El cine colombiano está siendo transformado por películas llenas de memoria. Desde los territorios, nuevas voces están ampliando las formas de contar la historia del país, entre ellas la historia de Ángela Carabalí surge con una fuerza particular. Su documental Soñé su nombre, no solo marca un hito narrativo, sino también histórico, al convertirla en la primera cineasta afrocolombiana en estrenar un largometraje documental en salas comerciales del país.
“La película parte de una historia muy personal que tiene que ver con la desaparición forzada de mi padre. Todo comienza con un sueño en el que él me pide que lo encuentre, y ese fue el detonante para iniciar esta búsqueda”, cuenta la directora a la revista Diners.
Durante mucho tiempo, Carabalí dudó del valor de su propia historia, pero el proceso de investigación transformó esa percepción. “Al principio no creía que mi historia tuviera la suficiente relevancia para una película. Al inicio, junto a mi hermana, la idea era hacer una película en voz coral, pero al investigar entendí la dimensión colectiva de la desaparición forzada en Colombia. Fue entonces cuando comprendí que, desde la historia de mi familia, podía contar lo que le ha pasado a miles de otras familias”, explica.
Así, el relato de su padre, Esaú Carabalí Brand, agricultor afrodescendiente desaparecido en el norte de Cauca, deja de ser un caso aislado para convertirse en un espejo de un país marcado por miles de historias sobre desapariciones. En ese tránsito, el archivo familiar (cartas, fotografías, audios) se vuelve un territorio emocional complejo. “Visitar los archivos familiares fue un proceso muy desafiante y emocionalmente fuerte. En la desaparición forzada no sabes si la persona va a regresar, y eso hace que los objetos tengan un valor especial. Nos permiten habitar esa ‘ausencia-presencia’”, explica.
(Le puede interesar: De la vida real a Netflix: la historia de Pérxides María Roa que exige justicia)

Luego de Ángela Carabalí tener el sueño, decide emprender un viaje junto con su hermana, Juliana Carabalí. En este viaje recorren los últimos momentos en donde se vio a su padre y conocen personas que trabajaban o lo conocían. Esto es un camino desgarrador que puede tocar los corazones de miles de colombianos.
Pero la película no se construye en soledad. En ella, las mujeres ocupan un lugar central, tanto en la historia como en su realización. “El papel de las mujeres fue fundamental. Mi hermana fue clave en el guion, y las conversaciones con mi madre nos permitieron profundizar en emociones que no habíamos abordado. Además, las madres buscadoras y las mujeres indígenas me enseñaron la fuerza de lo colectivo”. Esa misma convicción se trasladó al equipo de trabajo, conformado principalmente por mujeres, en una apuesta consciente por transformar las miradas dentro del cine.
Hay una fuerza más difícil de nombrar que atraviesa todo el proceso creativo. “La fortaleza para hacer esta película viene de algo difícil de explicar. Siento que nace del sueño que tuve con mi padre. Es una fuerza que me impulsa constantemente y que me da la claridad de que, a pesar de los obstáculos, es posible seguir adelante”, dice Carabalí.
Durante el rodaje, la directora Carabalí tuvo una cercanía a la historia de su padre “descubrí nuevas dimensiones de mi padre. Lo que se me reveló fue un hombre social, con ideales muy claros y con una gran capacidad de soñar en grande, especialmente en proyectos para fortalecer a las comunidades étnicas”, comenta.

En ese sentido, Soñé su nombre se distancia de las formas tradicionales de como se narra la violencia en Colombia. No se limita al dato ni al informe: apuesta por la emoción como lenguaje. “El cine es fundamental para la construcción de memoria porque permite abordar estos temas desde otros lenguajes. La emoción se vuelve protagonista y logra llegar a públicos que quizás no leerían un informe. Tiene la capacidad de romper estereotipos y generar nuevas conexiones”, afirma la directora.
El estreno de la película también se inscribe en un momento clave para la representación en el cine colombiano, impulsado por la Corporación Manos Visibles y su Fondo Audiovisual para la Equidad Racial (ERA). En el marco de sus 15 años, la organización ha respaldado una nueva generación de realizadores afrodescendientes que están redefiniendo la pantalla nacional desde sus territorios. Junto a Carabalí, nombres como Yurieth Romero y Louis Alfred Robinson hacen parte de este momento que amplía el horizonte del cine colombiano en un contexto donde la subrepresentación sigue siendo evidente.
En medio de ese contexto, el logro de Carabalí tiene un significado profundo. No solo cuestiona por qué ha tomado tanto tiempo que una mujer afrocolombiana llegue a este punto, sino que abre camino para que muchas otras voces tengan la oportunidad de contar su historia. Y, sobre todo, deja un mensaje que trasciende la pantalla. “Espero que la audiencia entienda que ninguna persona debería ser desaparecida, sin importar lo que haya hecho, de su origen o de cualquier circunstancia que lo rodee. Todas las búsquedas son sagradas. A pesar de la violencia, es posible sanar, perdonar y seguir adelante, especialmente si lo hacemos de manera colectiva”.
Soñé su nombre, de Ángela Carabalí, es una película que actualmente hace parte de la programación de marzo en la Cinemateca de Bogotá, donde el público puede acercarse a esta íntima y poderosa historia que entrelaza memoria, duelo y búsqueda en el contexto colombiano.


