Gregorio Díaz
Foto: cortesía Gregorio Díaz
abril 1, 2026
Arte y Libros Cultura

Gregorio Díaz: el arte de encontrar lo extraordinario en la rutina urbana

POR:
Enrique Patiño
Revista Diners
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¿Qué mecanismo se activa para que, mientras millones de personas cruzan por los mismos lugares hasta considerarlos rutina, alguien encuentre rasgos estéticos en ellos y los transforme en arte? ¿Qué hace que una persona que ve lo mismo que millones más sea capaz de retratarlo distinto y llegar a exponerlo al mundo con una mirada artística única? 

La respuesta se inicia hace cerca de 30 años en el barrio de Teusaquillo, en Bogotá. Gregorio Díaz nació y recorrió algunas de las calles más tradicionales de la capital en medio de una familia en la que la imagen copaba todo, en un lugar cercano a la movida estudiantil y empresarial, al centro histórico, y en medio del cruce de viajeros y residentes de todas partes. 

Gregorio díaz
Retrato de Gregorio Díaz por Sofía Carrasco. Foto cortesía de Gregorio Díaz

En casa, Gregorio tuvo además la influencia de su padre, Álvaro Díaz, un reconocido fotógrafo publicitario y profesor universitario, así como de su madre, Luchi Díaz Granados, productora de comerciales. Su hermano también se dedicó un tiempo a la fotografía, y su  abuelo, además, había sido fotógrafo aficionado. 

En el centro de todo, como un faro, rondó la figura de su tío, Hernán Díaz, un fotógrafo dueño de una cultura visual desbordante que marcó época en el país y que incluso le regaló a su papá, en su primera comunión, su cámara iniciática, que definió su carrera futura.

El peso de un tío con un nombre así y el trabajo de su padre lo marcaron profundamente en su aproximación a la fotografía. Cuando era niño, las imágenes de Hernán Díaz se publicaban en revistas internacionales como Life y Time. En Colombia, era frecuente ver su trabajo en Cromos o El Espectador, con un nivel estético que captaba el alma de las personas y registraba la belleza del acontecer diario. 

Su padre, por su lado, aunque experimentó en retrato, fotografía social y ahondó en el blanco y negro, se enfocó en la complejidad de los productos y la publicidad, un universo donde el detalle y la altísima calidad predominan y la imagen se debe acercar a la perfección. Cuando Gregorio apenas aprendía a manejar las cámaras, su padre lo llevaba al estudio, donde tenía una cámara de fuelle 4 × 5, de gran formato, con placas de metal. Gregorio se metía bajo la caperuza y sentía el vértigo de obturar el disparador de la cámara.

“Hernán falleció cuando yo tenía trece años”, recuerda Gregorio. Su casa en Las Villas era un taller de maravillas: había por todos lados pinturas, hojas de contacto, collages que él intervenía. Su padre y Hernán le daban vía libre para experimentar o hacer maquetas. Ese contexto, con una familia en la que se hablaba de fotógrafos nacionales e internacionales y con libros de arte por todos lados en casa, sirvió de medio de transmisión de conocimientos sin presión alguna. Por supuesto, su tío le regaló una cámara fotográfica cuando tenía nueve años. Era un destino casi natural.

Su papá, conocedor de los vaivenes de la profesión gráfica, le dijo que no se dedicara a la fotografía. A pesar de la advertencia, la semilla ya estaba plantada. Gregorio estudió Artes Audiovisuales en Buenos Aires y terminó por inclinarse hacia la carrera de cinematografía en Bogotá. Pero una cosa era el deseo y, otra, la industria. La pesada maquinaria de producción y las angustias por conseguir el dinero para financiar los rodajes terminaron por  abrumarlo.

Tenía veinte años —recién cumplidos— cuando su padre, quizás ya consciente de que Gregorio también sería fotógrafo, le regaló su primera cámara semiprofesional. Sin pensarlo dos veces, el joven salió a la calle, dispuesto a captar lo que veía.

El centro de Bogotá se le reveló como un universo en sí mismo. “Sin necesidad de más que la mirada y la cámara, comencé a crear. Contrario a la fotografía de moda, que implica contar con un gran equipo, éramos solo mi cámara y yo”, recuerda. Casi sin saberlo, comenzó a hacer fotografía callejera. Descubrió que la ciudad era gris, pero también colorida e infinita en sus posibilidades gráficas, además de siempre disponible.

Aprendió a pasar inadvertido y a no ser invasivo porque no quería lo exótico, sino el interés genuino de captar la realidad de la gente cotidiana. “Quería hacer imágenes de lo que existía, sin alterar nada”. En ese proceso, empezó a desarrollar la mirada de lo cotidiano. La influencia del cine se hizo presente, por lo que Gregorio comenzó a buscar imágenes contextuales en lugares por los que todos pasaban, pero en los que todos obviaban los detalles: un aviso que tuviera relación con la imagen, la iconografía impresa en postes, almacenes, el letrero del vendedor de minutos o las calcomanías en las paradas de bus.

“En todos los manuales de fotografía te dicen que debes encontrar tu estilo”. Pero toma varios años nutrirse de referentes hasta encontrar la brújula personal. “En mi caso, la fui hallando en el color primario y poco a poco me incliné hacia la abstracción. La ciudad me ofreció posibilidades plásticas para ir más allá del retrato clásico o de escenas específicas, para materializarse en fragmentos de realidad”, cuenta.

Así hizo, hasta que encontró su brújula: los colores primarios. El rojo, el azul y el amarillo empezaron a saltar en sus composiciones. “No fue una decisión consciente al principio”, aclara Gregorio. “Un día, mientras revisaba mis archivos, vi las repeticiones y esos acentos que había en la composición general de mis imágenes. Había una fijación mía por el rojo, y esas coincidencias me guiaron”, añade.

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Gregorio diaz
Esta foto, titulada Mondrian bogotano, de la fachada de un Oxxo, que la confirmación de su estilo, una mirada en la que resaltan los colores primarios. Foto cortesía de Gregorio Díaz

La foto que lo confirmó todo fue la fachada de un Oxxo en Bogotá, una composición involuntaria que parecía un cuadro de Piet Mondrian. “Mi papá la vio y le encantó, y eso para mí era muy importante, porque su mirada era muy crítica. Luego comprendí que en mi casa había un sofá con esos mismos colores. Hay cosas inconscientes que te acompañan toda la vida”.

Gregorio confiesa que le habría gustado ser pintor. Por fortuna, entendió que la cámara le permitía hacer imágenes pictóricas sin necesidad de dominar la técnica con la brocha o el pincel. Su abstracción gráfica, que incluía el elemento humano, era netamente artística. 

Una vez consolidado su estilo, el siguiente capítulo de su historia pareció salir del guion de una película. Comenzó con su primer viaje de turismo a Ciudad de México, con su novia, Sofía, y algunos amigos. Por casualidad, dio con la primera tienda de Leica en Latinoamérica. No se pudo resistir, así que les pidió a todos que lo esperaran mientras entraba a conocerla. No llevaba más de un año de inaugurada, y aprovechó para visitar su sala de exposiciones. Con su presupuesto limitado, solo pudo comprar la revista, pero le dijo a su novia que un día su trabajo saldría publicado en ella. La intención tuvo peso, porque su deseo se materializó.

Ocho meses después de su primer viaje a Ciudad de México, recibió un correo de la colombiana Carol Körting, editora de la revista Leica Fotografie International (LFI). No lo podía creer: vivía en México y había visto su trabajo, y quería conocerlo mejor. A raíz de un viaje, se encontraron en Bogotá y ella le propuso un reto: Leica le prestaría una cámara durante tres meses para que hiciera sus fotos. Si el resultado era bueno, aparecería en la revista.

Sofía viajó a Europa y le trajo el equipo que necesitaba. En 2024, trabajó durante tres meses con la cámara y le envió el trabajo a Körting. En paralelo, Leica México llevó a cabo el evento Leica Experience, con la intención de abrir mercado en el continente, y la editora le pidió que asistiera a la revisión de portafolio. Gregorio recibió críticas constructivas, pero  también algunas “cachetadas justas”, que le sirvieron para corregir y ajustar. 

Aunque la respuesta a sus imágenes fue positiva, resultó ambigua: le faltaba “pelo pa’l moño” y sus imágenes no se publicarían por el momento. La tristeza duró poco: semanas después, recibió la propuesta de participar en el nuevo programa piloto de residencia artística en Ciudad de México. La empresa fotográfica quería que él fuera el primero de ese proyecto. El sueño, además, se materializaría en una exposición.

En junio, Gregorio viajó a México y el resultado fue un sueño en sí: expuso “Instrucciones para inventar una ciudad”, en la galería Proyecto H, y luego una variación de la misma, “Laberinto del asombro”, en la galería de Leica México. “Ver mis fotos en el espacio donde siempre soñé fue algo enorme”, recuerda con una emoción que aún perdura.

El círculo se cerró a su regreso a Bogotá. En octubre, Körting le confirmó la noticia: sus fotos de México se publicarían en la primera edición de la revista LFI de 2026. “Todo lo que soñé lo logré”, dice, todavía incrédulo. “Leica es fundamental en la historia de la fotografía. Aún me pregunto: ‘¿En serio me sucedió a mí?’”.

Gregorio díaz
Díaz cree que, en un entorno de inteligencia artificial, habrá un entorno a lo analógico y a la fotografía documental. Foto de la muestra Laberinto del asombro. Foto: Cortesía de Gregorio Díaz

El nombre de su exposición en México, “Laberinto del asombro”, no es casual: era un homenaje inconsciente a su tío Hernán, que en 1974 presentó una muestra en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo) llamada “Mi cámara en el laberinto”. El concepto lo persigue. “Muchas veces hago fotos a las que no les doy el valor en su momento. Las retomo años después, las recorto un poco, y redescubro el asombro. He educado la mirada”, manifiesta.

En la actualidad, Gregorio compagina su trabajo como realizador audiovisual en el Museo de Bogotá con proyectos independientes. Su nuevo gran proyecto es una exposición de gran formato en la galería El Dorado, curada por Arturo Salazar y José Ruiz. Ya no sale a cazar imágenes con la misma ansiedad de antes; ha vuelto a las fotos analógicas y graba con el celular mientras se desplaza, publicando pequeños videos de su cotidianidad. Ve mucho cine, lee y hace collages para distraer la mente.

Cuando se le pregunta por el futuro de la imagen en la era de la inteligencia artificial, se muestra optimista. Aclara que ese optimismo es un rasgo necesario para no enloquecer en los tiempos que corren. Además, entiende que “el arte siempre ha avanzado gracias a la tecnología. Lo que va a pasar es un retorno a lo analógico, y la fotografía documental, hecha por un humano, va a tener aún más valor que antes”, reflexiona.

Mientras tanto, sigue descubriendo su ciudad desde un nuevo barrio, con la misma curiosidad de aquel niño que jugaba en el taller de su tío. Al final de la charla, recuerda que, con la primera cámara analógica que le dio su mamá, hizo fotos cotidianas del colegio y de su vida de niño. “Me gustaba saber cómo se ven las cosas cuando las fotografío”, señala, parafraseando al fotógrafo estadounidense Garry Winogrand.

Esa curiosidad se mantiene en las calles que fotografía y en su mente, que es como un laberinto en constante construcción, en el que la memoria, el color y el asombro se encuentran para recordarle a Gregorio Díaz que, a veces, el destino no es más que una serie de encuadres que se toman desde una mirada propia.

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