioma, con un auto con tablas de surf atadas al techo. Dialogan con ellos y terminan cursándoles la invitación para que visiten Roldanillo y se hospeden en la finca que la pareja tiene en las afueras de la ciudad. “Así funciona Colombia con los forasteros que llegan sin prisa”, piensa Tyler.
Aceptan ese rasgo de generosidad. Pasan algunas noches en Roldanillo y es entonces cuando los invitan al café definitivo. Uno muy cargado, que les activará la mente.
El administrador del lugar los lleva a conocer una finca cafetera en Salónica, en el Valle del Cauca. Se trata de un sitio pequeño, trabajado con las manos y perfumado por un aroma que Tyler aún no sabe cómo describir: el de la frescura y el ácido de frutos del café en proceso de maduración y fermentación.
Allí, los dos jóvenes conocen lo que nunca habían imaginado: el proceso completo del fruto del café hasta tomarlo, recién preparado, en una taza. Desde la cosecha y el despulpado del fruto, pasando por la fermentación del mucílago hasta el lavado, el secado, el tueste y su sabor final en boca.
El recorrido incluye acompañar al administrador de la finca a llevar aquel café pergamino seco a la cooperativa de Salónica, donde ven vaciar la variedad especial junto al café de los demás agricultores.
No puede creerlo: todas las variedades se mezclan allí, indiscriminadamente. Desde la común pasilla hasta el café dañado, al lado de cafés de clase mundial. Todos se unen en el mismo pesaje y hacen bulto, literalmente, para ser vendidos por peso. Ningún café se destaca en ese batiburrillo.
Ese día, Tyler nota algo adicional que no olvidará: en la pared de la cooperativa hay una pizarra con el precio del café de aquel día, que borran y actualizan cada mañana. Era un valor que no alcanzaba para cubrir los costos de producción.
Entonces entiende algo: esos campesinos que lo dan todo por la tierra reciben poco —o nada— por su trabajo. Así como los granos finos se pierden, el trabajo tafmpoco se valora.
“Ese día nos quedó sembrada la duda de si no sería posible separar los cafés de los productores individuales y venderlos como un producto especial”, recuerda Tyler.
Era una pregunta comercial. Y, a la vez, un proyecto de vida que le pedía quedarse a responderla. Tyler, que había leído lo suficiente como para saber que las preguntas importantes no se responden solas, decidió detener su Subaru en el Eje Cafetero.
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Una vida entre fincas
Han pasado quince años desde ese momento. Tyler Youngblood tiene hoy treinta y ocho y lleva más de una década viviendo entre el Eje Cafetero y Bogotá, y ahora entre Bogotá y Nueva York. En ese lapso, se ha convertido en el cofundador y director ejecutivo de Azahar Coffee Company, una empresa que, hoy en día, compra más de cuatrocientas toneladas de café al año a más de cinco mil productores en Colombia, además de exportar café verde a más de veinte países.

Lo más llamativo no es que hoy sea un modelo radical de transparencia, o que cuente en la actualidad con tres cafeterías en Colombia, así como que lleve a cabo ya operaciones en México, sino que mantenga la esencia de la cual nació: que propósito y negocio sean la misma cosa.
Y es que, luego de decidir quedarse, Tyler se comenzó a enamorar de Colombia. Duró tres años sin conocer Bogotá. Cambió la tabla de surf por un territorio de montañas leves como ondas. Allí, puso en valor la pasión de las personas que trabajan la tierra con una dedicación que el mercado rara vez reconoce.
Recorrió el sur del país en el mismo Subaru con el que había cruzado medio continente. Visitó fincas, aprendió a catar café y grabó con su cámara, en
entrevistas breves, a los productores. Les preguntaba algo fundamental: “¿Qué hace que su café sea especial?”.
Subía los clips a una web y pegaba en las bolsas de café un código QR que reconducía a esos videos. En aquella época, los teléfonos no leían códigos de manera automática y era necesario bajar una aplicación, pero Tyler estaba convencido de que ya llegarían los que se conectaran con aquellas historias.
Su vida era activa. “Comía tres sancochos al día”, recuerda. “Subía al lote más alto de la finca en Nariño, Cauca, Tolima o Huila, veía el beneficio, caminaba horas, me sentaba a catar café con el productor e invertía mucha energía en eso”. Con el tiempo, Tyler se fue volviendo más selectivo con los viajes hasta hacer uno solo por semestre, como hoy, que ha elegido conectar a los compradores con los productores y expandir el negocio.
En 2011 y 2012, las grandes empresas del café ofrecían el tostado en las tiendas para que el consumidor sintiera que era fresco. Ellos, en cambio, insistían en tostarlo en origen, porque así el valor agregado se quedaba donde se producía, y su frescura era real. El mercado no estaba listo aún en ese entonces.
Pero en el año 2013 abrieron la exportación de café verde —con un modelo de transparencia que mostraba al tostador cuánto le pagaban al productor— e inauguraron su primera tienda en Bogotá: un contenedor en el parqueadero del parque de la 93, diagonal a Cinemanía. El lema era claro: “Porque Colombia merece su mejor café”. Y allí comenzaron a demostrarlo.
En 2016, se mudaron al local de al lado y crearon un concepto con comida y pastelería hechas desde cero. En 2025, en las tres cafeterías que tienen abiertas en Colombia, se generaron ciento ochenta mil transacciones. Pero la pregunta que seguía interesándole era la misma que se hizo en 2010: ¿cuánto le queda al productor?

Azahar decidió pagar precios por encima del mercado —entre una y media y dos veces el valor de referencia y, con frecuencia, más—. Keith y Tyler querían saber con precisión qué significaban esos precios en la vida concreta de un productor.
En 2018, los dos socios se empeñaron en obtener la respuesta. Recopilaron datos durante tres años —que incluían costos de producción por región, rendimientos, variables climáticas, composición de los hogares— y en 2022 presentaron en la feria SCA (Speciality Coffee Association) de café especial la primera edición de la Guía de compradores de café sostenible: una herramienta que define cuatro niveles de ingreso y calcula el precio que un comprador necesita pagar para que un productor colombiano alcance cada uno de ellos.
Eso incluye el nivel de pobreza, no como meta, sino como alarma; el salario mínimo legal; el ingreso digno, y el ingreso próspero, que es aquel en que el productor gana lo suficiente para cubrir sus necesidades, tener ocio, ahorrar un veinte por ciento y pagarles un salario a los miembros de su familia que trabajan en la finca.
En 2023, la Guía se separó de Azahar y se convirtió en una opción independiente, disponible para cualquiera. Tyler Youngblood, que pudo haber guardado esa herramienta como ventaja competitiva, decidió que su valor era mayor si la utilizaban todos, entre ellos sus competidores. “Lo que más importa es que puedan ganar los productores”, dice.
Y, de paso, también los recolectores. Hoy en día, más de un millón de recolectores recorren el país siguiendo las cosechas, contratados por día o por kilo recogido, sin prestaciones ni estabilidad, y sin que nadie se asegure de que saben lo que hacen. En el café especial, un grano cosechado fuera de su punto óptimo de madurez puede arruinar un lote entero. Controlar la calidad de la cosecha es difícil cuando la mano de obra es anónima y rotatoria.

En 2018, Azahar empezó a entrenar grupos de recolectores en Nariño. Los reunían, cataban cafés cosechados, medían los grados de azúcar en la cereza y entrenaban a los recolectores para que pudieran identificar el momento preciso de la madurez. Mayor calidad significaba rendir y cobrar más. Azahar formalizó a los recolectores, les dio nómina, prestaciones legales, bonificaciones por rendimiento y calidad con el programa “Manos al grano”, que opera actualmente en veinte fincas con ciento veintisiete recolectores entrenados.
Antes de terminar la charla, Tyler habla de El principito, un libro que le ha recordado que los cafés especiales no son para adultos ni para quienes tienen su experiencia sensorial definida, sino para los que se acercan a cada taza desde el asombro, como si fuera la primera vez.
Asombro produce también recordar que su sueño de justicia poética comenzó con un café.

